George Orwell: "La política y el lenguaje inglés"

martes, 15 de diciembre de 2009

La política y el lenguaje inglés

(1946)



George Orwell



La mayoría de las personas que de algún modo se preocupan por el tema admiten que el lenguaje va por mal camino, pero por lo general suponen que no podemos hacer nada para remediarlo mediante una acción consciente. Nuestra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje -así se argumenta- debe compartir inevitablemente el derrumbe general. Se sigue que toda lucha contra el abuso del lenguaje es un arcaísmo sentimental, así como cuando se prefieren las velas a la luz eléctrica o los cabriolés a los aeroplanos. Esto lleva implícita la creencia semiconsciente de que el lenguaje es un desarrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros propios propósitos.

Ahora bien, es claro que la decadencia de un lenguaje debe tener, en últimas, causas políticas y económicas: no se debe simplemente a la mala influencia de este o aquel escritor. Pero un efecto se puede convertir en causa, reforzar la causa original y producir el mismo efecto de manera más intensa, y así sucesivamente. Un hombre puede beber porque piensa que es un fracasado, y luego fracasar por completo debido a que bebe. Algo semejante está sucediendo con el lenguaje inglés. Se ha vuelto tosco e impreciso porque nuestros pensamientos son disparatados, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos disparates. El punto es que el proceso es reversible. El inglés moderno, en especial el inglés escrito, está plagado de malos hábitos que se difunden por imitación y que podemos evitar si estamos dispuestos a tomarnos la molestia. Si nos liberamos de estos hábitos podemos pensar con más claridad, y pensar con claridad es un primer paso hacia la regeneración política: de modo que la lucha contra el mal inglés no es una preocupación frívola y exclusiva de los escritores profesionales. Volveré sobre esto y espero que, en ese momento, sea más claro el significado de lo que he dicho hasta aquí. Entre tanto, he aquí cinco especimenes del lenguaje inglés tal como se escribe habitualmente.

No elegí estos cinco pasajes porque fueran especialmente malos –podría haber citado otros mucho peores si lo hubiese querido- sino porque ilustran algunos de los vicios mentales que hoy padecemos. Están un poco por debajo del promedio, pero son ejemplos bastante representativos. Los numero para que pueda remitirme a ellos cuando sea necesario:

1. De hecho, no estoy seguro de que no sea válido decir que el Milton que alguna vez parecía no ser diferente de un Shelley del siglo XVII no se convirtiera, a partir de una experiencia siempre más amarga cada año, más ajena [sic] al fundador de esa secta jesuita que nada podía inducirlo a tolerar (Harold Laski, Ensayo sobre la libertad de expresión).

2. Por encima de todo, no podemos ser tolerantes con una batería nativa de modismos que prescribe tolerar colocaciones egregias de vocablos como las del inglés básico "dejar que pase" en vez de "tolerar" o "sentirse perdido" en vez de "desconcertado" (Profesor Lancelot Hogben, Interglossia).

3. Por una parte, tenemos la libre personalidad: por definición ésta no es neurótica, pues no tiene conflictos ni sueños. Sus deseos, tal como son, son transparentes, pues son justamente lo que la aprobación institucional mantiene en el primer plano de la conciencia; otro modelo institucional alteraría su número e intensidad; hay poco en ellos que sea natural, irreducible o culturalmente peligroso. Pero, por otra parte, el vínculo social no es más que el reflejo mutuo de estas integridades autoprotegidas.Recordemos la definición de amor. ¿No es éste el retrato de un académico menor? ¿Dónde hay lugar en esta sala de espejos para la personalidad o la fraternidad? (Ensayo sobre la psicología en la política, Nueva York).

4. Todas las "excelentes personas" de los clubes de gentilhombres, y todos los capitanes fascistas frenéticos, unidos en su odio común al socialismo y en el horror bestial a la marea creciente del movimiento de masas revolucionario, han recurrido a acciones provocadoras, a discursos incendiarios, a leyendas medievales de pozos envenenados, para legalizar la destrucción de las organizaciones proletarias, y para despertar en la pequeña burguesía agitada el fervor chauvinista en nombre de la lucha contra la salida revolucionaria de la crisis (Panfleto comunista).

5. Para infundir un nuevo espíritu en este vetusto país, hay que abordar una reforma espinosa y contenciosa, la de la humanización y la galvanización de la BBC. Aquí, la timidez revelará el cáncer y la atrofia del alma. El corazón de Gran Bretaña puede estar sano y latir con fuerza, por ejemplo, pero el rugido del león británico es, en el presente, como el de Berbiquí en Sueño de una noche de verano de Shakespeare, tan gentil como el arrullo de una paloma. La nueva Gran Bretaña viril no se puede seguir traduciendo indefinidamente a los ojos o, mejor, a los oídos del mundo mediante las languideces estériles de Langham Palace, disfrazadas desvergonzadamente de "inglés estándar". ¡Cuando la Voz de Gran Bretaña se escucha a las 9 en punto, es de lejos mejor e infinitamente menos ridículo escuchar haches pronunciadas honestamente que los actuales sonsonetes melifluos, afectados, inflados e inhibidos de esas doncellas virginales que murmuran tímidamente "¡Yo no fui!" (De una carta al Tribune).

Cada uno de estos pasajes tiene faltas propias, pero, además de la fealdad evitable, tienen dos cualidades comunes. La primera, las imágenes trilladas; la segunda, la falta de precisión. El escritor tiene un significado y no puede expresarlo, o dice inadvertidamente otra cosa, o le es casi indiferente que sus palabras tengan o no significado. Esta mezcla de vaguedad y clara incompetencia es la característica más notoria de la prosa inglesa moderna, y en particular de toda clase de escritos políticos. Tan pronto se tocan ciertos temas, lo concreto se disuelve en lo abstracto y nadie parece capaz de emplear giros del lenguaje que no sean trillados: la prosa emplea menos y menos palabras elegidas a causa de su significado, y más y más expresiones unidas como las secciones de un gallinero prefabricado. A continuación enumero, con notas y ejemplos, algunos de los trucos mediante los que se acostumbra evadir la tarea de componer la prosa:

Metáforas moribundas. Una metáfora que se acaba de inventar ayuda al pensamiento evocando una imagen visual, mientras que una metáfora técnicamente "muerta" (por ejemplo, "una férrea determinación" ) se ha convertido en un giro ordinario y por lo general se puede usar sin pérdida de vivacidad. Pero entre estas dos clases hay un enorme basurero de metáforas gastadas que han perdido todo poder evocador y que se usan tan sólo porque evitan a las personas el problema de inventar sus propias frases. Veamos algunos ejemplos: "doblar las campanas por", "blandir el garrote", "mantener a raya", "pisotear los derechos ajenos", "marchar hombro a hombro", "hacerle el juego a", "no tener vela en ese entierro", "echar grano al molino", "pescar en río revuelto", "al orden del día", "el talón de Aquiles", "canto del cisne", "estercolero". Muchas de ellas se usan sin saber su significado y muchas veces se mezclan metáforas incompatibles, un signo seguro de que el escritor no está interesado en lo que dice. Algunas metáforas que hoy son comunes se han alejado de su significado original sin que quienes las usan sean conscientes de ese hecho. Por ejemplo, "mantener a raya" a veces se confunde con "trazar la raya". Otro ejemplo es el del martillo y el yunque, que hoy siempre se usa con la implicación de que el yunque recibe la peor parte. En la vida real es siempre el yunque el que rompe el martillo, nunca al contrario: un escritor que se detuviese a pensar en lo que está diciendo evitaría pervertir la expresión original.

Operadores o extensiones verbales falsas. Éstas evitan el problema de elegir los verbos y sustantivos apropiados, y al mismo tiempo atiborran cada oración con sílabas adicionales que le dan una apariencia de simetría. Algunas expresiones características son "volver no operativo", "militar contra", "hacer contacto con", "estar sujeto a", "dar lugar a", "dar pie a", "tener el efecto de", "cumplir un papel (rol) principal en", "hacerse sentir", "surtir efecto", "exhibir la tendencia a", "servir el propósito de", etc. El principio básico es eliminar los verbos simples. En vez de una sola palabra, como romper, detener, despojar, remendar, matar, un verbo se convierte en una frase, formada por un sustantivo o un adjetivo unido a un verbo de propósito general, como resultar, servir, formar, desempeñar, volver. Además, dondequiera que es posible, se prefiere usar la voz pasiva a la voz activa, y construcciones sustantivadas en vez de gerundios ("mediante el examen" en vez de "examinando" ). La gama de verbos se restringe aún más usando formas verbales que terminan en "izar" o empiezan con "des", y se da a las afirmaciones triviales una apariencia de profundidad empleando expresiones que empiezan por "no" en vez de usar el prefijo "in", como "no fundado" en vez de "infundado". Las conjunciones y preposiciones simples se sustituyen por expresiones tales como "con respecto a", "teniendo en consideración que", "el hecho de que", "a fuerza de", "en vista de", "en interés de", "de acuerdo con la hipótesis según la cual"; y se evita terminar las oraciones con un anticlímax mediante lugares comunes tan resonantes como "tan deseado", "no se puede dejar de tener en cuenta", "un desarrollo que se espera en el futuro cercano", "merecedor de seria consideración", "llevado a una conclusión satisfactoria", etcétera.

Dicción pretenciosa. Palabras como fenómeno, elemento, individual (como sustantivo), objetivo, categórico, efectivo, virtual, básico, primario, promover, constituir, exhibir, explotar, utilizar, eliminar, liquidar, se usan para adornar una afirmación simple y dar un tono de imparcialidad científica a juicios sesgados. Adjetivos como epocal*, épico, histórico, inolvidable, triunfante, antiguo, inevitable, inexorable, verdadero, se usan para dignificar el sórdido proceso de la política internacional, mientras que los escritos que
glorifican la guerra adoptan un tono arcaico, y sus palabras características son: dominio, trono, carroza, mano armada, tridente, espada, escudo, coraza, bota militar, clarín. Se usan palabras y expresiones extranjeras, como cul de sac, ancien régime, deus ex machina, mutatis mutandis, statu quo, Gleichschaltung, Weltanschauung para dar un aire de cultura y
elegancia. Salvo las abreviaturas útiles "i. e.", "e. g.", y "etc.", no hay ninguna necesidad real de tantos centenares de locuciones extranjeras que hoy son corrientes en el lenguaje inglés. Los malos escritores, en especial los escritores científicos, políticos y sociológicos, casi siempre están obsesionados por la idea de que las palabras latinas o griegas son más grandiosas que las sajonas, y palabras innecesarias como expedito, mejorar, predecir, extrínseco, desarraigado, clandestino, subacuático y otros cientos más ganan terreno sobre las anglosajonas. La jerga peculiar de los escritos marxistas (hiena, verdugo, caníbal, pequeño burgués, estos hidalgos, lacayo, adulador, perro rabioso, guardia blanco, etc.) está integrada por palabras traducidas del ruso, el alemán o el francés; pero la manera normal de acuñar una nueva palabra es usar la raíz latina o griega con la partícula apropiada y, donde sea necesario, el sufijo de tamaño. A menudo es más fácil formar palabras de esta clase (desregionalizar, impermisible, extramarital, no fragmentario, etc.) que pensar palabras inglesas que tengan ese significado. En general, el resultado es un aumento de la dejadez y la vaguedad.

Palabras sin sentido. En ciertos escritos, en particular los de crítica de arte y de crítica literaria, es normal encontrar largos pasajes que carecen casi totalmente de significado. Palabras como romántico, plástico, valores, humano, muerto, sentimental, natural, vitalidad, tal como se usan en crítica de arte, son estrictamente un sinsentido, por cuanto no sólo no señalan un objeto que se pueda descubrir, sino que ni siquiera se espera que el lector lo descubra. Cuando un crítico escribe "El rasgo sobresaliente de la obra del señor X es su cualidad vital", mientras que otro escribe "Lo que atrae de inmediato la atención en la obra del señor x es su tono mortecino peculiar", el lector acepta esto como una simple diferencia de opinión. Si se emplearan palabras como "negro" y "blanco", en vez de los términos de jerga "vida" y "muerte", se vería en seguida que el lenguaje se está usando de manera impropia. Se abusa asimismo de muchos términos políticos. El término fascismo hoy no tiene ningún significado excepto en cuanto significa "algo no deseable". Las palabras democracia, socialismo, libertad, patriótico, realista, justicia tienen varios significados diferentes que no se pueden reconciliar entre sí. En el caso de una palabra como democracia, no sólo no hay una definición aceptada sino que el esfuerzo por encontrarle una choca con la oposición de todos los bandos. Se piensa casi universalmente que cuando llamamos democrático a un país lo estamos elogiando; por ello, los defensores de cualquier tipo de régimen pretenden que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra si se le da un significado. A menudo se emplean palabras de este tipo en forma deliberadamente deshonesta. Es decir, la persona que las usa tiene su propia definición privada, pero permite que su oyente piense que quiere decir algo bastante diferente. Declaraciones como "El mariscal Petain era un verdadero patriota", "La prensa soviética es la más libre del mundo", " La Iglesia católica se opone a la persecución" casi siempre tienen la intención de engañar. Otras palabras que se emplean con significados variables, en la mayoría de los casos con mayor o menor deshonestidad son: clase, totalitario, ciencia, progresista, reaccionario, burgués, igualdad.

Después de haber expuesto este catálogo de estafas y perversiones, permítanme dar otro ejemplo del tipo de escritura que lleva a ellas. Esta vez su naturaleza debe ser imaginaria. Voy a traducir un pasaje de buen inglés en inglés moderno de la peor especie. He aquí un verso muy conocido del Eclesiastés:

Retorné y vi que bajo el sol la carrera no es de los veloces, ni la batalla de los fuertes, ni el pan para el sabio, ni las riquezas para los hombres de conocimiento, ni el favor para los capaces; sino que el tiempo y la oportunidad acontecen a todos ellos.

Helo aquí en inglés moderno:

Las consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos obligan a concluir que el éxito o el fracaso en las actividades competitivas no exhibe ninguna tendencia conmensurable con la capacidad innata, sino que es un notable elemento de que lo imprevisible debe tenerse invariablemente en cuenta.

Ésta es una parodia, pero no muy tosca. El tercer espécimen, por ejemplo, contiene varios retazos de ese mismo tipo de inglés. Verán que no hice una traducción completa. El principio y el final de la frase siguen el sentido original muy de cerca, pero en el medio las ilustraciones concretas -carrera, batalla, pan- se disuelven en expresiones vagas como "éxito o fracaso en las actividades competitivas". Esto tenía que ser así, porque ninguno de los escritores modernos que estoy examinando - capaces de usar frases como "las consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos"- expresaría sus pensamientos en esa forma tan precisa y detallada. La tendencia general de la prosa moderna es alejarse de la concreción. Ahora analicemos estas dos oraciones un poco más de cerca. La primera consta de 51 palabras y sólo 86 sílabas, y todas sus palabras se usan en la vida cotidiana. La segunda consta de 44 palabras y 108 sílabas: muchas de ellas tienen raíz latina y algunas griega. La primera frase contiene seis imágenes vívidas, y sólo una expresión ("tiempo y oportunidad" ) que se puede llamar vaga. La segunda no contiene ni una sola expresión fresca, llamativa, y a pesar de sus más de 100 sílabas sólo da una versión recortada del significado de la primera. Y es sin una duda el segundo tipo de expresiones el que está ganando terreno en el inglés moderno. No quiero exagerar. Este tipo de escritura no es aún universal, y los brotes de simplicidad aparecen aquí y allá en la página peor escrita. Sin embargo, si a usted o a mí nos pidieran que escribiéramos unas líneas sobre la incertidumbre del destino humano, es probable que estuviéramos más cerca de mi frase imaginaria que del Eclesiastés.

Como he intentado mostrar, lo peor de la escritura moderna no consiste en elegir las palabras a causa de su significado e inventar imágenes para hacer más claro el significado. Consiste en pegar largas tiras de palabras cuyo orden ya fijó algún otro, y hacer presentables los resultados mediante una trampa. El atractivo de esta forma de escritura es que es fácil. Es más fácil -y aun más rápido, una vez se tiene el hábito- decir "En mi opinión no es un supuesto injustificable" que decir "Pienso". Si usted usa frases hechas, no sólo no tiene que buscar las palabras; tampoco se debe preocupar por el ritmo de las oraciones, puesto que por lo general ya tienen un orden más o menos eufónico. Cuando se redacta de prisa -cuando se dicta a un taquígrafo, por ejemplo, o se hace un discurso público- es natural caer en un estilo latinizado y pretencioso. Muletillas como "una consideración que debemos tener en mente" o "una conclusión con la que todos estaríamos de acuerdo" ahorran a muchos una expresión cuya construcción les produciría un síncope. El empleo de metáforas, símiles y modismos trillados ahorra mucho esfuerzo mental, a costa de que el significado sea vago, no sólo para el lector sino también para el que escribe. Ésta es la importancia de la mezcla de metáforas. El único fin de una metáfora es evocar una imagen visual. Cuando estas imágenes chocan -como "El pulpo fascista cantó la canción del cisne", "la bota militar fue arrojada al crisol"- se puede dar por cierto que el autor no está viendo la imagen mental de los objetos que está nombrando; en otras palabras, que no está pensando realmente. Veamos de nuevo los ejemplos que presenté al comienzo de este ensayo. El profesor Laski (1) usa cinco negativos en 54 palabras. Uno de éstos es superfluo y quita sentido a todo el pasaje, y además hay un desliz -ajeno por afín- que agrava el sinsentido, y varias muestras evitables de torpeza que aumentan la vaguedad general. El profesor Hogben (2) hace saltar una piedra en el agua con una batería capaz de prescribir reglas, y, al tiempo que desaprueba la expresión cotidiana que utiliza, no está dispuesto a buscar "egregio" en el diccionario para ver qué significa; (3), si se adopta una actitud poco caritativa, simplemente carece de sentido: tal vez se podría desentrañar su significado intencional leyendo todo el artículo en el que aparece. En (4) el autor sabe más o menos lo que quiere decir, pero la acumulación de frases trilladas ahoga el sentido como la hojas de té obstruyen un lavaplatos. En (5) las palabras y el significado casi no guardan relación. La gente que escribe de esta manera manifiesta un significado emocional general -detesta una cosa y quiere expresar solidaridad con otra pero no está interesada en los detalles de lo que está diciendo. En cada oración que escribe, un escritor cuidadoso se hace al menos cuatro preguntas, a saber:

¿Qué intento decir?
¿Qué palabras lo expresan?
¿Qué imagen o modismo lo hace más claro?
¿Esta imagen es suficientemente nueva para producir efecto?

Y quizá se haga dos más:

¿Puedo ser más breve?
¿Dije algo evitablemente feo?

Pero usted no está obligado a encarar todo este problema. Puede evadirlo dejando la mente abierta y permitiendo que las frases hechas lleguen y se agolpen. Ellas construirán las oraciones por usted -y, hasta cierto punto, incluso pensarán sus pensamientos por usted- y si es necesario le prestarán el importante servicio de ocultar parcialmente su significado, aun para usted mismo. A estas alturas, la conexión especial entre política y degradación del
lenguaje se torna clara.

En nuestra época es una verdad general que la escritura política es una mala escritura. Cuando no es así, el escritor es algún rebelde que expresa sus opiniones privadas y no la "línea del partido". La ortodoxia, cualquiera que sea su color, parece exigir un estilo imitativo y sin vida. Los dialectos políticos que aparecen en panfletos, artículos editoriales, manifiestos, libros blancos y discursos de los subsecretarios varían, por supuesto, entre un partido y otro, pero todos se asemejan en que casi nunca emplean giros de lenguajes nuevos, vívidos, hechos en casa. Cuando un escritorzuelo repite mecánicamente frases trilladas en la tribuna -"bestial", "atrocidades", "talón de hierro", "tiranía sangrienta", "pueblos libres del mundo", "marchar hombro a hombro"- se tiene el extraño sentimiento de no estar viendo a un ser humano vivo sino a una especie de maniquí: un sentimiento que se torna más intenso en los momentos en que la luz ilumina los anteojos del orador y se ven como discos vacíos detrás de los cuales no parece haber ojos. Y esto no es del todo imaginario. Un orador que emplea esa fraseología ha tomado distancia de sí mismo y se ha convertido en una máquina. De su laringe salen los ruidos apropiados, pero su cerebro no está comprometido como lo estaría si eligiese sus palabras por sí mismo. Si el discurso que está haciendo es un discurso que acostumbra hacer una y otra vez, puede ser casi inconsciente de lo que está diciendo, como quien entona letanías en la iglesia. Y este reducido estado de conciencia, aunque no es indispensable, es de todos modos favorable para la conformidad política.

En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. Cosas como "la continuación del dominio británico en la India ", "las purgas y deportaciones rusas", "el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón", se pueden defender, por cierto, pero sólo con argumentos que son demasiado brutales para la mayoría de las personas, y que son incompatibles con los fines que profesan los partidos políticos. Por tanto, el lenguaje político está plagado de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. Se bombardean poblados indefensos desde el aire, sus habitantes son arrastrados al campo por la fuerza, se balea al ganado, se arrasan las chozas con balas incendiarias: y a esto se le llama "pacificación". Se despoja a millones de campesinos de sus tierras y se los lanza a los caminos sin nada más de lo que puedan cargar a sus espaldas: y a esto se le llama "traslado de población" o "rectificación de las fronteras". Se encarcela sin juicio a la gente durante años, o se le dispara en la nuca o se la manda a morir de escorbuto en los campamentos madereros del Ártico: y a esto se le llama "eliminación de elementos indignos de confianza". Dicha fraseología es necesaria cuando se quiere nombrar las cosas sin evocar sus imágenes mentales. Veamos, por ejemplo, a un cómodo profesor inglés que defiende el totalitarismo ruso. No puede decir francamente: "Creo en el asesinato de los opositores cuando se pueden obtener buenos resultados asesinándolos". Por consiguiente, quizá diga algo como esto:

Aunque aceptamos libremente que el régimen soviético exhibe ciertos rasgos que un humanista se inclinaría a deplorar, creo que debemos aceptar que cierto recorte de los derechos de la oposición política es una consecuencia inevitable de los períodos de transición, y que los rigores que el pueblo ruso ha tenido que soportar han sido ampliamente justificados en la esfera de las realizaciones concretas.

El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. Una masa de palabras latinas cae sobre los hechos como nieve blanda, borra los contornos y sepulta todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse. En nuestra época no es posible "mantenerse alejado de la política". Todos los problemas son problemas políticos, y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia. Cuando la atmósfera general es perjudicial, el lenguaje debe padecer. Podría conjeturar -una suposición que no puedo confirmar con mis insuficientes conocimientos- que los lenguajes alemán, ruso e italiano se deterioraron en los últimos diez o quince años como resultado de la dictadura.

Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento. Un mal uso se puede difundir por tradición e imitación aun entre personas que deberían saber y obrar mejor. El lenguaje degradado que he examinado es, en cierta forma, muy conveniente. Expresiones como "un supuesto no injustificable", "una consideración que siempre debemos tener en mente", dejan mucho que desear, no cumplen un buen propósito, son una tentación continua, una caja de aspirinas siempre a alcance de la mano. Relea este ensayo, y con toda seguridad encontrará que una y otra vez he cometido las mismas faltas contra las que he protestado. En el correo de esta mañana recibí un panfleto sobre las condiciones en Alemania. El autor me decía que se "sintió impelido" a escribirlo. Lo abrí al azar y ésta es la primera frase que leí: " [Los Aliados] no sólo tienen la oportunidad de lograr una transformación radical de la estructura social y política de Alemania de tal manera que eviten una reacción nacionalista en la misma Alemania, sino que al mismo tiempo pueden sentar los fundamentos de una Europa cooperativa y unificada". Cuando se lee que se "sintió impelido" a escribir es de presumir que tiene algo nuevo que decir, pero sus palabras, como corceles de caballería que responden al clarín, se juntan automáticamente en una alineación monótonamente familiar. Esta invasión de la mente por frases hechas ("sentar los fundamentos", "lograr una transformación radical" ) sólo se puede evitar si se está continuamente en guardia contra ellas, y cada una de esas frases anestesia una parte del cerebro.

Dije antes que la decadencia de nuestro lenguaje es remediable. Quienes lo niegan argumentarían, en caso de que pudieran elaborar un argumento, que el lenguaje simplemente refleja las condiciones sociales existentes, y que no podemos influir en su desarrollo directamente, jugando con palabras y construcciones. Así puede suceder con el tono o espíritu general de un lenguaje, pero no es verdad para sus detalles. Las palabras y las expresiones necias suelen desaparecer, no mediante un proceso evolutivo sino a causa de la acción consciente de una minoría. Dos ejemplos recientes: "explorar todas las avenidas" y "no dejar piedra sobre piedra", que fueron liquidadas por las burlas de algunos periodistas. Hay una larga lista de metáforas corruptas que también desaparecerían si un buen número de personas se empeñara en esa tarea; y debería ser posible burlarse de la expresión "no informe" hasta que deje de existir, reducir la cantidad de latín y griego en la frase promedio, excluir las locuciones extranjeras y las palabras científicas erróneas, y, en general, lograr que el tono pretencioso pase de moda. Pero todos éstos son puntos menores. La defensa del lenguaje inglés implica más que esto, y quizás es mejor empezar diciendo lo
que no implica.

Para empezar, nada tiene que ver con el arcaísmo, con la preservación de palabras y giros obsoletos del lenguaje, ni con la exaltación de un "inglés estándar" del que nunca deberíamos apartarnos. Por el contrario, se trata de desechar toda palabra o modismo que se ha desgastado y perdido su utilidad. Nada tiene que ver con la gramática ni con la sintaxis correctas, que carecen de importancia cuando se expresa claramente el significado, ni con la eliminación de los americanismos, ni con tener lo que se denomina una "buena prosa". Por otra parte, no se trata de fingir una falsa simplicidad ni de escribir en inglés coloquial. Ni siquiera implica preferir en todos los casos la palabra sajona a la latina, aunque sí implica usar el menor número de palabras, y las más breves, que cubra el significado. Lo que se necesita, por encima de todo, es dejar que el significado elija la palabra y no al revés. En prosa, lo peor que se puede hacer con las palabras es rendirse a ellas. Cuando usted piensa en un objeto concreto, piensa sin palabras, y luego, si quiere describir lo que ha visualizado, quizá busque hasta encontrar las palabras exactas que concuerdan con ese objeto. Cuando piensa en algo abstracto se inclina más a usar palabras desde el comienzo, y salvo que haga un esfuerzo consciente para evitarlo, el dialecto existente vendrá de golpe y hará la tarea por usted, a expensas de confundir e incluso alterar su significado. Quizá sea mejor que evite usar palabras en la medida de lo posible y logre un significado tan claro como pueda mediante imágenes y sensaciones. Después puede elegir -y no simplemente aceptar- las expresiones que cubran mejor el significado, y luego ponerse en el lugar del lector y decidir qué impresiones producen en él las palabras que ha elegido. Este último esfuerzo de la mente suprime todas las imágenes desgastadas o confusas, todas las frases prefabricadas, las repeticiones innecesarias, y las trampas y vaguedades. Pero a menudo usted puede tener dudas sobre el efecto de una palabra o una expresión, y necesita reglas en las que pueda confiar cuando falla el instinto. Pienso que las reglas siguientes cubren la
mayoría de los casos:

Nunca use una metáfora, un símil u otra figura gramatical que suela ver impresa.

Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta.

Si es posible suprimir una palabra, suprímala.

Nunca use la voz pasiva cuando pueda usar la voz activa.

Nunca use una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puede encontrar un equivalente del inglés cotidiano.

Rompa cualquiera de estas reglas antes de decir un barbarismo.

Estas reglas parecen elementales, y lo son, pero exigen un profundo cambio de actitud en todos aquellos que se han acostumbrado a escribir en el estilo que hoy está de moda. Uno puede cumplir todas ellas y aun así escribir un mal inglés, pero no podría escribir el tipo de banalidades que cité en esos cinco especimenes al comienzo de este artículo.

Aquí no he examinado el uso literario del lenguaje, tan sólo el lenguaje como instrumento para expresar y no para ocultar o evitar el pensamiento. Stuart Chase y otros han llegado a pretender que todas las palabras abstractas carecen de sentido, y han usado esto como pretexto para defender una especie de quietismo político. Si no sabe qué es el fascismo, ¿cómo puede luchar contra el fascismo? Uno no tiene que tragarse absurdos como éste, pero ha de reconocer que el actual caos político está ligado a la decadencia del lenguaje y que quizá puede aportar alguna mejora empezando por el aspecto verbal. Si simplifica su inglés, se libera de las peores tonterías de la ortodoxia. No puede hablar ninguno de los dialectos necesarios, y cuando haga un comentario estúpido su estupidez se tornará obvia, aun para usted mismo. El lenguaje político -y, con variaciones, esto es verdad para todos los partidos políticos, desde los conservadores hasta los anarquistas- es construido para lograr que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento. Uno no puede cambiar esto en un instante, pero puede cambiar los hábitos personales, y de vez en cuando puede incluso, si se burla en voz bastante alta, lanzar alguna frase trillada e inútil -alguna bota militar, un talón de Aquiles, un crisol, una prueba ácida, un verdadero infierno, o algún otro desecho o residuo verbal- a la basura, al lugar a donde pertenece.

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POLITICS AND THE ENGLISH LANGUAGE

(1946)


Most people who bother with the matter at all would admit that the English language is in a bad way, but it is generally assumed that we cannot by conscious action do anything about it. Our civilization is decadent, and our language—so the argument runs—must inevitably share in the general collapse. It follows that any struggle against the abuse of language is a sentimental archaism, like preferring candles to electric light or hansom cabs to aeroplanes. Underneath this lies the half-conscious belief that language is a natural growth and not an instrument which we shape for our own purposes.


Now, it is clear that the decline of a language must ultimately have political and economic causes: it is not due simply to the bad influence of this or that individual writer. But an effect can become a cause, reinforcing the original cause and producing the same effect in an intensified form, and so on indefinitely. A man may take to drink because he feels himself to be a failure, and then fail all the more completely because he drinks. It is rather the same thing that is happening to the English language. It becomes ugly and inaccurate because our thoughts are foolish, but the slovenliness of our language makes it easier for us to have foolish thoughts. The point is that the process is reversible. Modern English, especially written English, is full of bad habits which spread by imitation and which can be avoided if one is willing to take the necessary trouble. If one gets rid of these habits one can think more clearly, and to think clearly is a necessary first step towards political regeneration: so that the fight against bad English is not frivolous and is not the exclusive concern of professional writers. I will come back to this presently, and I hope that by that time the meaning of what I have said here will have become clearer. Meanwhile, here are five specimens of the English language as it is now habitually written.


These five passages have not been picked out because they are especially bad—I could have quoted far worse if I had chosen—but because they illustrate various of the mental vices from which we now suffer. They are a little below the average, but are fairly representative samples. I number them so that I can refer back to them when necessary:


(1) I am not, indeed, sure whether it is not true to say that the Milton who once seemed not unlike a seventeenth-century Shelley had not become, out of an experience ever more bitter in each year, more alien (sic) to the founder of that Jesuit sect which nothing could induce him to tolerate.
PROFESSOR HAROLD LASKI (Essay in FREEDOM OF EXPRESSION)

(2) Above all, we cannot play ducks and drakes with a native battery of idioms which prescribes such egregious collocations of vocables as the Basic PUT UP WITH for TOLERATE or PUT AT A LOSS for BEWILDER.
PROFESSOR LANCELOT HOGBEN (INTERGLOSSA)

(3) On the one side we have the free personality; by definition it is not neurotic, for it has neither conflict nor dream. Its desires, such as they are, are transparent, for they are just what institutional approval keeps in the forefront of consciousness; another institutional pattern would alter their number and intensity; there is little in them that is natural, irreducible, or culturally dangerous. But ON THE OTHER SIDE, the social bond itself is nothing but the mutual reflection of these self-secure integrities. Recall the definition of love. Is not this the very picture of a small academic? Where is there a place in this hall of mirrors for either personality or fraternity?
Essay on psychology in POLITICS (New York)

(4) All the “best people” from the gentlemen’s clubs, and all the frantic fascist captains, united in common hatred of Socialism and bestial horror of the rising tide of the mass revolutionary movement, have turned to acts of provocation, to foul incendiarism, to medieval legends of poisoned wells, to legalize their own destruction of proletarian organizations, and rouse the agitated petty-bourgeoisie to chauvinistic fervor on behalf of the fight against the revolutionary way out of the crisis.
Communist pamphlet

(5) If a new spirit is to be infused into this old country, there is one thorny and contentious reform which must be tackled, and that is the humanization and galvanization of the B.B.C. Timidity here will bespeak canker and atrophy of the soul. The heart of Britain may lee sound and of strong beat, for instance, but the British lion’s roar at present is like that of Bottom in Shakespeare’s MIDSUMMER NIGHT’S DREAM—as gentle as any sucking dove. A virile new Britain cannot continue indefinitely to be traduced in the eyes, or rather ears, of the world by the effete languors of Langham Place, brazenly masquerading as “standard English.” When the Voice of Britain is heard at nine o’clock, better far and infinitely less ludicrous to hear aitches honestly dropped than the present priggish, inflated, inhibited, school-ma’am-ish arch braying of blameless bashful mewing maidens.
Letter in TRIBUNE


Each of these passages has faults of its own, but quite apart from avoidable ugliness, two qualities are common to all of them. The first is staleness of imagery; the other is lack of precision. The writer either has a meaning and cannot express it, or he inadvertently says something else, or he is almost indifferent as to whether his words mean anything or not. This mixture of vagueness and sheer incompetence is the most marked characteristic of modern English prose, and especially of any kind of political writing. As soon as certain topics are raised, the concrete melts into the abstract and no one seems able to think of turns of speech that are not hackneyed: prose consists less and less of WORDS chosen for the sake of their meaning, and more and more of PHRASES tacked together like the sections of a prefabricated hen-house. I list below, with notes and examples, various of the tricks by means of which the work of prose-construction is habitually dodged:

DYING METAPHORS. A newly-invented metaphor assists thought by evoking a visual image, while on the other hand a metaphor which is technically “dead” (e.g., IRON RESOLUTION) has in effect reverted to being an ordinary word and can generally be used without loss of vividness. But in between these two classes there is a huge dump of worn-out metaphors which have lost all evocative power and are merely used because they save people the trouble of inventing phrases for themselves. Examples are: RING THE CHANGES ON, TAKE UP THE CUDGELS FOR, TOE THE LINE, RIDE ROUGHSHOD OVER, STAND SHOULDER TO SHOULDER WITH, PLAY INTO THE HANDS OF, AN AXE TO GRIND, GRIST TO THE MILL, FISHING IN TROUBLED WATERS, ON THE ORDER OF THE DAY, ACHILLES’ HEEL, SWAN SONG, HOTBED. Many of these are used without knowledge of their meaning (what is a “rift,” for instance?), and incompatible metaphors are frequently mixed, a sure sign that the writer is not interested in what he is saying. Some metaphors now current have been twisted out of their original meaning without those who use them even being aware of the fact. For example, TOE THE LINE is sometimes written TOW THE LINE. Another example is THE HAMMER AND THE ANVIL, now always used with the implication that the anvil gets the worst of it. In real life it is always the anvil that breaks the hammer, never the other way about: a writer who stopped to think what he was saying would be aware of this, and would avoid perverting the original phrase.


OPERATORS, or VERBAL FALSE LIMBS. These save the trouble of picking out appropriate verbs and nouns, and at the same time pad each sentence with extra syllables which give it an appearance of symmetry. Characteristic phrases are: RENDER INOPERATIVE, MILITATE AGAINST, PROVE UNACCEPTABLE, MAKE CONTACT WITH, BE SUBJECTED TO, GIVE RISE TO, GIVE GROUNDS FOR, HAVING THE EFFECT OF, PLAY A LEADING PART (RÔLE) IN, MAKE ITSELF FELT, TAKE EFFECT, EXHIBIT A TENDENCY TO, SERVE THE PURPOSE OF, etc., etc. The keynote is the elimination of simple verbs. Instead of being a single word, such as BREAK, STOP, SPOIL, MEND, KILL, a verb becomes a PHRASE, made up of a noun or adjective tacked on to some general-purposes verb as PROVE, SERVE, FORM, PLAY, RENDER. In addition, the passive voice is wherever possible used in preference to the active, and noun constructions are used instead of gerunds (BY EXAMINATION OF instead of BY EXAMINING). The range of verbs is further cut down by means of the ‘-IZE’ AND ‘DE-’ formations, and banal statements are given an appearance of profundity by means of the NOT ‘UN-’ formation. Simple conjunctions and prepositions are replaced by such phrases as WITH RESPECT TO, HAVING REGARD TO, THE FACT THAT, BY DINT OF, IN VIEW OF, IN THE INTERESTS OF, ON THE HYPOTHESIS THAT; and the ends of sentences are saved from anti-climax by such resounding commonplaces as GREATLY TO BE DESIRED, CANNOT BE LEFT OUT OF ACCOUNT, A DEVELOPMENT TO BE EXPECTED IN THE NEAR FUTURE, DESERVING OF SERIOUS CONSIDERATION, BROUGHT TO A SATISFACTORY CONCLUSION, and so on and so forth.


PRETENTIOUS DICTION. Words like PHENOMENON, ELEMENT, INDIVIDUAL (as noun), OBJECTIVE, CATEGORICAL, EFFECTIVE, VIRTUAL, BASIS, PRIMARY, PROMOTE, CONSTITUTE, EXHIBIT, EXPLOIT, UTILIZE, ELIMINATE, LIQUIDATE, are used to dress up simple statements and give an air of scientific impartiality to biased judgments. Adjectives like EPOCH-MAKING, EPIC, HISTORIC, UNFORGETTABLE, TRIUMPHANT, AGE-OLD, INEVITABLE, INEXORABLE, VERITABLE, are used to dignify the sordid processes of international politics, while writing that aims at glorifying war usually takes on an archaic color, its characteristic words being: REALM, THRONE, CHARIOT, MAILED FIST, TRIDENT, SWORD, SHIELD, BUCKLER, BANNER, JACKBOOT, CLARION. Foreign words and expressions such as CUL DE SAC, ANCIEN RÉGIME, DEUS EX MACHINA, MUTATIS MUTANDIS, STATUS QUO, GLEICHSCHALTUNG, WELTANSCHAUUNG, are used to give an air of culture and elegance. Except for the useful abbreviations I.E., E.G., and ETC., there is no real need for any of the hundreds of foreign phrases now current in English. Bad writers, and especially scientific, political and sociological writers, are nearly always haunted by the notion that Latin or Greek words are grander than Saxon ones, and unnecessary words like EXPEDITE, AMELIORATE, PREDICT, EXTRANEOUS, DERACINATED, CLANDESTINE, SUB-AQUEOUS and hundreds of others constantly gain ground from their Anglo-Saxon opposite numbers. * The jargon peculiar to Marxist writing (HYENA, HANGMAN, CANNIBAL, PETTY BOURGEOIS, THESE GENTRY, LACKEY, FLUNKEY, MAD DOG, WHITE GUARD, etc.) consists largely of words and phrases translated from Russian, German or French; but the normal way of coining a new word is to use a Latin or Greek root with the appropriate affix and, where necessary, the ‘-ize’ formation. It is often easier to make up words of this kind (DE-REGIONALIZE, IMPERMISSIBLE, EXTRAMARITAL, NON-FRAGMENTARY and so forth) than to think up the English words that will cover one’s meaning. The result, in general, is an increase in slovenliness and vagueness.


* An interesting illustration of this is the way in which the English flower names which were in use till very recently are being ousted by Greek ones, SNAPDRAGON becoming ANTIRRHINUM, FORGET-ME-NOT becoming MYOSOTIS, etc. It is hard to see any practical reason for this change of fashion: it is probably due to an instinctive turning-away from the more homely word and a vague feeling that the Greek word is scientific. (Author’s footnote.)


MEANINGLESS WORDS. In certain kinds of writing, particularly in art criticism and literary criticism, it is normal to come across long passages which are almost completely lacking in meaning. * Words like ROMANTIC, PLASTIC, VALUES, HUMAN, DEAD, SENTIMENTAL, NATURAL, VITALITY, as used in art criticism, are strictly meaningless, in the sense that they not only do not point to any discoverable object, but are hardly even expected to do so by the reader. When one critic writes, “The outstanding feature of Mr. X’s work is its living quality,” while another writes, “The immediately striking thing about Mr. X’s work is its peculiar deadness,” the reader accepts this as a simple difference of opinion If words like BLACK and WHITE were involved, instead of the jargon words DEAD and LIVING, he would see at once that language was being used in an improper way. Many political words are similarly abused. The word FASCISM has now no meaning except in so far as it signifies “something not desirable.” The words DEMOCRACY, SOCIALISM, FREEDOM, PATRIOTIC, REALISTIC, JUSTICE, have each of them several different meanings which cannot be reconciled with one another. In the case of a word like DEMOCRACY, not only is there no agreed definition, but the attempt to make one is resisted from all sides. It is almost universally felt that when we call a country democratic we are praising it: consequently the defenders of every kind of régime claim that it is a democracy, and fear that they might have to stop using the word if it were tied down to any one meaning. Words of this kind are often used in a consciously dishonest way. That is, the person who uses them has his own private definition, but allows his hearer to think he means something quite different. Statements like MARSHAL PÉTAIN WAS A TRUE PATRIOT, THE SOVIET PRESS IS THE FREEST IN THE WORLD, THE CATHOLIC CHURCH IS OPPOSED TO PERSECUTION, are almost always made with intent to deceive. Other words used in variable meanings, in most cases more or less dishonestly, are: CLASS, TOTALITARIAN, SCIENCE, PROGRESSIVE, REACTIONARY BOURGEOIS, EQUALITY.


* Example: “Comfort’s catholicity of perception and image, strangely Whitmanesque in range, almost the exact opposite in aesthetic compulsion, continues to evoke that trembling atmospheric accumulative hinting at a cruel, an inexorably serene timelessness . . . Wrey Gardiner scores by aiming at simple bullseyes with precision. Only they are not so simple, and through this contented sadness runs more than the surface bittersweet of resignation.” (POETRY QUARTERLY.) (Author’s footnote.)


Now that I have made this catalogue of swindles and perversions, let me give another example of the kind of writing that they lead to. This time it must of its nature be an imaginary one. I am going to translate a passage of good English into modern English of the worst sort. Here is a well-known verse from ECCLESIASTES:


I returned, and saw under the sun, that the race is not to the swift, nor the battle to the strong, neither yet bread to the wise, nor yet riches to men of understanding, nor yet favor to men of skill; but time and chance happeneth


Here it is in modern English:


Objective consideration of contemporary phenomena compels the conclusion that success or failure in competitive activities exhibits no tendency to be commensurate with innate capacity, but that a considerable element of the unpredictable must invariably be taken into account.


This is a parody, but not a very gross one. Exhibit (3), above, for instance, contains several patches of the same kind of English. It will be seen that I have not made a full translation. The beginning and ending of the sentence follow the original meaning fairly closely, but in the middle the concrete illustrations—race, battle, bread—dissolve into the vague phrase “success or failure in competitive activities.” This had to be so, because no modern writer of the kind I am discussing—no one capable of using phrases like “objective consideration of contemporary phenomena”—would ever tabulate his thoughts in that precise and detailed way. The whole tendency of modern prose is away from concreteness. Now analyze these two sentences a little more closely. The first contains 49 words but only 60 syllables, and all its words are those of everyday life. The second contains 38 words of 90 syllables: 18 of its words are from Latin roots, and one from Greek. The first sentence contains six vivid images, and only one phrase (“time and chance”) that could be called vague. The second contains not a single fresh, arresting phrase, and in spite of its 90 syllables it gives only a shortened version of the meaning contained in the first. Yet without a doubt it is the second kind of sentence that is gaining ground in modern English. I do not want to exaggerate. This kind of writing is not yet universal, and outcrops of simplicity will occur here and there in the worst-written page. Still, if you or I were told to write a few lines on the uncertainty of human fortunes, we should probably come much nearer to my imaginary sentence than to the one from ECCLESIASTES.


As I have tried to show, modern writing at its worst does not consist in picking out words for the sake of their meaning and inventing images in order to make the meaning clearer. It consists in gumming together long strips of words which have already been set in order by someone else, and making the results presentable by sheer humbug. The attraction of this way of writing, is that it is easy. It is easier—even quicker, once you have the habit—to say IN MY OPINION IT IS A NOT UNJUSTIFIABLE ASSUMPTION THAT than to say I THINK. If you use ready-made phrases, you not only don’t have to hunt about for words; you also don’t have to bother with the rhythms of your sentences, since these phrases are generally so arranged as to be more or less euphonious. When you are composing in a hurry—when you are dictating to a stenographer, for instance, or making a public speech—it is natural to fall into a pretentious, Latinized style. Tags like A CONSIDERATION WHICH WE SHOULD DO WELL TO BEAR IN MIND OR A CONCLUSION TO WHICH ALL OF US WOULD READILY ASSENT will save many a sentence from coming down with a bump. By using stale metaphors, similes and idioms, you save much mental effort at the cost of leaving your meaning vague, not only for your reader but for yourself. This is the significance of mixed metaphors. The sole aim of a metaphor is to call up a visual image. When these images clash—as in THE FASCIST OCTOPUS HAS SUNG ITS SWAN SONG, THE JACKBOOT IS THROWN INTO THE MELTING POT—it can be taken as certain that the writer is not seeing a mental image of the objects he is naming; in other words he is not really thinking. Look again at the examples I gave at the beginning of this essay. Professor Laski (1) uses five negatives in 53 words. One of these is superfluous, making nonsense of the whole passage, and in addition there is the slip ALIEN for akin, making further nonsense, and several avoidable pieces of clumsiness which increase the general vagueness. Professor Hogben (2) plays ducks and drakes with a battery which is able to write prescriptions, and, while disapproving of the everyday phrase PUT UP WITH, is unwilling to look EGREGIOUS up in the dictionary and see what it means. (3), if one takes an uncharitable attitude towards it, is simply meaningless: probably one could work out its intended meaning by reading the whole of the article in which it occurs. In (4), the writer knows more or less what he wants to say, but an accumulation of stale phrases chokes him like tea leaves blocking a sink. In (5), words and meaning have almost parted company. People who write in this manner usually have a general emotional meaning—they dislike one thing and want to express solidarity with another—but they are not interested in the detail of what they are saying. A scrupulous writer, in every sentence that he writes, will ask himself at least four questions, thus: What am I trying to say? What words will express it? What image or idiom will make it clearer? Is this image fresh enough to have an effect? And he will probably ask himself two more: Could I put it more shortly? Have I said anything that is avoidably ugly? But you are not obliged to go to all this trouble. You can shirk it by simply throwing your mind open and letting the ready-made phrases come crowding in. They will construct your sentences for you—even think your thoughts for you, to a certain extent-and at need they will perform the important service of partially concealing your meaning even from yourself. It is at this point that the special connection between politics and the debasement of language becomes clear.


In our time it is broadly true that political writing is bad writing. Where it is not true, it will generally be found that the writer is some kind of rebel, expressing his private opinions and not a “party line.” Orthodoxy, of whatever color, seems to demand a lifeless, imitative style. The political dialects to be found in pamphlets, leading articles, manifestoes, White Papers and the speeches of under-secretaries do, of course, vary from party to party, but they are all alike in that one almost never finds in them a fresh, vivid, home-made turn of speech. When one watches some tired hack on the platform mechanically repeating the familiar phrases—BESTIAL ATROCITIES, IRON HEEL, BLOODSTAINED TYRANNY, FREE PEOPLES OF THE WORLD, STAND SHOULDER TO SHOULDER—one often has a curious feeling that one is not watching a live human being but some kind of dummy: a feeling which suddenly becomes stronger at moments when the light catches the speaker’s spectacles and turns them into blank discs which seem to have no eyes behind them. And this is not altogether fanciful. A speaker who uses that kind of phraseology has gone some distance towards turning himself into a machine. The appropriate noises are coming out of his larynx, but his brain is not involved as it would be if he were choosing his words for himself. If the speech he is making is one that he is accustomed to make over and over again, he may be almost unconscious of what he is saying, as one is when one utters the responses in church. And this reduced state of consciousness, if not indispensable, is at any rate favorable to political conformity.


In our time, political speech and writing are largely the defense of the indefensible. Things like the continuance of British rule in India, the Russian purges and deportations, the dropping of the atom bombs on Japan, can indeed be defended, but only by arguments which are too brutal for most people to face, and which do not square with the professed aims of political parties. Thus political language has to consist largely of euphemism, question-begging and sheer cloudy vagueness. Defenseless villages are bombarded from the air, the inhabitants driven out into the countryside, the cattle machine-gunned, the huts set on fire with incendiary bullets: this is called PACIFICATION. Millions of peasants are robbed of their farms and sent trudging along the roads with no more than they can carry: this is called TRANSFER OF POPULATION or RECTIFICATION OF FRONTIERS. People are imprisoned for years without trial, or shot in the back of the neck or sent to die of scurvy in Arctic lumber camps: this is called ELIMINATION OF UNRELIABLE ELEMENTS. Such phraseology is needed if one wants to name things without calling up mental pictures of them. Consider for instance some comfortable English professor defending Russian totalitarianism. He cannot say outright, “I believe in killing off your opponents when you can get good results by doing so.” Probably, therefore, he will say something like this:


While freely conceding that the Soviet régime exhibits certain features which the humanitarian may be inclined to deplore, we must, I think, agree that a certain curtailment of the right to political opposition is an unavoidable concomitant of transitional periods, and that the rigors which the Russian people have been called upon to undergo have been amply justified in the sphere of concrete achievement.


The inflated style is itself a kind of euphemism. A mass of Latin words falls upon the facts like soft snow, blurring the outlines and covering up all the details. The great enemy of clear language is insincerity. When there is a gap between one’s real and one’s declared aims, one turns, as it were instinctively, to long words and exhausted idioms, like a cuttlefish squirting out ink. In our age there is no such thing as “keeping out of politics.” All issues are political issues, and politics itself is a mass of lies, evasions, folly, hatred and schizophrenia. When the general atmosphere is bad, language must suffer. I should expect to find—this is a guess which I have not sufficient knowledge to verify—that the German, Russian and Italian languages have all deteriorated in the last ten or fifteen years as a result of dictatorship.


But if thought corrupts language, language can also corrupt thought. A bad usage can spread by tradition and imitation, even among people who should and do know better. The debased language that I have been discussing is in some ways very convenient. Phrases like A NOT UNJUSTIFIABLE ASSUMPTION, LEAVES MUCH TO BE DESIRED, WOULD SERVE NO GOOD PURPOSE, A CONSIDERATION WHICH WE SHOULD DO WELL TO BEAR IN MIND, are a continuous temptation, a packet of aspirins always at one’s elbow. Look back through this essay, and for certain you will find that I have again and again committed the very faults I am protesting against. By this morning’s post I have received a pamphlet dealing with conditions in Germany. The author tells me that he “felt impelled” to write it. I open it at random, and here is almost the first sentence that I see: “[The Allies] have an opportunity not only of achieving a radical transformation of Germany’s social and political structure in such a way as to avoid a nationalistic reaction in Germany itself, but at the same time of laying the foundations of a cooperative and unified Europe.” You see, he “feels impelled” to write—feels, presumably, that he has something new to say—and yet his words, like cavalry horses answering the bugle, group themselves automatically into the familiar dreary pattern. This invasion of one’s mind by ready-made phrases (LAY THE FOUNDATIONS, ACHIEVE A RADICAL TRANSFORMATION) can only be prevented if one is constantly on guard against them, and every such phrase anesthetizes a portion of one’s brain.


I said earlier that the decadence of our language is probably curable. Those who deny this would argue, if they produced an argument at all, that language merely reflects existing social conditions, and that we cannot influence its development by any direct tinkering with words and constructions. So far as the general tone or spirit of a language goes, this may be true, but it is not true in detail. Silly words and expressions have often disappeared, not through any evolutionary process but owing to the conscious action of a minority. Two recent examples were EXPLORE EVERY AVENUE and LEAVE NO STONE UNTURNED, which were killed by the jeers of a few journalists. There is a long list of fly-blown metaphors which could similarly be got rid of if enough people would interest themselves in the job; and it should also be possible to laugh the NOT ‘UN-’ formation out of existence, * to reduce the amount of Latin and Greek in the average sentence, to drive out foreign phrases and strayed scientific words, and, in general, to make pretentiousness unfashionable. But all these are minor points. The defense of the English language implies more than this, and perhaps it is best to start by saying what it does NOT imply.


* One can cure oneself of the NOT ‘UN-’ formation by memorizing this sentence: A NOT UNBLACK DOG WAS CHASING A NOT UNSMALL RABBIT ACROSS A NOT UNGREEN FIELD. (Author’s footnote.)


To begin with, it has nothing to do with archaism, with the salvaging of obsolete words and turns of speech, or with the setting-up of a “standard-English” which must never be departed from. On the contrary, it is especially concerned with the scrapping of every word or idiom which has outworn its usefulness. It has nothing to do with correct grammar and syntax, which are of no importance so long as one makes one’s meaning clear, or with the avoidance of Americanisms, or with having what is called a “good prose style.” On the other hand it is not concerned with fake simplicity and the attempt to make written English colloquial. Nor does it even imply in every case preferring the Saxon word to the Latin one, though it does imply using the fewest and shortest words that will cover one’s meaning. What is above all needed is to let the meaning choose the word, and not the other way about. In prose, the worst thing one can do with words is to surrender them. When you think of a concrete object, you think wordlessly, and then, if you want to describe the thing you have been visualizing, you probably hunt about till you find the exact words that seem to fit it. When you think of something abstract you are more inclined to use words from the start, and unless you make a conscious effort to prevent it, the existing dialect will come rushing in and do the job for you, at the expense of blurring or even changing your meaning. Probably it is better to put off using words as long as possible and get one’s meaning as clear as one can through pictures or sensations. Afterwards one can choose—not simply ACCEPT—the phrases that will best cover the meaning, and then switch round and decide what impressions one’s words are likely to make on another person. This last effort of the mind cuts out all stale or mixed images, all prefabricated phrases, needless repetitions, and humbug and vagueness generally. But one can often be in doubt about the effect of a word or a phrase, and one needs rules that one can rely on when instinct fails. I think the following rules will cover most cases:


(i) Never use a metaphor, simile or other figure of speech which you are used to seeing in print.


(ii) Never use a long word where a short one will do.


(iii) If it is possible to cut a word out, always cut it out.


(iv) Never use the passive where you can use the active.


(v) Never use a foreign phrase, a scientific word or a jargon word if you can think of an everyday English equivalent.


(vi) Break any of these rules sooner than say anything barbarous.


These rules sound elementary, and so they are, but they demand a deep change of attitude in anyone who has grown used to writing in the style now fashionable. One could keep all of them and still write bad English, but one could not write the kind of stuff that I quoted in these five specimens at the beginning of this article.


I have not here been considering the literary use of language, but merely language as an instrument for expressing and not for concealing or preventing thought. Stuart Chase and others have come near to claiming that all abstract words are meaningless, and have used this as a pretext for advocating a kind of political quietism. Since you don’t know what Fascism is, how can you struggle against Fascism? One need not swallow such absurdities as this, but one ought to recognize that the present political chaos is connected with the decay of language, and that one can probably bring about some improvement by starting at the verbal end. If you simplify your English, you are freed from the worst follies of orthodoxy. You cannot speak any of the necessary dialects, and when you make a stupid remark its stupidity will be obvious, even to yourself. Political language—and with variations this is true of all political parties, from Conservatives to Anarchists—is designed to make lies sound truthful and murder respectable, and to give an appearance of solidity to pure wind. One cannot change this all in a moment, but one can at least change one’s own habits, and from time to time one can even, if one jeers loudly enough, send some worn-out and useless phrase—some JACKBOOT, ACHILLES’ HEEL, HOTBED, MELTING POT, ACID TEST, VERITABLE INFERNO or other lump of verbal refuse—into the dustbin where it belongs.

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28 Comments:

Profundistas said...

Genial espacio de reflexión y re-pensamiento de nuestro espacio político.
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