Novedad Editorial: "La escuela de Fráncfort" - Rolf Wiggershaus (Fondo de Cultura Económica)

miércoles, 17 de febrero de 2010


La Escuela de Fráncfort

Rolf Wiggershaus





La denominación "Escuela de Fráncfort" remite a un programa de reflexión filosófica, investigación social y orientación política vinculado a un conjunto de pensadores excepcionales -especialmente Theodor W. Adorno, Max Horkheimer, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Erich Fromm y Jürgen Habermas- cuya obra se comprende en un contexto histórico caracterizado por fenómenos como la República de Weimar, el advenimiento del nacionalsocialismo, la traumática experiencia de la persecución y la emigración, el exterminio de judíos en Auschwitz y, ya en la segunda mitad del siglo XX, el movimiento estudiantil de la década de 1960 y los nuevos movimientos sociales. En ella se enlazan en forma lograda propuestas vinculadas a Marx, Nietzsche y Freud que se inscriben en una serie de debates filosóficos y políticos de largo alcance lo mismo con el positivismo que con el racionalismo crítico, la teoría de sistemas, la filosofía analítica o el postestructuralismo, dando lugar a disputas y problemas que han marcado profundamente el desarrollo de la filosofía y las ciencias sociales desde los años treinta del siglo pasado.

Esta monumental obra de Rolf Wiggershaus que ahora presentamos al lector iberoamericano es sin duda el estudio más completo publicado hasta ahora en cualquier lengua sobre la Escuela de Fráncfort, sus orígenes y desarrollo, los debates y las luchas que la caracterizaron tanto en su interior como en el exterior, sus dificultades en el exilio americano, su retorno a Europa, su institucionalización, recepción y creciente influencia en el debate académico y político dentro y fuera de Europa en las últimas décadas, todo lo cual ha dado lugar a un legado sin el cual sería imposible pensar la crítica filosófica, social y política en el presente.

Gustavo Leyva

Colección: Filosofía

ISBN: 9789505578306

Formato: 15,5 x 23 cm., 921 pp.

Primera edición: 2010

Última edición: 2010

Precio: $120 (ARS)


Lea un fragmento

La Escuela de Fráncfort: Introducción (235 kb)

Abierta la Inscripción a Materias Para el 1er Cuatrimestre de 2010 de la Carrera de Ciencia Política - Facultad de Ciencias Sociales - UBA

viernes, 12 de febrero de 2010

INSCRIPCIÓN CIENCIA POLÍTICA

PRIMER CUATRIMESTRE 2010

FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES

UBA

Del 12 al 15 de febrero




Oliver Marchart: "El Momento Maquiaveliano Según Lefort"- El Momento Maquiaveliano Reteorizado - El Pensamiento Político Posfundacional

jueves, 4 de febrero de 2010

El momento maquiaveliano según Lefort

Oliver Marchart


(De "El momento maquiaveliano reteorizado", en "El pensamiento político posfundacional. La diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau", pp. 131-134, FCE, Buenos Aires, 2009. Traducción de Marta Delfina Álvarez)



Tras haber examinado el primer eje de la institución originaria -la autoexternalización de la sociedad-, nos ocuparemos ahora del segundo eje: la división interna de la sociedad. Este aspecto ilustra hasta qué punto la teoría de Lefort y Gauchet es, de hecho, una teoría del conflicto. El antagonismo de clases no es algo que pueda resolverse en un futuro lejano, cuando los medios de producción ya se han socializado y el Estado se halla prácticamente abolido. No obstante, este conflicto no sólo es irresoluble, sino también necesario para que la sociedad se instituya. Y es una de las principales fuentes de cohesión social. Esto puede parecer paradójico y contraintuitivo. ¿Cómo es posible que el conflicto - la lucha irresoluble entre los hombres- sea una de las principales fuentes de cohesión social? La respuesta es la siguiente: sólo a través del conflicto los individuos y los grupos se sitúan dentro de un mundo común. Mediante su antagonismo -en el cual la organización, la raison d'être y las metas de la sociedad están en debate-, los antagonistas se afirman como miembros de la misma comunidad.

Lejos de destruir la sociedad en su conjunto, la división implica, en rigor, una dimensión de totalidad. Y la totalidad se halla implicada, precisamente, por la "figura de la ausencia" (Gauchet, 1976: 25), que se revela en el corazón de la división social. Esta ausencia emerge de la incapacidad de cualquier actor social de dominar el sentido de la sociedad concebida como un todo, pues el juego indefinido de la división social impedirá a los actores individuales monopolizar dicho sentido de una vez y para siempre. Así, a través del antagonismo, emerge realmente una dimensión de totalidad, aun cuando no sea, como algunos quizá piensen, el resultado de la presencia positiva de un fundamento social, sino el de la ausencia de cualquier fundamento de esa índole. Pues si la dimensión del antagonismo radical garantiza que nadie pueda encarnar el sentido del todo, que cualquier pretensión de este tipo será debatida, ello conduce a la conclusión de que la verdad de la totalidad social no puede sino residir en el debate como tal. La dimensión de totalidad no se descarta de ninguna manera; antes bien, se la invoca como un efecto de un debate interminable que impide a cualquier grupo llegar a dominar el sentido del todo social.

Si queremos entender de dónde deriva la evaluación positiva del conflicto en Lefort, es preciso remitirnos a Maquiavel, pues fue el pensamiento de este último el que le permitió romper con el postulado marxista de la naturaleza secundaria del conflicto. Con esta ruptura, Lefort se inscribe, como posfundacionalista social, en el "momento maquiaveliano". ¿Quién podría, excepto Maquiavelo, "garantizar un papel más grande al acontecimiento, a la incesante movilidad de las cosas en el mundo, a cada renovada prueba de complejidad?" (2000: 126).

Entre 1956 y 1972, Lefort trabajó en su thèse d'état, su "interrogación" de l'oeuvre maquiaveliana, que iba a convertirse en un libro de 800 páginas (1986b). Para Lefort -y ésta no es todavía una afirmación original-, Maquiavelo es, de hecho, el inventor del pensamiento político propiamente dicho. Pero Lefort construye su interpretación en torno a una afirmación aún más radical. El descubrimiento de Maquiavelo -que le permitió fundar el pensamiento político moderno- no es sino el descubrimiento de que existe un conlicto irreductible en el centro de toda forma de gbiernp [polity]. Maquiavelo se convierte entonces en un precursor filosófico del momento de lo político, el cual sólo se volvió históricamente pertinente con la revolución democrática. En el capítulo noveno de El príncipe, Maquiavelo declara que los nobles, por un lado, y el pueblo, por el otro, están comprometidos en una lucha irresoluble a causa de sus umori opuestos. Mientras que el "humor" o el deseo de los nobles es mandar y oprimir, el pueblo no quiere ser mandado ni oprimido (Lefort, 1986b: 382). Esta oposición constitutiva e irreductible entre el pueblo y los nobles precede a las circunstancias o tradiciones sociales particulares en que ellos están situados. El conflicto, como fundamento negativo de la sociedad, precede a cualesquiera razones fácticas de los conflictos en plural. Y si el conflicto va a cumplir su papel de fundamento negativo de la sociedad, entonces es posible inferir que la diferencia entre el conflicto como fundamento y los conflictos fácticos en plural debe ser radical por naturaleza: el conflicto en cuanto fundamento no puede ser uno más de una serie de conflictos fácticos, sino que debe localizarse en un nivel radicalmente distinto. Retomando la terminología filosófica, se puede enunciar la cuestión en términos de la diferencia ontológica: la condición "ontológica" del antagonismo es anterior a las circunstancias "ónticas" bajo las cuales se manifiesta. Dondequiera que haya sociedad -al margen de su estructura óntica- habrá antagonismo interno en el nivel ontológico. Aquí conviene recurrir al cuasi concepto heideggeriano de diferencia ontológica, y no solamente por razones heurísticas. La influencia de heidegger puede rastrearse en los propios textos de Lefort, aun cuando éste mencione su nombre en raras ocasiones. En este aspecto, los paralelismo entre Lefort y Heidegger fueron percibidos por Hugues Poltier (1998: 147) y Bernard Flynn (1992: 182). El hecho de que Lefort no cite a Heidegger es, para Flynn el signo de una cierta sospecha por parte de Lefort en lo tocante a la "denegación sistemática [de Heidegger] del surgimiento de lo político como tal " (1992: 183).

Por otro lado, ese conflicto originario ("ontológico") puro -que constituye el nucleo último del "ser" de lo social- tiene que encontrar una salida simbólica a los efectos de no destruir la sociedad. En el caso más extremo, una sociedad de puro antagonismo, una sociedad carente de la dimensión simbólicamente reguladora del poder en sentido lefortiano, equivaldría a un estado hobbesiano de naturaleza y, por tanto, no podría llamarse sociedad en absoluto. De modo que lo que resulta es un quiasmo o entrelazamiento entre la política y lo político en lugar de su "distinción" o incluso su oposición. La política y lo político se encuentran, pues, en una relación de reversibilidad:

El análisis de las formas de la sociedad política conduce, por tanto, al examen de las formas de acción, y viceversa. Hay dos polos de experiencia y dos polos de conocimiento, y el hiato es irreductible. O, para decirlo en un lenguaje moderno: la reflexión sobre lo político y la reflexión sobre la política son, a la vez, distintas y entrelazadas. (Lefort, 200: 138).

Es obvio que la teoría lefortiana de la democracia se localiza dentro del "momento maquiaveliano". Según Maquiavelo, es el dispositivo simbólico de la república -en cuanto régimen de libertad construido sobre el imperio soberano de la ley- lo que permite reconocer el conflicto así como regular la oposición entre el pueblo y los nobles, lo que impide a cualquiera de las partes dominar / oprimir enteramente a la otra. En un sentido, ello convierte a Maquiavelo no sólo en el primer "teórico del antagonismo", al poner el acento en un conflicto irresoluble en el núcleo de toda sociedad posible, sino también en el primero en desarrollar una teoría del "agonismo" como la forma de simbólicamente regulada del antagonismo (regulada , por ejemplo, a través del acuerdo de una constitución mixta). Sin embargo, es importante importante señalar una vez más que la "regulación" de ninguna manera implica la "superación" de la oposición entre los nobles y el pueblo en una comunidad armoniosa o incluso homogénea. El antagonismo radical no desaparece nunca: tiene que ser aceptado como condición de posibilidad de la sociedad. Aun así, deconstructivamente hablando, esta condición de posibilidad actúa respecto de la sociedad como su condición de imposibilidad. Desde el punto de vista de la historia conceptual, ello fue claramente percibido por Gisela Bock en su ensayo sobre "la discordia civil" en Maquiavelo: "Es sólo en el orden republicano donde la discordia entre los diversos umori humanos puede y debe ser expresada; por otra parte, son estas discordias mismas las que continuamente lo amenazan. Constituyen tanto la vida como la muerte de la república" (1990: 201).



Bibliografía

BOCK, Gisela (1990), "Civil discord un Machiavelli's Istorie Fiorentine", en Gisela Bock, Quentin Skinner y Maurizio Virolo (comps.), Machiavelli and Republicanism, Cambridge, Cambridge University Press, pp. 181-201.

FLYNN, Bernard (1984), "The Question of an Ontology of the Political: Arendt, Merleau-Ponty, Lefort", en International Studies in Philosophy, XVI/1, pp. 1-24.

GAUCHET, Marcel (1976), "L´expérience totalitaire et la pensée du politique", en Espirit, 7, julio-agosto, pp. 3-28.

LEFORT, Claude (1986b), Le Travail de l'oeuvre, Machiavel, París, Gallimard.
-(2000), Writing. The Political Test, Durham, NC y Londres, Duke University Press.

POLTIER, Hugues (1997), La découverte du politique, París, Michalon.

Seyla Benhabib sobre Hannah Arendt (entrevista)

lunes, 1 de febrero de 2010

Entrevista a Seyla Benhabib sobre Hannah Arendt

por Manuel Cruz

Abril 2007 / Letras Libres







¿Cómo se produce su acercamiento a Hannah Arendt?



Descubrí la obra de Hannah Arendt en 1972, cuando entré en la facultad de Filosofía de Yale. En esa época, Verdad y método, de Hans-Georg Gadamer, estaba siendo activamente comentado entre los estudiantes, y en ese mismo año se publicó en inglés Conocimiento e intereses humanos, de Jürgen Habermas. Junto con La condición humana, de Hannah Arendt, estas obras, pese a ser muy distintas, me hicieron cobrar conciencia de las respuestas de la hermenéutica y la teoría crítica a la estrecha filosofía analítica y positivista que dominaba los departamentos de filosofía británicos y americanos.


¿Cuáles fueron los aspectos del pensamiento de Hannah Arendt que le llamaron la atención?



Cuando descubrí su obra, Hannah Arendt era una reputada intelectual neoyorquina. En realidad, pocos filósofos académicos la leían o se la tomaban siquiera en serio, lo cual dice mucho de la pobreza de la filosofía en esa época y no tanto de Arendt; pero tenía una gran presencia como intelectual. En círculos neoyorquinos como los que rodeaban The New York Review of Books, Partisan Review e incluso Commentary, Arendt era reverenciada por sus análisis del totalitarismo y la Europa de posguerra. Debo reconocer que los que estábamos en el movimiento estudiantil teníamos más dificultades para aceptar sus análisis, en los que ponía el nacionalsocialismo y el comunismo soviético bajo un mismo epígrafe. Muchos de nosotros todavía éramos marxistas, y la crítica al socialismo realmente existente y la transformación de la Europa del Este y la Unión Soviética no había empezado. Aunque yo era una marxista antiautoritaria y una socialdemócrata, no podía por nada del mundo identificar el experimento soviético, al menos hasta la muerte de Lenin, con el mal político del nacionalsocialismo. Fue después de la muerte de Lenin cuando la Unión Soviética se volvió totalitaria, pensaba yo. Hay muchas páginas en Los orígenes del totalitarismo que también parecen dar por buena esta interpretación.



Para mí, personalmente, una dimensión adicional en la obra de Arendt era su análisis del antisemitismo. Yo no crecí en Estados Unidos sino en Estambul, Turquía y, como sabe, mi familia es descendiente de judíos sefardíes que se establecieron en el Imperio Otomano después de la expulsión de España. Por supuesto, experimentamos el antisemitismo y el prejuicio: los estereotipos del judío como cobarde, como avaricioso o como sucio eran habituales en la Estambul de mi infancia. Pero también lo eran actitudes de tolerancia, aceptación y admiración, e incluso envidia por parte de muchas elites turcas, por nuestro conocimiento de diversos idiomas y nuestros logros académicos. En el análisis de Arendt encontré una explicación histórico-sociológica de esas dimensiones existenciales que para mí tenía sentido; a saber, la mezcla de antisemitismo y filosemitismo que dominaba, y todavía domina, el discurso y las actitudes sobre los judíos. Ella había sido violentamente criticada por su diagnóstico del antisemitismo por escritores como Leon Wieseltier, y ha sido acusada de culpar a la víctima y de atribuir los orígenes de las actitudes antisemitas a las acciones de los propios judíos. Pero esto es muy parcial. Según el análisis de Arendt, el antisemitismo clásico es una actitud que emerge cuando los judíos están en la diáspora, sea cristiana o musulmana, y viven como una minoría indefensa en sistemas que les prohíben tener tierras en propiedad o llevar armas. Como resultado de esta vulnerabilidad, una cierta deformación se desarrolla en el carácter judío, cualidades morales objetables como sobornar a los poderes fácticos para apaciguarles y aliarse con ellos. Esto no es culpar a la víctima sino buena sociología cultural. Por supuesto, el Holocausto, así como la creación del Estado de Israel, cambian radicalmente estos rasgos característicos en ambos bandos, pero en mi infancia todavía estaban presentes rastros de estas actitudes de la diáspora.


¿Cómo interpreta el creciente protagonismo que ha ido adquiriendo Hannah Arendt en las últimas décadas?



Después del colapso del comunismo soviético en los años ochenta e incluso antes de eso, durante las transformaciones antitotalitarias de la Europa del Este y Central, Arendt emergió como la pensadora política del momento postotalitario. Se trataba de una pensadora que puso el énfasis en la esfera pública y la libre organización de la sociedad civil, que escribió sobre la dignidad de la política, que alentó la resistencia al fascismo, la tiranía y la opresión, y no en nombre de alguna creencia ideológica, del libre mercado, del mundo libre o del capitalismo global, sino en nombre de la libertad. Cuando disidentes del este de Europa como Adam Michnik y Jacek Kuron integraron a Arendt en su pensamiento, el círculo se completó: la más brillante teórica del totalitarismo como nueva forma de gobierno ahora se convertía en la guía de los movimientos antitotalitarios de los años setenta y ochenta.



Además, las experiencias de Arendt como judía y como mujer, como mujer judía en la era del totalitarismo, siguen siendo parábolas para nuestro siglo. Como Elie Wiesel, Primo Levi, Jean Amery, Imre Kertesz y muchos otros, ella dio testimonio de uno de los grandes horrores políticos de la humanidad, en su propio país, y cometido en su propio idioma. Pero no perdió la esperanza en el poder de la esfera política incluso después de la Shoah. Como también en este siglo seguimos enfrentados a formas de mal político, tenemos que volver atrás y leer y releer a Arendt.


Últimamente parecen alzarse voces críticas hacia las posiciones políticas de Hannah Arendt. Zizeck, por ejemplo, la ha acusado de liberalismo, contrapuesto a su presunto radicalismo. ¿Qué grado de consistencia le atribuye a este tipo de críticas?



No soy fan de Zizeck, cuyas interpretaciones divertidas y en ocasiones brillantes son parte de la “razón cínica de nuestros tiempos”. Pero vayamos al centro del asunto. Para muchos intelectuales europeos “liberalismo” es una mala palabra. No lo es para mí: los europeos identifican liberalismo con liberalismo de mercado e individualismo carente de principios. Pero también existe el “liberalismo político” en el sentido articulado por John Rawls durante los últimos treinta años. Esta clase de liberalismo no versa sobre el mercado –el propio Rawls dice que las libertades económicas pueden organizarse para beneficiar a los miembros menos privilegiados de nuestra sociedad–, sino sobre el imperio de la ley, el constitucionalismo y la razón política. Si tomamos el liberalismo político en este sentido, se puede plantear un diálogo muy interesante con la obra de Arendt.



La percepción del liberalismo político es que nuestras sociedades se caracterizan por un pluralismo fundamental e inevitable en materia de creencias sobre los bienes definitivos de la vida humana. Tenemos que partir del hecho del pluralismo razonable; o, en palabras inmortales de Rawls, de la premisa “de que en el curso de su ejercicio natural, la razón humana producirá una variedad de concepciones de lo que es el bien”. Nuestra vida política debe organizarse de tal modo que respete la dignidad de los que persiguen una distinta idea del bien: el orden justo debe ser, en la mayor medida posible, neutral por lo que respecta a la persecución de los bienes definitivos de la vida humana. Nunca debe permitirse al Estado y sus órganos que coarten a los individuos para que escojan una concepción del bien sobre otra.



Comprendido esto, todos somos liberales; las modernas democracias constitucionales se apoyan en esta creencia fundamental acerca del pluralismo y la multiplicidad de visiones del bien en la vida humana. Sin duda, hay muchas cosas ahí que deberemos discutir: si el Estado es en realidad neutral en algún momento, el contenido de la razón pública, etcétera. Arendt siempre, en todo momento, admiró la democracia constitucional. En este sentido era admiradora del sistema político americano, aunque consideraba que la sociedad americana era conformista. En todo caso, a diferencia de muchos liberales como Rawls, Isaiah Berlin, Thomas Nagel y Ronald Dworkin, para Arendt la vida pública-política tiene una especie de primacía ontológica. No es que creyera que todo el mundo debía ser coaccionado para participar en la política, eso sería totalitarismo, pero si todo el mundo cultiva sólo su propio jardín y deja de preocuparse por el bien común, algo fundamental se perderá en la existencia humana. De modo que Arendt no es sólo una liberal, ni sólo una republicana cívica, pero sin duda es más de lo segundo que de lo primero.


Algunos lectores –especialmente los menos familiarizados con la filosofía– tienen a veces la sensación de que Arendt es una especie de figura exenta, autónoma. ¿Qué antecedentes y qué contemporáneos de Arendt cree que ayudan más a entender su obra?



Para comprender a Arendt hay que conocer a Aristóteles, Kant y cierto Heidegger; el resto es secundario. Hay que conocer la Ética de Aristóteles, la filosofía moral y La crítica del juicio de Kant, Ser y tiempo de Heidegger, pero también Una introducción a la metafísica y la Carta sobre el humanismo. Hegel, Nietzsche y Maquiavelo, así como san Agustín, sobre el que Arendt escribió su tesina, aparecen y desaparecen en su trabajo, pero son secundarios para su filosofía principal.



No sé quién entre los contemporáneos de Arendt ayudaría a explicar su pensamiento: sin duda Walter Benjamin, y en particular las Tesis sobre la filosofía de la historia, le influyó mucho. Pero Arendt era una Selbst-Denker [que piensa por sí misma] y a pesar de su gran amor y respeto por Karl Jaspers, no creo que Jaspers influyera demasiado sobre su pensamiento filosófico.


¿Qué lecturas del pensamiento de Arendt le parece que están contribuyendo a desarrollar más y mejor sus potencialidades? ¿De qué obras se considera usted más alejada?



Hay una continua disputa, en los estudios sobre Arendt, entre las lecturas comunicativa-normativa y la existencialista (y en ocasiones postmoderna) de su obra. Mi libro El reluctante modernismo de Hannah Arendt pertenece a la interpretación más kantiana y normativa de Arendt. La obra de Dana Villa Hannah Arendt y Martin Heidegger, la lectura de Goerge Kateb de Hannah Arendt, y la de Kristeva, pertenecen más a la tradición existencialista, postmoderna o no. Mucha parte de la obra de Arendt sigue inédita (hay 83 cajas de papeles en la Biblioteca del Congreso de Washington): sólo en el último año han aparecido tres nuevos volúmenes en inglés con sus ensayos sobre filosofía moral, el mal, y la reflexión y el juicio. Sus maravillosos ensayos sobre la cuestión judía, que fueron publicados póstumamente en 1976 en El judío como paria, serán reeditados. De modo que, al menos por lo que respecta al estudio de Arendt, estamos en mitad de una continua lectura y relectura.


¿Es Arendt una pensadora del siglo XX o del siglo XXI?



El análisis que Arendt hizo del totalitarismo no tiene precedentes. Sin duda muchos detalles históricos en su análisis de la Unión Soviética e incluso de la Alemania nazi han sido refutados. Con todo, su tesis central de que con la experiencia del totalitarismo europeo algo sin precedentes sucedió en la historia humana sigue siendo válida y profunda. Con el auge del totalitarismo, el ámbito de la política no sólo trata de dominar a los seres humanos, cosa que en un sentido u otro han intentado hacer también otros sistemas políticos, sino que la política ahora interfiere con las condiciones de la existencia humana en la Tierra: que es la natalidad, la pluralidad, la acción y la presencia en el mundo. Lo que Arendt quiere decir aquí es que la política totalitaria interfiere con la ontología del ser humano reduciéndole a un cuerpo que destruir y un alma que manipular. El poder totalitario consiste en hacer superfluos a los seres humanos; esto es, hacerlos sujetos a formas de poder que no conocen límites. En este sentido, los campos de concentración del nazismo o el Gulag del estalinismo son la manifestación concreta de una novedosa forma de poder político que pretende una total dominación y la destrucción de la capacidad independiente para actuar del ser humano.



Ahora bien, hay pensadores como Foucault o, recientemente, Giorgio Agamben, que creen que esta forma de poder estuvo siempre presente y latente en la modernidad. Arendt no lo cree así: ella lo ve como una ruptura en el seno de la tradición moderna. Pero la tragedia real es que una vez esta forma de poder ha emergido y ha ocupado un lugar temible en la historia humana, sigue siendo una posibilidad para el futuro; todo lo que ha sucedido puede volver a suceder. Esto es lo que Arendt más temía y no estaba equivocada. El siglo XXI y sus nuevas formas de violencia como el genocidio, el asesino suicida, las guerras llevadas a cabo por ejércitos de niños drogados, etcétera, revelan una forma de violencia que una vez más ha vuelto superfluo al ser humano.

Para terminar, Arendt escribió en el año 1943 que el refugiado era la nueva figura del siglo XX y para definirlo afirmó lo siguiente: “La historia ha creado un nuevo género de seres humanos: aquellos a los que los enemigos meten en campos de concentración y los amigos en campos de internamiento”. ¿Pensaba usted en esta frase cuando escribía su libro Los derechos de los otros?Mi libro Los derechos de los otros fue profundamente inspirado por las reflexiones de Arendt sobre la tragedia de la condición apátrida y la incapacidad de todas nuestras doctrinas de derechos humanos para hacer algo para cambiarlo. Sin embargo, disiento de ella en el análisis del sistema internacional. Arendt veía los grandes peligros del nacionalismo del sistema de nación-estado, pero su opinión sobre la condición apátrida también revelaba que sólo los Estados pueden proteger al individuo. Ella sólo vio paradojas pero tampoco pudo ofrecer ninguna perspectiva profunda sobre el discurso emergente de la ley internacional, los derechos humanos y las instituciones multilaterales. Ella creía, con todo, que la categoría de crímenes contra la humanidad fue uno de los grandes hallazgos de los juicios de Nurenberg y quería que Adolf Eichmann fuera condenado, en primer lugar, por crímenes contra la humanidad y, en segundo, contra el pueblo judío. Mi propósito ha sido pensar con Arendt, contra Arendt.

Primer Coloquio Nacional de Pensamiento Político: La Pregunta por Occidente, Tensiones y Posibilidades (Chile) - Convocatoria

Primer Coloquio Nacional de Pensamiento Político:

La pregunta por occidente, tensiones y posibilidades

Santiago de Chile

24-25 de agosto de 2010



El Centro de Análisis e Investigación Política (CAIP) y el Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales (IDH-UDP), convocan a estudiantes de pre y posgrado, académicos e investigadores del campo de las ciencias sociales y humanidades a proponer ponencias y mesas temáticas sobre teoría política, historia de las ideas políticas y filosofía política para el Primer Coloquio Nacional de Pensamiento Político: La Pregunta por Occidente, tensiones y posibilidades, que tendrá lugar en Santiago de Chile durantes los días martes 24 y miércoles 25 de agosto de 2010.

La pregunta por Occidente es algo recurrente en la historia del pensamiento político; sin embargo, es en el presente, frente a un mundo globalizado y donde se postulan desde un choque de civilizaciones hasta la disolución de las mismas, que la pregunta por Occidente se hace más recurrente. ¿Podemos seguir hablando de Occidente en un proceso de mundialización como el que estamos viviendo? ¿O presenciamos la retirada de Occidente en el léxico político? Tal vez, la pregunta por la civilización occidental responde precisamente aquella disolución que exige, a su vez, su cuestionamiento. O, por otro lado, la pregunta que titula este coloquio refleja la urgencia de pensar el avance civilizatorio de Occidente. En este sentido, ¿qué implicancias para el pensamiento de la política tendría el uso de una categoría como Occidente? ¿Cuáles son las consecuencias políticas y resistencias al desarrollo de Occidente? Este coloquio tiene por propósito problematizar cuestionamientos como los antes realizados y dar amplitud suficiente para desarrollar líneas de investigación en el marco de la historia de Occidente.

Algunos de los variados temas a tratar serán:

- Metafísica y pensamiento político en Occidente.
- Los orígenes de la civilización: naturaleza, animal, hombre.
- Los avatares del realismo político.
- Las resistencias a Occidente.
- Pensamiento greco-romano: los cimientos de las ideas políticas de Occidente.
- Religión y política.
- Teorías del Estado y el gobierno.
- Pensamiento político Medieval.
- Política radical, subjetividad y nueva formas de resistencia.
- Lenguaje, política y verdad en la historia del pensamiento político.
- La pregunta por la modernidad: liberalismo, capitalismo y revolución.
- Estética, ética y política.

Se recibirán resúmenes de ponencias hasta el 14 de mayo de 2010. Los resúmenes serán de hasta 500 palabras y deberán indicar título, pertenencia institucional, un breve descriptor académico del ponencista y dirección de correo electrónico. Recepción de resúmenes: coloquiopensamientopolítico@gmail.com

La lista de resúmenes seleccionados por el comité organizador será divulgada el día 31 de mayo de 2010 y las ponencias finales serán recepcionadas por el comité hasta el viernes 20 de agosto.



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www.caip.cl

Centro de Análisis e Investigación Política (CAIP)
Vaticano 3778, Las Condes, Santiago
08 - 594 20 40 / 09 - 224 54 74 / 07 - 707 05 73
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Instituto de Humanidades
Universidad Diego Portales
Ejército 278, patio interior.
Teléfono 676 2894

Convocatoria: Conferencia “Walter Benjamin: Convergencias Entre Estética y Teología Política”

WALTER BENJAMIN:



CONVERGENCIAS ENTRE ESTÉTICA Y TEOLOGÍA POLÍTICA



20 al 22 de octubre 2010, Santiago de Chile




Su insistencia en las convergencias entre arte, religión y política ha hecho de Benjamin un pensador clave en el debate contemporáneo sobre el rol de la religión en la esfera pública. Benjamin puso la filosofía -la práctica de la crítica- al servicio del arte para liberar un potencial político y teológico al cual denominó ‘mesiánico’, en oposición a toda teocracia y fundamentalismo.

En esta conferencia se buscará entender y discutir el puente entre, por una parte, el urgente llamado de Walter Benjamin a “politizar el arte”, contrarrestando la “estetización de la política” que caracterizó al fascismo, y la tentativa contemporánea, presente en muchos autores influidos por Benjamin, de “politizar la teología”, como respuesta esta vez a la teologización fundamentalista de la política.


Instituciones organizadoras:


• Universidad de Chile
• Universidad Diego Portales
• Goethe Institut, Santiago de Chile
• DAAD, Santiago de Chile


Comisión organizadora:


• Vanessa Lemm, Universidad Diego Portales
• Horst Nitschack, Universidad de Chile
• Pablo Oyarzún, Universidad de Chile
• Eduardo Sabrovsky, Universidad Diego Portales
• Miguel Vatter, Universidad Diego Portales


Invitados internacionales confirmados:


• Hauke Brunkhorst, Flensburg Universität, Flensburg
• Gertrud Koch, Freie Universität, Berlín
• Bettina Menke, Universität Erfurt, Erfurt


Se invita a presentar propuestas para ponencias de 20 minutos sobre tópicos pertinentes al tema de la conferencia, entre los cuales se incluyen los siguientes:



• El concepto de aura y su borradura: ¿reproductibilidad técnica o alteridad de lo absoluto?
• La crisis de la experiencia.
• El concepto de “iluminación profana”.
• El lenguaje y lo sagrado.
• El Ángel de la Historia y la “dialéctica en suspenso”.
• Alegoría y melancolía desde el Trauerspiel hasta Baudelaire
• Benjamin y la cuestión de la soberanía.
• El diálogo Walter Benjamin-Gershom Scholem. Cábala y Mesianismo.
• Benjamin y la teología política.


Las ponencias que versen sobre otros tópicos pertinentes al tema también serán consideradas. Las postulaciones tempranas son bienvenidas. Los idiomas de la conferencia son español e inglés. Trabajaremos con traducción simultánea en las sesiones plenarias. Envíe por favor un sumario de un máximo de 300 palabras y un CV abreviado (1 página) al correo electrónico conferenciabenjamin@gmail.com, no más allá de 15 de abril del 2010. La notificación de aceptación será enviada antes del 30 de abril del 2010.



Para mayor información, se sugiere contactar a los organizadores en conferenciabenjamin@gmail.com


Claude Lefort: "Negarse a Pensar el Totalitarismo"

jueves, 28 de enero de 2010

Negarse a pensar el totalitarismo

Claude Lefort


Conferencia Hannah Arendt pronunciada en el año 2000 con motivo de la instalación de los Archivos Hannah Arendt en Berlín. Primera edición en francés como “Le refus de penser le totalitarisme”, en C. Lefort, Le Temps présent. Écrits 1945-2005, París, Belin, 2007, pp. 969-980.



INTITULÉ ESTA CONFERENCIA: negarse a pensar el totalitarismo. Me parece pertinente aclarar de inmediato mi propósito. Desde su formación hasta su derrumbe, la naturaleza y la evolución del comunismo soviético fueron objeto de un debate incesante. Este debate movilizó las pasiones políticas y los argumentos de orden teórico. Los defensores de un Estado cuyo objetivo parecía ser la edificación de una sociedad socialista se enfrentaban a aquéllos que lo veían como un nuevo órgano de dominación dotado de todos los medios del poder. En general, los partidarios del régimen soviético, quienes lo consideraban, cuando menos, progresista, se ubicaban dentro de la izquierda, y sus adversarios dentro de la derecha. Sin embargo, observemos que, desde un principio, algunos grupos de extrema izquierda y algunos socialistas o socialdemócratas denunciaron la formación de una dictadura sobre el proletariado, oculta bajo la apariencia de una dictadura del proletariado. Algunos alemanes, opositores de Hitler —pienso particularmente en Hermann Rauschning, un conservador—, fueron de los primeros en equiparar el sistema nazi al sistema soviético. Creo conveniente recordar que Léon Blum, el líder del Partido Socialista en Francia, calificó a los partidos comunistas de totalitarios a principios de la década de 1930, antes de adoptar la estrategia del Frente Popular. Por lo tanto, resulta un error creer que el concepto de totalitarismo es un producto de la Guerra Fría, pues los emigrados rusos y alemanes, en particular, ya habían introducido este concepto con mucha anterioridad. En cuanto al debate que puso en oposición a historiadores, sociólogos y politólogos, se puede decir que también es antiguo, pero se intensificó después de la Segunda Guerra Mundial. Las especulaciones sobre la evolución del régimen soviético tomaron un nuevo rumbo a partir de la época de la desestalinización. Por último, cosa digna de notarse, el derrumbe del comunismo no puso fin al debate. Aunque el concepto de totalitarismo ya no alimenta las pasiones políticas, sigue siendo ampliamente contestado, como bien se sabe; y, cuando éste llega a utilizarse, a menudo se hace con reservas, negándole una pertinencia científica. Afortunadamente, la obra de Hannah Arendt goza de un interés creciente; sin embargo, apenas se toma en cuenta en los trabajos de los historiadores.

He aquí lo que quisiera preguntarme: más allá de las divergencias o las oposiciones que ha suscitado la interpretación del fenómeno comunista, ¿acaso no hay una negación persistente a pensar el totalitarismo? Por “pensar” entiendo: enfrentar aquello que, como muy bien dijo Hannah Arendt, no tiene precedentes y nos abre una pregunta que, a diferencia de un problema que podría tener solución, se imprime a partir de ese momento en nuestra experiencia del mundo. Hace casi dos años, tras la publicación de un libro que intitulé La Complication [La complicación] (Lefort, 1999), asistí a algunas reuniones en las que siempre me interrogaban sobre el sentido de la frase inicial de mi prefacio: “el comunismo pertenece al pasado, en cambio la cuestión del comunismo sigue estando en el corazón de nuestro tiempo”. La resistencia a la idea de que la aventura totalitaria, más precisamente comunista, no nos dejaba indemnes, tal resistencia, me pareció resueltamente tenaz.

Desde hace algún tiempo se habla mucho del “deber de memoria”. Existen razones para sentirnos satisfechos por ello. Cuando se hace un llamado a no olvidar los crímenes contra la humanidad, se espera que el recuerdo nos mantendrá a salvo de reproducir las abominaciones del pasado. Sin embargo, el deber de memoria corre palpablemente el riesgo de resultar ineficaz si no está presente el deber de pensar. Ahora bien, lo que debemos pensar es en el renunciar a pensar, lo cual fue una de las condiciones para el establecimiento del totalitarismo, una de las características principales, tanto del comunismo como del nazismo y el fascismo. ¿Cómo no cuestionarse acerca de este prodigioso fenómeno? ¿Acaso podemos hablar de un nuevo tipo de poder, de un englobamiento de la sociedad por parte del Estado-partido, sin tomar en cuenta el hecho —perdonen la extraña expresión— de que algo le pasó al pensamiento? Este acontecimiento nos pone en alerta, sobre todo porque no estamos acostumbrados a vincular política y pensamiento. No tendríamos por qué sorprendernos, si pudiéramos conformarnos con creer que los dirigentes totalitarios disponían plenamente de los medios para sofocar la libertad de expresión y pensamiento. Nos bastaría con observar el progreso de la tiranía en los tiempos modernos. Sin embargo, el poder totalitario no se puede reducir a un poder tiránico o despótico. Hannah Arendt toca un punto esencial cuando describe una dominación que no sólo se ejerce desde el exterior, sino también desde el interior. Para dar cuenta de este tipo de dominación, recurre a la creencia en una ley de la historia o en una ley de la naturaleza, concebida como ley de movimiento, donde la sujeción a una ideología se concibe como “lógica de una idea” (Arendt, 1982 [1951]: vol. 3: 605), y a la inclusión de los ciudadanos en el proceso general de la organización. De cada uno de sus análisis, se desprende una conclusión: la inhibición del pensamiento.

Arendt descubre el origen de los principios que han guiado los movimientos totalitarios en las teorías o las representaciones que surgieron en el siglo XIX. No hablaré aquí de esta interpretación, pues ya lo hice en otro lugar. En cambio, lo que me parece pertinente señalar es que en el siglo XIX, precisamente, nace la sensibilidad hacia una dominación que se volvió invisible para quienes la padecen y que encuentra su motor en un renunciamiento a pensar y, más precisamente, en un negarse a pensar. A mi parecer, esta sensibilidad se despierta como consecuencia de la experiencia de la Revolución Francesa. Las esperanzas que habían surgido con la creación de una sociedad en la que se reconocerían las libertades políticas, civiles e individuales, habían sido sustituidas, efectivamente, por la dictadura terrorista de un gobierno que se valía de la doctrina de la Salvación Pública y, después, tras un intermedio en el que se había restaurado un Estado de derecho, vino la dictadura bonapartista. Para los escritores que hicieron una importante contribución a la cultura política moderna, la gran pregunta es, en ese entonces, cómo se pasó de la libertad a la servidumbre. Estoy pensando particularmente en Benjamin Constant, en Guizot (al menos, en el periodo en el que fue líder de la oposición liberal durante la Restauración) y también pienso en Tocqueville, Michelet y Edgar Quinet. Basta por ahora que me refiera a Tocqueville y a Quinet.

Tocqueville se preocupa por los peligros que encierra la democracia, por el hecho de que los hombres ya no pueden reconocer, por encima de ellos, una autoridad política incontestable, sea por derecho divino, sea respaldada por la tradición, y porque son llevados a dejarse dominar por la imagen de su semejanza y a basar el criterio de sus juicios en el hecho de acomodarse a la opinión común. En uno de los últimos capítulos de La democracia en América, Tocqueville señala que “cada individuo tolera que se le sujete porque ve que no es un hombre ni una clase, sino el pueblo mismo, quien tiene el extremo de la cadena” (Tocqueville, 2001 [1835]: 634).† Imagina una especie de opresión que no se asemejaría a nada de lo que la ha precedido en el mundo. Dice buscar en vano una expresión que traduzca su pensamiento, ya que “las voces antiguas de despotismo y de tiranía no le convienen”. En un pasaje citado a menudo, describe la formación de un poder inmenso y tutelar que se encargaría de asegurar cada detalle de la vida de los ciudadanos, y completa esta imagen con las siguientes palabras: “¿por qué no quitarles de una vez la perturbación de pensar y la pena de vivir?” (Tocqueville, 2001 [1835]: 633).‡ La perturbación de pensar: en eso consiste, desde la visión de Tocqueville, el objetivo último de la nueva dominación, que aún no se alcanza, es verdad. La expresión es notable porque sugiere que el pensamiento sólo permanece alerta mientras el Sujeto pueda dejarse sacudir por la duda.

En los primeros capítulos de La democracia en América, Tocqueville ya se mostraba aterrado por los nuevos medios de opresión del pensamiento, temibles por razones completamente distintas que aquéllos que había utilizado la censura bajo la monarquía: “En Norteamérica, la mayoría traza un círculo formidable en torno al pensamiento” (Tocqueville, 2001 [1835]: 260).§ De este modo, un escritor que cree poder expresar libremente sus pensamientos, se vuelve víctima de una exclusión tan grande que llega a perder hasta el deseo de pensar por sí mismo. Apenas es necesario precisar que Tocqueville no se imaginaba lo que sería un Estado totalitario. En realidad, este Estado no sólo se ocupa de adormecer a los ciudadanos, asegurándoles placeres apacibles que los distraigan de los asuntos públicos, sino que, por el contrario, quiere movilizarlos y disciplinarlos al servicio de la construcción de un nuevo orden social.

Por su parte, Edgar Quinet (1803-1875) demuestra estar tan atormentado como Tocqueville por la amenaza que pesa sobre el pensamiento de su época. Sin embargo, hace gala de una audacia singular al preguntarse lo que significa “no pensar”. Ése es el objetivo de varios pequeños capítulos que aparecen en la última parte de su gran obra, La Revolución, un tanto olvidada en nuestros días (Quinet, 1877 [1865-1867]).1 Sólo señalo de paso que escribía en la época del Segundo Imperio. En cierto momento, sostiene que no es tan difícil conducir a un pueblo, durante un tiempo, a abstenerse de pensar. Al parecer, ésta es la enseñanza que extrae de la época en la que los franceses, fascinados por Napoleón, le atribuyeron un saber infalible que los dejó en “cierto estupor”. Sin embrago, en otro momento, rechaza la hipótesis de una especie de parálisis del pensamiento. La “bestialidad” moderna, lo que él llama la “simpleza”, no le parece una propiedad exclusiva de las masas, sino también de los intelectuales. Piensa que esta simpleza, en su primer grado, se manifiesta en el nuevo reino del sofisma (Quinet, 1877 [1865-1867]: 351-356). Ya no habla de un abandono del pensamiento, de un estado de cosas en el cual ya no se quiere pensar, sino de una voluntad de no pensar, que va acompañada de una movilización de la inteligencia: lo que se observa en la creación de teorías diversas, guiadas por el menosprecio del individuo. Una vez, Quinet se pregunta: “¿Acaso es menor la servidumbre porque sea voluntaria?” (Quinet, 1877 [1865-1867]: 320). Desde luego, Quinet le otorga la importancia debida al miedo que suscita la dictadura, pero precisa que ésta crea una “ceguera voluntaria” (Quinet, 1877 [1865-1867]: 324).

Probablemente, la noción de servidumbre voluntaria se tomó de Étienne de La Boétie. Este autor había escrito una obra extremadamente subversiva, Discurso de la servidumbre voluntaria, alrededor del año 1550 (La Boétie, 1986 [1550]). Montaigne, tras la muerte de su amigo, emprendió el proyecto de insertar este Discurso en el corazón de sus Ensayos; tuvo que renunciar a él, por miedo a servir a los intereses de los protestantes, que utilizaban la obra como un panfleto, y por miedo a contribuir a la crisis del reino. En resumen, La Boétie se cuestionaba acerca de los fundamentos de la dominación, cuando ésta no era producto de una conquista, ni se mantenía únicamente por la fuerza de las armas. No respondía a sus propias preguntas, absteniéndose así de ocupar, con respecto a sus lectores, la posición de autoridad que confiere la posesión de la verdad. La Boétie se sorprendía e incitaba a sorprenderse de que los hombres se mostraran dispuestos a darle todo al príncipe: todo, sus bienes, sus padres o allegados, incluso su vida. ¿Acaso será, preguntaba, que los hombres sucumben al encanto del Uno y ven en el cuerpo del príncipe la imagen de un gran ser colectivo del cual ellos serían los miembros? Permítaseme citar estas cuantas líneas, todavía tan perturbadoras para un lector de nuestro tiempo:


Éste que os domina tanto no tiene más que dos ojos, no tiene más que dos manos, no tiene más que un cuerpo, y no tiene ni una cosa más de las que posee el último hombre de entre los infinitos que habitan en vuestras ciudades. Lo que tiene de más sobre todos vosotros son las prerrogativas que le habéis otorgado para que os destruya. ¿De dónde tomaría tantos ojos con los cuales os espía si vosotros no se los hubierais dado? ¿Cómo tiene tantas manos para golpear si no las toma de vosotros? Los pies con que huella vuestras ciudades, ¿de dónde los tiene si no es de vosotros? ¿Cómo tiene algún poder sobre vosotros, si no es por obra de vosotros mismos? ¿Cómo osaría perseguiros si no hubiera sido en confabulación con vosotros [s’il n’avait intelligence avec vous]? (La Boétie, 1986 [1550]: 14)

Al forjar el concepto de servidumbre voluntaria, La Boétie nos confronta con un enigma, nos incita a reconsiderar el fenómeno totalitario.


Ni la aceleración del cambio que hace surgir una historia por encima de los hombres, una historia cuyo movimiento hace ley, ni la formación de ideologías, tales como el marxismo o el darwinismo, ni el éxito del modelo de la organización social, derivado de la ciencia y la tecnología, son suficientes para explicar las características del nuevo sistema de dominación. Éste tiende a obtener, y durante un tiempo lo consigue, la sumisión a la omnipotencia de un dirigente supremo y, al mismo tiempo, la participación activa de una gran parte de la población en la realización de objetivos homicidas. Pongámonos de acuerdo sobre este punto: es indudable que hemos conocido formaciones políticas, como el nazismo o el comunismo, que se beneficiaron de semejante devoción, de tal resolución, por parte de muchos de los que se sometían a ella, de darle todo, incluyendo su vida, al poder.

El régimen comunista requiere una atención particular, no sólo en razón de la dimensión de los crímenes cometidos en la época del estalinismo (no olvido que el genocidio de los judíos marca un grado extremo en la escala de la criminalidad), sino porque creo que existen otras dos razones. La primera es que el terror se ejerció, en gran medida, sobre una masa de gente ordinaria, que obedecía las órdenes recibidas, y que las víctimas se sometieron a la regla de la confesión, hasta el punto de renunciar a su inocencia: ejemplo extremo de la servidumbre voluntaria. La segunda razón es que —aquí me sumo a la fina observación de Quinet— esta servidumbre estuvo acompañada, entre los militantes comunistas, de una movilización de la inteligencia, de una extraordinaria proliferación de argumentos sofísticos. Harold Rosenberg, un escritor que formaba parte de la izquierda liberal estadounidense, señalaba con un humor sombrío (en uno de los ensayos de The Tradition of the New [La tradición de lo nuevo], publicado en la década de 1950) que el militante era un intelectual que no tenía necesidad de pensar (Rosenberg, 1960: 184). Intelectual, en el sentido de que se mostraba capaz de hacer razonamientos artificiosos para explicar o justificar, en cualquier circunstancia, la línea del partido. Ahora bien, señalémoslo una vez más aquí: cualquiera que sea la seguridad que la ideología le provee al militante, ésta sólo le otorga un saber muy general. Con todo, le hace falta, al entrar en contacto con los acontecimientos y frente a lo arbitrario de las decisiones de los dirigentes, demostrar cierta inventiva para explicar lo que parece inexplicable. Solzhenitsyn dio ejemplos convincentes de este arte de desbaratar las objeciones del sentido común o de negar las evidencias.

No se piense que al evocar a La Boétie, o bien a escritores del siglo XIX, pretendo subestimar la novedad del fenómeno totalitario. Este fenómeno sólo puede aparecer en el mundo moderno, un mundo que no sólo ha sido transformado por la Revolución Industrial, de donde surgieron técnicas de movilización y reclutamiento de las masas en el partido y técnicas de propaganda inéditas, sino un mundo que también ha sido transformado por la revolución democrática. Esta última arruinó todas las jerarquías tradicionales y destruyó las divisiones características del antiguo espacio social. La posibilidad de establecer un régimen capaz de conseguir la integración de los múltiples sectores de actividad al Estado, la unificación de las normas que rigen las relaciones entre los hombres en toda la sociedad, la posibilidad de establecer un régimen capaz de borrar las huellas de la división entre dominantes y dominados, tal posibilidad se delineó en una época en la que, en las democracias, se afirmaba la soberanía del pueblo, al mismo tiempo que se reconocía la pluralidad de intereses y de creencias.

Algunos historiadores intentan explicar el origen de los regímenes totalitarios poniendo en evidencia la coyuntura que éstos aprovecharon: la de una crisis social, económica y nacional. Sin embargo, por justificado que esté y por fecundo que sea el estudio de los hechos, no nos exime de enfrentar el enigma de un poder que logra aparecer como una emanación del pueblo y el agente de su depuración, el creador de un cuerpo social sano, liberado de sus parásitos, trátese de los pequeños burgueses en Rusia o de los judíos en Alemania. Aquí está la prueba, se ha dicho, de que la gran arma de los movimientos totalitarios es la ideología, la teoría de la raza superior o del proletariado misionero. Sin embargo, lo que se conoce como ideología sólo es eficaz gracias a la creación de un partido de un nuevo género: un partido que rompe con todas las demás formaciones políticas, se libera del marco de la legalidad y se fija como objetivo la conquista del Estado.

El modelo del Partido bolchevique resulta particularmente instructivo porque se acompaña de una ideología mucho mejor articulada que la del nazismo. Existe la tentación de imputarle a la doctrina marxista la causa principal de su gran influencia. Al hacerlo, nos estamos cegando ante la transformación de la doctrina, dado que ésta se inserta en una organización que se caracteriza por la estricta disciplina que se impone a sus miembros. Sus principios son muy conocidos: división del trabajo revolucionario, profesionalización de la militancia, exigencia de dedicación incondicional de cada uno a la causa del Partido. La organización tiende a encontrar en sí misma su propio fin, en razón de su identificación con el proletariado. En su interior, se opera un proceso de identificación del militante con el dirigente supremo. El Partido no se reduce, como se ha supuesto, a la función de un instrumento al servicio de la aplicación de una doctrina. La doctrina se modela conforme al imperativo de una absoluta unidad del Partido. Fuera de sus fronteras, ningún acceso a la verdad es posible, ninguna participación en la lucha revolucionaria es posible.

Para retomar una fórmula de Quinet (1877 [1865-1867]: 322): “el pensamiento sólo está autorizado para producirse á condicion de someterse á ciertas máximas impuestas”.* Por consiguiente, el marxismo se encuentra depurado, liberado de cualquier elemento de incertidumbre. Su enseñanza está circunscrita a los límites de la definición que dio Lenin. En síntesis, de la obra de Marx y de Engels, ya no queda más que un solo lector. De este modo, se van combinando un cuerpo colectivo, el grupo de los militantes fusionaDos unos con otros, y un cuerpo de ideas, un dogma. El que los militantes sean creyentes es un hecho seguro, pero sólo lo son en la medida en que creen todos juntos; donde para cada uno, el Yo se pierde en el Nosotros. Una vez que el partido está en el poder, el principio de la organización se difunde a toda la sociedad. Por supuesto, no es posible obtener la disciplina característica del Partido en todo el conjunto de la población. No obstante, en cada sector de actividad, se exhorta a los individuos a ajustarse unos a otros, a considerarse como los agentes de un aparato. Este espectáculo de una sociedad completamente consagrada a la organización es, precisamente, el que inspira a Arendt para plantear la idea de una dominación desde el interior, es decir, una dominación de tal naturaleza que aquellos que la padecen se prestan a integrarse en un sistema que encubre la violencia del poder.

Sin embargo, si sólo nos atuviéramos a este fenómeno, estaríamos ignorando el proceso de incorporación de los individuos dentro de un ser colectivo, proceso que me esforcé por esclarecer, en el marco del Partido. Este proceso tiende a reproducirse a gran escala, sin jamás, es verdad, alcanzar su objetivo. Efectivamente, a todo lo ancho de la sociedad vemos surgir una inmensa cantidad de colectivos que tienen, cada uno, la propiedad de representar una especie de cuerpo cuyos miembros están regidos por un mismo fin: sindicatos profesionales, movimientos de jóvenes, agrupaciones culturales o deportivas, uniones de escritores o de artistas, academias de ciencias, asociaciones de todo tipo, que están controladas por el Partido. Al considerar esta inmensa red de organismos en los que están atrapados los ciudadanos, se mide la novedad y la amplitud de la empresa totalitaria. Se mide también la atracción que proporciona el hecho de pertenecer a una comunidad que forma un solo bloque, que ofrece la imagen del Uno. ¿Acaso no podemos añadir que, por medio de estas múltiples incorporaciones, se impone la creencia en la gran comunidad del pueblo, la cual se refleja en el cuerpo visible del dirigente supremo? Me inclino a pensar que, en lo más profundo, la imagen del cuerpo es la que mantiene la fe en el Uno. Mientras que la organización puede ser objeto de discurso, y celebrarse su virtud, la imagen del cuerpo se ancla en el inconsciente, su eficacia simplemente es más fuerte; persiste aun cuando la organización se haya estropeado. Entonces, ¿cómo no admitir que la negación a pensar se encuentra en el corazón del sistema totalitario? En este sistema, pensar consistiría en aceptar el riesgo de sentirse excluido de la comunidad. Evidentemente, el miedo suscita el renunciamiento a pensar.

¿Quién podría subestimar el efecto que tiene el miedo bajo el reinado de un poder terrorista, o bien, cuando éste se ha moderado, de un poder policiaco? Sin embargo, existe otro miedo que debe tomarse en cuenta: el de perder la seguridad psíquica que provee la pertenencia a un colectivo.

No quisiera que se creyera con esto que la facultad de pensar puede desaparecer en un régimen totalitario. El comunismo dio origen a una élite compuesta por individuos de todas las condiciones, en su mayoría anónimos, pero, entre ellos, hubo unos cuantos que no tuvieron miedo de darse a conocer: hablo de la élite de la disidencia. No existe mejor ejemplo en nuestros tiempos de la resistencia indestructible del pensamiento. Por otra parte, no hemos podido terminar de evaluar el desastre que provocó la larga educación para no pensar que recibió la gran mayoría. El nacionalismo, en su forma más agresiva, la del odio hacia un supuesto enemigo, tratado como una especie de subhumanidad, sustituye al comunismo en la Rusia de Putin o bien en la Serbia de Milosevic.

En gran medida, los occidentales permanecieron ciegos frente al sistema totalitario que se estableció en Rusia. Según una tesis, el proyecto de edificar una sociedad sin clases se ejecutaba de acuerdo con los principios del marxismo, pero se enfrentaba a dificultades que la teoría no permitía prever, ya que la revolución proletaria se había producido en un país donde el capitalismo todavía no desarrollaba plenamente las fuerzas productivas; la dictadura del Partido y el recurso al terror eran resultado del estado de retraso en el que se encontraba Rusia, del fracaso de la revolución en Alemania y de la hostilidad de las potencias capitalistas. De acuerdo con una segunda tesis —la de los trotskistas—, los fundamentos del socialismo se habían establecido a través de la estatización de los medios de producción, pero, por las razones que acabo de mencionar, se había injertado provisionalmente en el poder una burocracia parasitaria de esencia proletaria. De acuerdo con una tercera tesis, la formación de una clase de managers provenía de las transformaciones características de cualquier sociedad industrial moderna. Otra tesis más combinaba la idea de una sociedad burocrática con la idea de un capitalismo de Estado: este fenómeno, aunque Marx no lo previó, resultaba inteligible en el marco de su análisis.

Por diferentes que fueran para algunos estas interpretaciones, o incluso opuestas, tenían en común el efecto de apartar la pregunta que planteaba la llegada de un régimen de una naturaleza desconocida, es decir, apartar la cuestión de lo político y enfocarse, sea en un encadenamiento de acontecimientos, sea en los fenómenos puramente sociales y económicos.

Para mi propósito, resulta más significativa la concepción de un tipo de régimen totalitario cuyas características se definen a partir de criterios empíricos, con respecto al tipo que constituiría la democracia liberal. Carl Joachim Friedrich fue quien introdujo estos criterios y, grosso modo, los adoptó Raymond Aron (Aron, 1965). Parecería que esta concepción tiene los atributos de un análisis político. Sin embargo, ¿acaso es suficiente, para captar la novedad del Partido Comunista, tratarlo como una variante, que fue muy particular, del partido único? ¿Acaso basta con observar que el Partido dispone del monopolio de la actividad política, que está armado con una ideología cuya autoridad es absoluta, y que el Estado detenta el monopolio de los medios de coerción y de propaganda y que somete la mayoría de las actividades económicas y profesionales? Reducirlo a una dominación completamente exterior no es pensar el totalitarismo sino negarse a pensarlo.El derrumbe del comunismo, decía yo al inicio, no puso fin al debate. Hace algunos años, dos obras de historiadores eminentes, El pasado de una ilusión de François Furet y La tragedia soviética de Martin Malia, trazaron un nuevo esquema de interpretación. Estos dos autores explotan una rica documentación y tienen el mérito de volver a colocar el fenómeno comunista en los horizontes del mundo moderno. Se dieron a la tarea de combinar la primera tesis que mencioné, la de una edificación del socialismo expuesta a obstáculos imprevistos, con la de un Estado todopoderoso que merece el calificativo de totalitario. No obstante, la primera tesis se modifica de manera fundamental: a diferencia de los defensores de la causa del socialismo, estos historiadores piensan que la conducta de los dirigentes soviéticos estuvo guiada constantemente por una ilusión (Furet, 1995) o una utopía (Malia, 1994). Todos estos dirigentes habrían creído en el socialismo, todos, incluido Stalin, pero el socialismo no habría sido más que una quimera. Así, su política terrorista se esclarecería si se admitiera que, momento tras momento, se enfrentaron a las “consecuencias no deseadas” de medidas que no habían tomado en cuenta la realidad y que se vieron obligados a radicalizar sus métodos para no renunciar al objetivo final. En resumen, François Furet y Martin Malia, al constatar la descomposición del régimen, obtienen la prueba de su inconsistencia y, al mismo tiempo, le reconocen una coherencia: la de su ideología.

No me detendré a criticar esta concepción de la historia del comunismo. Se trata de una historia, si nos atenemos a la letra, idealista; es decir, completamente regida por ideas —una historia desde arriba que descuida el análisis de una nueva estructuración de las relaciones sociales y, en primer lugar, el análisis del funcionamiento del partido—. La ingenuidad consiste en tomar al pie de la letra el discurso de los dirigentes. La simplificación consiste en hablar del bolchevismo como de la expresión directa de la utopía revolucionaria, sin tomar en cuenta los múltiples movimientos que han compartido la creencia en una transformación radical de la sociedad. Lo único que importa destacar es la voluntad de reducir el totalitarismo a un episodio sin consecuencias, una digresión.

En términos de Furet (1995), el totalitarismo sólo fue un paréntesis en el transcurso del siglo XX y, hoy en día, ya está cerrado. En términos de Malia (1994), el hecho de que el totalitarismo se haya desplomado como un castillo de naipes demuestra que nunca fue más que un castillo de naipes (sic). En resumen, según la visión de ambos, nuestro tiempo es el de un regreso a la realidad. Pero no se preguntan por qué una ilusión o una utopía, tan ampliamente compartida, pudo surgir del mundo real del siglo XX, cuya marcha se supone que debemos reanudar; por qué la creación de sistemas totalitarios fue imprevista y, durante mucho tiempo, desconocida tanto por la derecha liberal, como por una amplia fracción de la izquierda, siendo que los occidentales tenían “los pies sobre la tierra”; y, finalmente, por qué el modelo comunista ejerció tanta influencia en todos los continentes.

Circunscribir el comunismo en un espacio y en un tiempo es querer creerse protegido de acontecimientos que pueden socavar los fundamentos de nuestras sociedades. No obstante, el hecho de que estos acontecimientos se hayan producido debería volvernos más sensibles a lo imprevisible. Debería hacernos sospechar de la idea de que la democracia ya no tiene enemigos y de que, por sí misma, no es el foco de nuevos modos de opresión del pensamiento, de nuevos modos de servidumbre voluntaria, cuyas consecuencias ignoramos.



Traducción del francés al español de Vania Galindo Juárez.




Correspondencia: Centre de Recherches Politiques Raymond Aron/École des Hautes Études en Sciences Sociales/105 Boulevard Raspail/75006 París/Francia/correo electrónico: paccaud@ehess.fr (pendiente pedir autorización de traducción y publicación). communication@editions-belin.fr;

† [Traducción corregida: la edición del FCE dice “Cada individuo sufre porque se le sujeta (…)”; el original en francés dice: “Chaque individu souffre qu’on l’attache (…)”. Nota del editor; cursivas nuestras.]

‡ [Traducción corregida: la edición del FCE dice: “se lamenta de no poder evitarles el trabajo de pensar y la pena de vivir”; el original en francés dice: “que ne peutil leur ôter entièrement le trouble de penser et la peine de vivre?”. Nota del editor; cursivas nuestras.]
§ [“Mayoría” en contraste con “minoría”, es decir, por mayoría ha de entenderse la parte que triunfa en una votación. Nota del editor.]

1 Nueva edición en francés con un prefacio de Claude Lefort: Quinet (1987). [Nota del editor: se cita por la traducción al español del siglo XIX: Quinet (1877)].
* [Nota del editor: conservamos la ortografía original del siglo XIX.]

Bibliografía

Arendt, Hannah (1982) [1951], Los orígenes del totalitarismo, versión española de Guillermo Solana, Madrid, Alianza, 3 vols.

Aron, Raymond (1965), Démocratie et totalitarisme, París, Gallimard.
Furet, François (1995), El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, trad. de Mónica Utrilla, México, Fondo de Cultura Económica.

La Boétie, Estienne de (1986) [1550], Discurso de la servidumbre voluntaria o el contra uno, estudio preliminar, trad. y notas de José María Hernández Rubio, Madrid, Tecnos.

Lefort, Claude (1999), La Complication. Retour sur le communisme, París, Fayard. Malia, Martin (1994), The Soviet Tragedy: A History of Socialism in Russia, 1917-1991, Nueva York, The Free Press.

Quinet, Edgar (1987) [1865-1867], La Révolution, pref. de Claude Lefort, París, Belin. (1877) [1865-1867], La revolución, precedida de la crítica de la misma, trad. de Mariano Blanch, Barcelona, La Anticuaria.

Rosenberg, Harold (1960), “The Heroes of Marxist Science”, en The Tradition of the New, Nueva York, McGraw-Hill, pp. 178-198.

Tocqueville, Alexis de (2001) [1835], La democracia en América, pref., notas y bibliografía de J. P. Mayer, introd. de Enrique González Pedrero, trad. de Luis R. Cuéllar, México, Fondo de Cultura Económica.

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