Entrevista a Axel Honneth

martes, 12 de agosto de 2008

ENTREVISTA A AXEL HONNETH

Resumen: Esta entrevista fue realizada por Francisco Cortés Rodas en el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt, en octubre de 2004. Axel Honneth es uno de los filósofos políticos alemanes más representativos en la actualidad. Es profesor de filosofía en el Instituto de Filosofía de la Johann Wolfgang Goethe Universität Frankfurt am Main y actualmente director del Instituto de Investigación Social. Entre sus obras se destacan: The critique of power: reflective stages in a Critical Social Theory. MIT, 1993; Kampf um Anerkennung. Zur moralischen Grammatik sozialer Konflikte. Suhrkamp, Frankfurt, 1992 (traducción al castellano: La lucha por el reconocimiento. Barcelona, 1997); Leiden an Unbestimmheit. Reclam, Stuttgart, 2001; Das Andere der Gerechtigkeit. Suhrkamp, Frankfurt, 1998; Verdinglichung Eine anerkennungstheoretische Studie. Suhrkamp, 2005.
Reconocimiento y justicia
Francisco Cortés Rodas
Traducción de Anja Maria Mackeldey M.A.
Revisión de Francisco Cortés Rodas

El tema central de esta conversación es, en primer lugar, sus concepciones sobre la teoría de la sociedad y sobre la ética, tal como las desarrolló en sus libros Crítica del poder y Lucha por el reconocimiento. Después nos concentraremos en sus consideraciones críticas al diagnóstico de la sociedad contemporánea de Habermas y a la fundamentación pragmático-universal de la ética discursiva. Finalmente, nos dirigiremos a las cuestiones de la fundamentación antropológica de una ética intersubjetiva. Ahora bien, en relación con el primer punto: ¿cómo podemos comprender la evolución teórica de su pensamiento que, a partir de su crítica sociológica a las obras de Foucault y Habermas, culminó en la teoría moral que usted presentó en Lucha por el reconocimiento?

De entrada, debería decir algo sobre mis pretensiones en el libro Crítica del poder, para describir después la transición al libro siguiente, Lucha por el reconocimiento. En el primero se trató esencialmente de realizar una reconstrucción de la historia de la teoría crítica que intenta hallar los puntos flojos y el déficit en esta tradición. Contrario a la tendencia vigente en aquel tiempo, quería incluir la obra de Foucault para dejar claro que este autor contribuía también de modo significativo a la teoría crítica. La discusión de estos distintos niveles de la teoría crítica -es decir, Adorno, Horkheimer, Habermas y Foucault- tenía como fin decir que, en realidad, se omitió en esta tradición un determinado tipo de la disputa social, a saber, lo que yo mismo llamé en el libro "la lucha moral". La lucha moral era entonces apenas un boceto acerca de un enfrentamiento social o de conflictos sociales motivados no por los intereses económicos, sino más bien por la necesidad de tener efectos en la comunidad social, en la sociedad.

En aquellos tiempos, este tema surgió en el primer estudio solo como un motivo vago y formó el punto fijo para la discusión en su totalidad. También asumió un papel importante la idea de que no es correcto entender desde el utilitarismo, la crítica y el conflicto en el que se están moviendo las partes; es decir, que no se debe estrechar la mirada en dirección a los intereses, sino, más bien, partir de que subyacen a una motivación moral. Quería entender más en detalle qué significaba la motivación moral de estas disputas. Ya tenía claro que la motivación moral de las luchas sociales no se debe pensar en relación con los principios o los fundamentos de la teoría de la justicia porque es un nivel demasiado abstracto para poder comprender el fundamento motivacional de la disputa social, pero no disponía de mucho más que estas ideas vagas cuando escribí ese primer libro. Posteriormente pude entender -gracias a que se publicaron varias obras interesantes, particularmente en el contexto de la historiografía- que una fuerza motivacional en las disputas sociales o en la crítica social de las sociedades es el anhelo o la necesidad de estar realmente incluido en la sociedad, de ser reconocido dentro de la sociedad. Al comprenderlo, me esforcé mucho más por retomar a Hegel, quien ya había pensado un motivo semejante en su concepto de una lucha por el reconocimiento. Discutiendo la literatura entonces existente sobre Hegel, en la cual estaban naturalmente incluidas las obras psicoanalíticas, sociológicas y de la psicología evolutiva, intenté desarrollar la gramática de los conflictos sociales en la forma en que los establecí en el libro La lucha por el reconocimiento. Se puede considerar esto como una transición.

Una de las características centrales de la teoría de Habermas en su Teoría de la acción comunicativa consiste en la civilización del potencial destructivo que se produjo mediante el desarrollo del capitalismo. Habermas destaca que los efectos negativos del capitalismo -opresión, explotación, polarización entre ricos y pobres, terror, violencia, etc.- pueden ser corregibles. Él ve realizada esta perspectiva en la posibilidad de que puedan y deban ser trazadas de nuevo las fronteras entre el sistema y el mundo de la vida. Esta sería la tarea de una opinión política pública, en la cual Habermas confía. Adorno y Horkheimer, por el contrario, fueron muy escépticos frente a esta visión afirmativa y positiva del capitalismo. ¿Qué piensa usted del diagnóstico de las sociedades modernas de Habermas y cómo evalúa la crítica de éste al diagnóstico de las sociedades modernas de Adorno y Horkheimer?

Es una pregunta difícil. Yo diría que me sitúo en la mitad de estas dos tendencias. Por un lado, me parece muy complicado el intento de Habermas de entender el núcleo del capitalismo, es decir, la economía capitalista y las instituciones unidas a ella como una esfera social no problemática. Al mismo tiempo, apruebo su tendencia a concebir, tal y como lo hizo Hegel, que el mercado mismo es una institución social que no se puede deponer sin más por la alta complejidad de los procesos económicos en nuestras sociedades. En este aspecto me encuentro en cierto acuerdo con Habermas. Pero la crítica del capitalismo ya no es, según mi opinión, tan fácil como Horkheimer la concibió porque ya no tenemos la imaginación económica de pensar en una alternativa para este núcleo de la economía capitalista, a saber, de la organización del actuar empresarial que obedece a la razón del mercado.

Por otro lado, seguramente fue correcta la intuición de Adorno y Horkheimer con respecto a que el mercado tiende a autonomizarse, lo cual significa sobre todo infiltrarse en otros ámbitos de la vida. Es decir, una infiltración que no nos podemos imaginar como colonización, sino que va mucho más allá y tiende a reordenar ideas y formas de actuar hacia las perspectivas que obedecen a la razón del mercado. En otras palabras, coincido con Adorno y Horkheimer en que tenemos buenos motivos éticos para poner límites estrechos al mercado; no se trata solo motivos de la racionalidad, tal como los desarrolla Habermas, sino de motivos éticos para limitarlo, porque el mercado capitalista posee justamente las características observadas por Adorno y Horkheimer cuando empalman con la obra de Lukács. Aquí diría que me hallo en algún lugar entre estos dos polos en la tradición de la teoría crítica. Quizás más adelante nos ocupemos en detalle del tema en cuanto se incluyan ciertas hipótesis, en mi opinión ingenuas, en el cuadro que Habermas hace de la economía capitalista.

De todos modos estoy de acuerdo con Adorno y Horkheimer en las reservas básicas: el mercado, el mercado capitalista, tiene una tendencia a independizarse que se debería tener siempre en mente cuando se pretende algo como una crítica de la sociedad actual.

Una de sus críticas concretas al concepto de la sociedad, de Habermas, dice que este autor propuso una consideración dualista de la sociedad a través de la atribución de la racionalidad comunicativa al mundo de la vida y de la racionalidad instrumental al sistema. Como esferas de la acción social autónomas, el sistema y el mundo de la vida utilizan dos premisas complementarias. Habermas propone como hipótesis la existencia de organizaciones de acción libres de normas, y de esferas de comunicación libres de poder. Usted critica no solamente el tratamiento de la sociedad desde la perspectiva de estas dos ficciones, sino también el diagnóstico de la sociedad que resulta de allí. ¿Podría aclararnos un poco más cómo entiende usted estas conexiones?

Se trata de una cuestión que hemos tocado antes. Realmente creo que Habermas se inclina, en virtud de su diferenciación fundamental en la Teoría de la acción comunicativa, a la idealización de las dos esferas, lo cual significa, para mí, que no deja claro que aquello que él considera el sistema de la economía capitalista es penetrado por componentes del mundo de vida, no solo accidental sino constitutivamente. Creo que las economías capitalistas no se dejan reproducir sin la inclusión permanente de elementos provenientes del mundo de vida; que ellas requieren en gran medida de cultivar el mundo de vida en sus propios límites.

Esto se puede entender mejor hoy en día, que hace quizás treinta o cuarenta años, cuando Habermas escribió su libro, porque toda la discusión sobre el tema dejó muy claro que una organización efectiva de la economía vive de los recursos provenientes del mundo de vida y que los debe incluir en la administración. En el caso inverso, se aplica también a los ámbitos que Habermas adjudica al mundo de vida, esencialmente a la privacidad. Estos ámbitos fueron penetrados solamente en un estado tardío por procesos de colonización con elementos sistémicos, y estudios sociológicos o históricos pueden demostrar que estos mundos de vida vivieron desde muy temprano en el desarrollo de sus sistemas característicos de la absorción de recursos capitalistas. La familia y el amor en la privacidad viven de la utilización sistemática de artículos de consumo producidos en el mercado. Las mismas familias los producen también a partir de su contacto y de cierta utilización innovadora y llena de imaginación de los elementos sistémicos, por decirlo así. Esto significaría que aquella separación tajante, concebida por Habermas en los comienzos, es una interpretación equivocada y ficticia de la realidad social, lo cual, naturalmente, implica consecuencias para el diagnóstico de la época. Eso quiere decir que la idea de que cierta tendencia a la colonización evoluciona en un momento tardío del desarrollo capitalista, no es correcta ahora, debido a que determinadas esferas parciales se nutrieron mutuamente desde el comienzo, y no estaban separadas de la manera esbozada por Habermas. Por ende, no podemos hablar de la colonización, sino de formas siempre nuevas de mezclarse e influirse mutuamente.

Me parece conveniente que nos preguntemos cómo las sociedades capitalistas -que no concibo divididas en sistema y mundo de la vida- utilizan diferentes formas de práctica y acciones en un nivel determinado de la reproducción social. Y se constatará que la composición varía siempre según la organización política o económica del capitalismo. Por tanto, buscaría más bien un presupuesto desde la filosofía práctica o la teoría de la acción, diferenciando otros patrones de la acción distintos de aquellos de los que cada uno tiene valoraciones e ideas específicas, y me preguntaría cómo se componen y organizan socialmente estos patrones de la acción en un tiempo determinado. Este sería mi inicio de un diagnóstico de nuestro tiempo.

Habermas habla de la "colonización del mundo" de la vida por medio de procesos del mercado. En este contexto, "colonización" significa que la interacción basada en el entendimiento y que opera en aquellos ámbitos que no están condicionados por el intercambio de mercancías, es reformada a través de la influencia de una interacción orientada por la utilidad. Por una parte, parece que el diagnóstico de la "deformación" es superado por las interacciones del mercado: el ciudadano ilustrado es un consumidor ilustrado, alguien que puede estimar la variedad de los productos y la competencia entre quienes ofrecen los servicios, y sabe también que su conducta como comprador tiene efectos en las condiciones de producción, en la formación de los productos y en la oferta de servicios. Por otra parte, la descripción de la "colonización" no parece completamente satisfactoria. El mercado que sigue su propia lógica del intercambio y de la maximización de utilidades produce grandes desigualdades, pobreza, una precariedad en las relaciones de trabajo e incluso "nuevas" relaciones de esclavitud; es decir, produce injusticias y puede conducir a considerables limitaciones en la calidad de la vida. Estos son problemas que plantean la cuestión de la responsabilidad, así como también quién sostiene el sistema de reglas internacionales y quién obtiene un provecho de este sistema. Aquí parece que tampoco se aplica la tesis de la "colonización". ¿Se puede utilizar esta tesis en el mundo global en general?

Realmente es una pregunta muy complicada. Cuando hablamos de países capitalistas no desarrollados, no podemos hablar, por supuesto, de la colonización en el sentido de Habermas, porque cuando él desarrolla la teoría de la colonización siempre tiene en mente la idea de que las formas del entendimiento racional altamente desarrolladas sean infiltradas y ocupadas a través de las posiciones orientadas por las utilidades del mercado. Se da un cuadro claramente equivocado en cuanto abandonamos el núcleo verdadero de Occidente y nos dirigimos a otros países en los cuales no se puede hablar de que las condiciones de vida tengan la propiedad buscada por Habermas. Entonces, la colonización adquiere un carácter absolutamente distinto, siempre y cuando existan las condiciones necesarias para hablar de ella. Es probable que sea demasiado ingenuo para describir lo que está sucediendo en estos países por medio de la creciente organización capitalista de los productos y la distribución organizada también por el mercado mundial. Se trata, más bien, de modos deformados de la explotación clásica. Como usted ya lo ha mencionado: tenemos que ver con formas de una protoesclavitud, también con lo que Marx y Engels describieron como formas inmensas de penetración por imperativos capitalistas a las condiciones de vida; y con esto no me refiero a mundos de vida que tengan aún un carácter desnudo -estoy seguro de que nunca lo han tenido en este sentido, pero las otras formas la asumen en su colonización moral como aquellos imperativos que solo se absorben por el capitalismo que se expande a través del mercado mundial. Teniendo esto en cuenta, el de la colonización es un cuadro engañoso y no muy adecuado.

Yo mismo todavía no tengo muy clara la pregunta de cómo se describen las condiciones de dependencia, aquellas nuevas formas de imponer y hacer prevalecer los imperativos capitalistas en estos países. Por supuesto, existen intentos de configurarlos de alguna manera con ayuda de la teoría de la globalización económica, y también se han hecho intentos de revivir la antigua teoría del imperialismo y de preguntarse si tiene que ver con nuevos imperios. Creo que existe una necesidad inmensa de aclarar este punto y quizás es necesario reanudar los debates económicos de los años setenta y ochenta para preguntarse cómo se debe describir este modo del nuevo desarrollo mundial que está invadiendo de manera brutal las condiciones de vida en las sociedades subdesarrolladas, a través de las big companies.

La ética discursiva limita su objeto central a las cuestiones de justicia. De esta manera excluye, como tema, la orientación tradicional sobre la vida buena. También John Rawls, quien afirma una prioridad de lo justo sobre el bien, parte en su teoría de dicha diferenciación. ¿Considera que una teoría moral debe determinar la relación entre lo justo y lo bueno? ¿Piensa usted, tal como Rawls y Habermas, que la prioridad de lo justo sobre el bien es una característica necesaria de todas las éticas modernas?

Esta es, por supuesto, una pregunta que exige mayores diferenciaciones. Si tuviera que responderla en pocas palabras, la respondería primero con un "no" rotundo. No creo que sea correcto decir que una teoría de la justicia sea posible hoy en día solo cuando excluye la pregunta tradicional por el bien. Es, sin duda, una afirmación complicada, puesto que no queda muy claro si Rawls y Habermas proceden de la manera que usted sugiere. En ambos existe la tendencia a presuponer la determinación del bien y de lo justo. Rawls lo explicita parcialmente cuando habla de que el punto fijo de una teoría de lo justo sería una determinada representación del bien, y define este bien en el sentido liberal como la idea de la autonomía individual. En Habermas también se nota, sobre todo en los últimos años -y considerando, por ejemplo, sus artículos sobre la bioética-, cierta tendencia a hacer evidente el hecho de que su idea de lo justo se une a -como él mismo dice- una ética antropológica que consagra, por ende, la forma de vida humana como digna de ser protegida y base para nuestra vida actual; una ética que considera nuestra forma de vida comunicativa como fundamento de todas las reflexiones acerca de lo justo. En este sentido estoy realmente convencido de que la pregunta por la justicia solamente se deja responder de modo adecuado si hacemos antes un cuadro del bien humano, aunque sea muy abstracto o quizás muy elemental o frágil. No comparto la posición escéptica de muchos, sobre si un cuadro acerca del bien humano o del bien universal sea realmente justificable sin que se privilegien determinadas culturas o ideas. Pero estoy convencido de que tenemos buenas razones y que podemos movilizar muchas más para preguntarnos cómo todos juntos, los seres humanos reunidos en el globo terrestre, podemos definir esta forma de vida humana como buena. Y creo que este debate durante los diez a veinte años más recientes ha traído ya un cierto número de resultados y comprensiones esenciales. Tan solo hay que observar la cantidad de tentativas -empezando con Martha Nussbaum, hasta llegar a otros intentos, incluso el que usted mismo emprendería- que se han desarrollado para entender lo que es bueno para una forma de vida humana. Aquí, creo, sigue existiendo la necesidad de anteponer una idea del bien humano a una concepción de la justicia, una idea del bien que apenas perfila el lugar y el para qué de la justicia.

¿Por qué deberían organizarse las sociedades humanas de manera justa? Ésta es una pregunta que solo puede responderse con una idea del bien para la cual existen determinadas nociones desde Aristóteles. Y seguro que una retrospectiva hacia Aristóteles no es muy sensata si se considera lo que tenemos a nuestra disposición hoy en día. Me parecen más plausibles las nociones que desarrollan una antropología débil.

En sus libros Lucha por el reconocimiento, El otro de la justicia y Distribución o reconocimiento ha intentado desarrollar una nueva fundamentación de la moral. Usted critica la fundamentación pragmático-universal de la ética discursiva de Habermas. La deficiencia de ésta consiste en que limita el ámbito fenoménico de la moral, puesto que considera las expectativas normativas que están presentes en las acciones ordinarias solamente bajo la perspectiva del reconocimiento de los derechos iguales. ¿Podría explicitar un poco más esa tesis?

Para poder explicar esta pregunta de una manera adecuada, se debería aplicar primero una diferenciación que tampoco Habermas tuvo muy presente durante mucho tiempo: la diferencia entre una moral individual y una moral social. Hasta ahora no ha sido muy evidente si la ética del discurso en verdad quiere dar respuestas moralmente razonables a las preguntas provenientes de un ámbito que podemos denominar, según Ernst Tugendhat, el ámbito de la moral individual. Pero en esta respuesta quiero limitarme, primero, al ámbito de la moral social, es decir, a las expectativas morales que los sujetos dirigen a la sociedad con buenas razones que se pueden reconstruir. En este punto siempre he sospechado o supuesto que la ética del discurso define el ámbito de fenómenos en discusión con demasiada estrechez cuando se concentra en las pretensiones normativas exigidas en las argumentaciones. Es decir, la ética del discurso parte del potencial normativo de la argumentación o del discurso para preguntarse cuáles presupuestos idealizantes han exigido desde siempre los sujetos participantes, y desarrolla desde ahí un concepto de justicia para la moral social. Considero esta pretensión muy limitada porque no se desarrollaron de manera adecuada las pretensiones preargumentativas, justamente las pretensiones no exigidas en forma de argumentaciones que los sujetos dirigen con buenas razones a la sociedad y a sus compañeros de interacción. Por eso intenté ampliar el espectro de lo que los sujetos pueden esperar de una forma sensata y justificada de los otros, a saber, de todos los otros en la sociedad. Mi punto de partida fue la ya mencionada idea del reconocimiento, la noción de que los sujetos poseen determinadas expectativas de reconocimiento que desarrollan en el trayecto de socialización en su vida; que estas pretensiones son justificadas en razones que muy probablemente discutiremos más adelante, y que a partir de esto se abre una nueva mirada a los fundamentos de una moral social. La moral social debe describir y justificar cuáles pretensiones de reconocimiento dirigen los sujetos legítimamente a los miembros de la sociedad.

Lo anterior es más extenso que lo abordado por la ética del discurso porque entonces surge la idea de que, por ejemplo, los sujetos sociales tienen buenas razones para recibir amor de sus padres o asistencia de sus amistades o parejas. También es demasiado limitado lo que dice la ética del discurso porque, según mi concepción, muy pronto se evidencia que los sujetos también tienen expectativas legítimas de ser estimados en sus rendimientos y capacidades. Estas son perspectivas y aspectos excluidos de la ética del discurso. Por eso siempre me pareció que en cierto punto la ética del discurso era demasiado estrecha o que redujo las perspectivas; pero, como ya dije, eso tiene que ver con decisiones fundamentales que se pueden aclarar en un diálogo sólo con gran dificultad. Es decir, a qué nos referimos con moral social y cuál es el aspecto adecuado para fundamentar una moral social.

A diferencia de la ética discursiva, usted intenta construir una ética intersubjetiva a partir de la teoría del reconocimiento. Apoyado en Hegel y Mead quiere tematizar tres modelos distintos del reconocimiento que, como condiciones normativas, determinan nuestras acciones intersubjetivas. En relación con esto quiero plantearle dos preguntas: primero, puesto que usted ha desarrollado estas condiciones normativas en el marco de un concepto formal de la vida buena, quisiera saber cómo concibe la relación entre moralidad y eticidad; y segundo, tengo la impresión de que usted comparte la crítica hecha por representantes de la ética de la vida buena, según la cual lo principal de la consideración moral es desconocido cuando ésta no puede ser concebida como respeto por las condiciones cualitativas de la vida buena. ¿Qué razones tiene usted para hacer suya esta crítica, y por qué toma distancia de la posición de los comunitaristas?

Otra vez una pregunta muy difícil. Intentaré responderla de la manera más breve posible. Con respecto a la primera parte de la pregunta: esto tenía que ver, por supuesto, con reflexiones que no se han tematizado hasta ahora. Se trata de la noción de que una definición de la justicia social requiere necesariamente de la relación o las bases ético-morales dadas en una determinada época histórica del desarrollo. Es decir, estoy convencido de que una moral o una ética -como se quiera llamar- no puede ser fundamentada adecuadamente sin un reaseguramiento histórico semejante en los principios centrales de las condiciones de vida existentes. En este sentido, tampoco creo en un proyecto de ética universal y ahistórica. Incluso creo que Habermas comparte esta idea -si uno tiene claro cómo opera su ética del discurso- y está convencido de que no se pueden determinar adecuadamente los aspectos de lo justo sin que se reaseguren y reubiquen en las estructuras básicas normativas de una época. En cuanto se formule esto, como el Rawls tardío lo hizo, entonces ya se habrá dado un primer paso en la dirección de un convencimiento hegeliano fundamental, a saber, que la determinación de la moral se deduce o por lo menos no se independiza de una determinación de las condiciones de vida éticas de una época determinada. Sobre este aspecto debe decirse que la eticidad, entendida como sustancia de los principios racionales de una buena organización justa de la vida en un determinado tiempo, representa el marco en que se mueven nuestras vidas y nuestras nociones morales. Se podría decir que la eticidad, o sea, la moralidad histórica de una época, representa el punto hacia el cual determinamos las perspectivas de lo justo. Aquí comparto la noción hegeliana según la cual la eticidad antecede a la moral, si se quiere decir así.

Con respecto a la segunda pregunta puedo, primero, asentir. Realmente estoy convencido, por las razones mencionadas anteriormente, de que una -ahora sí- ética de la vida buena en el sentido de una ética históricamente diferenciada de la vida buena, requiere reflexiones y universales antropológicos. Pero estos últimos se desarrollan, por supuesto, de modo histórico y toman una nueva forma en cada época. Son estas las formas a las que tiene que referirse una ética para determinar lo más notable del respeto normativo. Eso quiere decir también que no se comparte la noción comunitarista. La noción comunitarista es -en mi opinión-, por lo menos en algunos autores, que nosotros, con buenas razones, legítimamente solo debemos vincularnos al marco moral respectivo de orientación de nuestra comunidad social. Me parece más razonable seguir a Hegel, quien, creo, tuvo la intuición de que solo podíamos vincularnos a la moralidad existente en cuanto ésta fuera razonable. Y ahora la pregunta es: ¿cuáles son los componentes razonables? Creo que estos componentes razonables no se dejan abordar de manera adecuada si no se tiene en mente, otra vez, la vida humana en su totalidad, es decir, cuando se puede preguntar: ¿qué es realmente bueno para las personas?, ¿qué forma tiene este "bien" de modo razonable para las personas de nuestro tiempo? Esto significa que hoy en día a la idea de la autonomía individual le corresponde un trato preferencial, a partir de estas razones éticas. No por causa de una moral universalista que pueda haber asumido formas muy distintas en otras épocas, sino por razones de una noción de la moralidad que se orienta y corrige según la historia.

¿Se puede entender su ampliación de la ética intersubjetiva a partir de la teoría del reconocimiento como la respuesta filosófica a la pregunta sociológica de cómo deberían verse las relaciones sociales correctas, no patológicas?

En cierto sentido, sí. Esto resulta del impulso intersubjetivista fundamental de mi noción de la ética con base en la teoría del reconocimiento en su totalidad. Al estar convencido de que la calidad social de las sociedades se mide por el grado en que pueden satisfacer las expectativas legítimas de reconocimiento expresadas por sus miembros, y de que la calidad de la vida social se mide con el nivel y la inclusividad de las relaciones sociales de reconocimiento, surge como aspecto negativo a todas estas nociones la posibilidad de patologías sociales, es decir, de condiciones de vida tan lesionadas que las relaciones sociales ya no sean capaces de producir la proporción necesaria de relaciones de reconocimiento. Entonces se hablaría de patologías sociales, y también se puede hablar, por supuesto, de injusticias sociales. La pregunta es si se trata de la misma manera de hablar o si son dos casos distintos. Es muy probable que estas maneras de hablar estén relacionadas porque cada una se refiere a las pretensiones que los sujetos tienen con razón, a saber, las formas de reconocimientos sociales intactas o no vulneradas. Y creo que son dos aspectos distintos con los cuales abordamos esta idea normativa fundamental, si hablamos de injusticias o patologías sociales.

Las teorías del reconocimiento representan un planteamiento completamente distinto al de las teorías de la justicia. Las teorías del reconocimiento critican las concepciones de justicia del liberalismo moderno porque éstas son definidas por medio de un concepto unilateral de la teoría de la distribución. La limitación del liberalismo distributivo, tal y como lo representan Rawls, y en Alemania, Wolfgang Kersting, Wilfried Hinsch o Stefan Gosepath, consiste en que el sistema de las libertades solamente conforma una parte de aquellos presupuestos que capacitan a los sujetos para ser individuos autónomos. Frente a ese planteamiento del liberalismo distributivo, usted propone una teoría normativa en la cual en lugar de los principios de distribución equitativa, habla de principios que se refieren al aseguramiento estatal de los presupuestos sociales del reconocimiento recíproco. Contra el intento de basar la teoría de la justicia en los presupuestos sociales del reconocimiento recíproco hay una serie de réplicas, entre las cuales voy a referirme a tres:

a) Nancy Fraser critica su teoría del reconocimiento porque usted, según ella, propone un sistema monístico, en el cual le asigna una posición central al concepto del reconocimiento. Ella dice, además, que a través de la teoría del reconocimiento no se puede captar la totalidad de las deficiencias normativas de un capitalismo que opera globalmente y que por esto un planteamiento que gire alrededor del reconocimiento es insuficiente. A partir de lo anterior, Fraser propuso una teoría dualista y perspectivista en la que articula distribución y reconocimiento. Tomando como punto de partida a Fraser, se podría decir que los dos planteamientos no compiten entre sí, sino que están situados en diferentes niveles. El del reconocimiento ofrece una muy buena explicación a aquellas violaciones que sufren las personas debido a un tratamiento injusto, y por ende, a lo que significa tratar a una persona con el mismo respeto e igual consideración. Por el contrario, el planteamiento distributivo forma una mejor base para la justificación y determinación de aquellas medidas necesarias para tratar a las personas como sujetos de iguales derechos. Esto quiere decir, también, asegurar la protección de los derechos y la distribución de bienes. ¿No cree usted que esa diferenciación es necesaria para poder captar de manera correcta la complejidad de las sociedades modernas?

Tampoco me dejo convencer de esta separación de perspectivas por razones que intentaré explicar. Creo que si las cosas se entienden como usted las propuso basado en el planteamiento de Fraser -la concepción de reconocimiento sirve para resaltar lo que significa tratar a una persona con igualdad, mientras que la justicia distributiva concibe, de alguna forma, adecuada la distribución del derecho y del bien-, entonces se pierde, a mi juicio, la agudeza en el giro provocado por la teoría del reconocimiento en la teoría de la justicia. Este debería consistir, justamente, en la aclaración de que deberíamos entender la justicia social, por lo menos de nuestro tiempo, como garantía de condiciones sociales para el reconocimiento mutuo. En mi opinión, disponemos de buenas herramientas para poder decir cuáles formas del reconocimiento deben unirse para que los sujetos se entiendan como socios iguales y libres en una sociedad. En caso de ser así, todavía no queda claro si la garantía de las condiciones se puede asegurar simplemente por la distribución de derechos y bienes. También es evidente que se trata de una cuestión de justicia social, por ejemplo, el cómo se organizan determinadas prácticas sociales, o si en realidad es justo que estas últimas se regulen según parámetros de posiciones económicas.

Esto quiere decir que de una teoría de la justicia semejante forma parte -ya internamente- lo que Michael Walzer nombra "The Art of Separation": uno debe tener claro primero la naturaleza práctica de las distintas esferas de vida en una sociedad y cómo se deben constituir estas esferas de las prácticas sociales para que se dé algo como una justicia social, es decir, la garantía de condiciones que ofrece a todos la posibilidad de experimentarse como iguales y libres. Estas son preguntas que se excluyen en su totalidad de una teoría distributiva de la justicia. Es obvio que Rawls no pregunte o no considere la cuestión, por ejemplo, acerca de la organización de una familia. Es un aspecto absolutamente ajeno a su teoría de la justicia, pero también a la noción distributiva de la justicia; después de todo, la noción distributiva de justicia trata de bienes y derechos ya existentes y no de la pregunta por cómo deberían ser organizadas las prácticas sociales en las que se constituyen, consumen o gozan estos bienes y derechos. Así, una noción de justicia con base en la teoría del reconocimiento es más extensa y produce por sí misma las nociones y principios para una distribución adecuada, pero solo donde la distribución sea la acción más apropiada.

Existen esferas sociales en las cuales la distribución es la solución equivocada, cuando se trata no solo de la distribución de bienes, sino de garantizar formas adecuadas de la práctica social. Un niño muy rico es tratado socialmente de forma injusta cuando, aunque goce de todos los derechos y bienes imaginables, sus padres lo descuidan y lo dejan en manos de una empleada -que cobra mucho dinero por hacerse cargo de él. Pero la teoría distributiva no percibe esto como injusticia. Lo mismo se aplica a las condiciones laborales que quizás pueden asegurar buenos ingresos, pues aunque el tipo de actividad no transmita al trabajador ninguna forma adecuada de valoración social, no presupone ningún problema para la concepción distributiva de justicia porque el sujeto está bien remunerado. Sin embargo, según una noción ampliada de justicia, sí es injusto en gran medida porque no garantiza las condiciones necesarias para que el individuo se pueda entender como un miembro libre e igual en la sociedad. Yo sigo creyendo y luchando por esto. Pienso que la separación bipartita no nos ayuda necesariamente porque, a mi modo de ver, la noción de justicia con base en la teoría del reconocimiento alude, más que a la distribución de bienes y derechos, a la organización adecuada de la sociedad con respecto a las distintas esferas de prácticas y formas de reconocimiento necesarias para garantizar una vida de esta índole. Al aclarar este punto, surgen preguntas de la teoría distributiva en detalle, pero, entonces, ya está definido el lugar de la justicia distributiva a través de la pretensión trascendente de las concepciones acerca de justicia con base en la teoría del reconocimiento; es decir, dependen de la teoría del reconocimiento, que juega un rol superior.

b) Stefan Gosepath escribe que el sentimiento moral del menosprecio no es suficiente para mostrar lo que debe considerarse correctamente como tal o como una violación moral. No toda violación sentida subjetivamente puede y debe considerarse como menosprecio, puesto que a menudo no corresponde el alto grado subjetivo de ese sentimiento con el grado del derecho. Hay situaciones en las cuales los seres humanos sienten realmente menospreciada su confianza en sí mismos o su autoestima. Uno puede pensar, por ejemplo, en la terminación de una amistad o de una relación de pareja. ¿Cómo se puede diferenciar en esos casos cuáles expectativas de reconocimiento son justificadas y cuáles no?

Esta objeción me parece, principalmente, un malentendido, y no quiero excluir la posibilidad de que yo mismo lo haya causado. Puede deberse a que en Lucha por el reconocimiento no perseguí intenciones relacionadas con la teoría o la filosofía moral, sino con la teoría social. Quería tener claro qué papel asumía la lucha por el reconocimiento, es decir, la necesidad de encontrar reconocimiento dentro de la sociedad como motivo moral en los conflictos sociales. En eso, la pregunta por el juicio de las pretensiones de reconocimiento todavía no ha sido relevante. Solamente ordenaba las perspectivas posibles con respecto a la experiencia de desconocimiento y las posibles esferas en las que las pretensiones de reconocimiento se pueden reclamar de manera razonable. Surge, por supuesto, el problema al cual se refirieron Gosepath y otros: existe una cantidad de experiencias de lesiones y de expectativas de reconocimiento que a primera vista nos parecerían no muy justificadas, poco meritorias de valoración moral y sin estatus moral. Los ejemplos que usted menciona convencen totalmente. Quien termina una amistad puede herir mucho al otro, pero sería insensato decir que por eso se trata de un acto moral. El acto deviene a ser inmoral en caso de que la amistad se hubiera terminado de un modo problemático, pero terminar una amistad no es un acto inmoral. Es decir, surge la pregunta que intenté plantear posteriormente a Lucha por el reconocimiento: ¿cómo podemos diferenciar entre expectativas de reconocimiento justificadas y no justificadas? Viene también al caso lo que mencioné en detalle anteriormente y que es bastante complicado, quizás demasiado, para volverlo a presentar aquí.

Primero, es importante enfatizar que estamos hablando de reconocimiento solo en determinados espacios culturales, es decir, las sociedades que nosotros conocemos contienen varias formas o principios de reconocimiento social -algo que se debe tener claro de antemano. Después, se debe dar un paso histórico que nos ilustra cuáles principios del reconocimiento social son institucionalizados y, así, justificados en una época, en un tiempo histórico determinado; pero justificados gracias a su racionalidad. Solo cuando no hay dudas sobre esto podemos preguntarnos si las expectativas de reconocimiento contribuyen en su formulación a una ampliación emancipatoria de estos principios de reconocimiento, o si presentan un modo de subestimación regresiva de los mismos. Esta sería, para mí, la dimensión para hacer la pregunta mencionada. En cuanto a la amistad y las relaciones de pareja me parece que las expectativas legítimas de reconocimiento existen solo dentro de la amistad misma, pero no se puede ir tan lejos y decir que las amistades o relaciones de pareja suponen una obligación para el otro. Solo quería llamar la atención sobre el hecho de que existen expectativas legítimas en amistades, relaciones de pareja o entre padres e hijos; y estas últimas no son revocables. Estas relaciones determinan el trato con el otro de un modo comprensible y abierto, y es probable que esas expectativas de reconocimiento se hayan desarrollado durante siglos pero hayan adquirido su legitimidad apenas en la actualidad. Creo que las expectativas de reconocimiento que los niños de hoy tienen con plena legitimidad son muy distintas a las que dominaron hace 500 años; es decir, los criterios según los cuales diferenciamos son criterios históricamente informados y solo se aplican a las esferas del reconocimiento. Se debería diferenciar aún en detalle, según la esfera de reconocimiento respectiva, para poder responder la pregunta con más exactitud.

Ya mencioné que en las amistades y las relaciones de pareja estas expectativas legítimas de reconocimiento y, con ellas, las obligaciones de reconocimientos, existen solo bajo la condición limitante de una relación realmente existente, pero no en caso de un rompimiento de esta relación. En cuanto a las condiciones jurídicas, que considero también una esfera de reconocimiento, existen ciertas expectativas y, con ellas, obligaciones de reconocimiento sin límites. Incluso más complicado es el caso de la tercera dimensión de la esfera del reconocimiento social. Al respecto, diría que las sociedades realmente poseen una obligación determinada de cumplir con la expectativa que tienen sus miembros de ser estimados y valorados socialmente en su capacidad de rendimiento. Se puede entender como un derecho individual a ser incluido en la producción social; de esta manera respondería la pregunta. La sospecha principal es de mucha relevancia. Gosepath reconoció lo que yo mismo había propuesto en los comienzos: hacer como si todas las expectativas de reconocimiento lesionadas fueran un indicio de una pretensión legítima. Esto es totalmente equivocado y yo mismo provoqué estos malentendidos porque en Lucha por el reconocimiento aún estaba cruzando las intenciones con base en la teoría social y en la filosofía de la moral, de una forma no muy adecuada.

c) Reiner Forst afirma de manera crítica hacia su versión de la teoría del reconocimiento, que el lenguaje de la estimación social no es adecuado para la crítica de privilegios injustos. Escribe que el lenguaje de la justicia está en una compleja tensión con el lenguaje de la estimación social. Las pretensiones de justicia pueden ser aquellas que acusan desigualdades relacionadas con deficiencias de estimación social, por ejemplo, la subestimación de determinados trabajos (el trabajo en el hogar, el trabajo de asistencia social) o de ciertas formas de vida cultural. ¿Pero, realmente, aquí se reclama una estimación social verdadera o más bien el desmonte de ciertos privilegios? La tesis de Forst propone que no solo los razonamientos de la crítica a los privilegios injustos no se pueden expresar de una manera adecuada en el lenguaje de la estimación social, sino que tampoco algunos de sus fines. ¿Qué puede decir usted frente a esta crítica?

Otra vez una pregunta difícil de responder en pocas palabras. Aquí todo depende de la manera en que determinamos qué son privilegios no justificados. Sobre estos, creo, tengo una convicción muy distinta a la de Rainer Forst, quien parece ubicarse cerca de Rawls con la idea de que, según los principios de Rawls, también el trabajo social debe ser distribuido con equidad. Yo, en cambio, creo, con buenas razones, que en las sociedades modernas el trabajo social subyace al principio del rendimiento, lo cual es, con seguridad, un debate largo y extenso. El principio del rendimiento ofrece, por supuesto, una mayor riqueza cualitativa de suposiciones que los principios que Rawls tiene en mente. El principio del rendimiento dice que cada persona tiene el derecho de que su rendimiento sea honrado de forma adecuada, valorado socialmente, es decir, pagado socialmente. La dificultad de este principio consiste en que ha sido ideológicamente explotado, enajenado y abusado, como escribe Hauke Brunkhorst, desde que fue instalado y convertido en una institución normativa de nuestras sociedades. Es decir, en realidad todavía no sabemos qué cualidades debería tener un principio equitativo del rendimiento en nuestra sociedad. Tampoco estoy convencido de que podamos formular un principio de rendimiento puro, independientemente de nuestras nociones culturales. Existen, por cierto, intentos de pensar cómo surgió un concepto justo del rendimiento. Creo que cuando se determina lo característico del rendimiento, de cumplimientos, trabajos y actividades sociales siempre se infiltra una parte de la determinación cultural de los fines de la sociedad. Pero estoy muy convencido de que no podemos juzgar adecuadamente sin recurrir a un principio equitativo del rendimiento social cuando queremos responder a preguntas como cuándo se pagan injustamente los trabajos sociales, qué formas de trabajo deberían ser pagadas o qué forma de actividades se debería entender como trabajo. Por eso creo que la crítica de la subestimación y el poco pago de ciertos trabajos no intenta remover privilegios, sino recurrir moralmente a un principio de rendimiento. Mi trabajo, mi actividad social, merece un mayor grado de apreciación social del que recibe actualmente. Creo que nos referimos a la base normativa cuando hablamos de la remuneración del trabajo social y, en general, de los niveles en la distribución social del trabajo. En este punto no coincido con Rainer Forst.

En su artículo "Universalismo como fracaso moral. Condiciones y límites de una política de los derechos humanos" usted no solamente criticó la posición conservadora de Hans Magnus Enzensberger, sino que también intentó desarrollar las orientaciones básicas de una concepción de justicia global o transnacional. En relación con la pobreza en los países en vía de desarrollo, usted afirma que las sociedades ricas de Occidente tienen una responsabilidad moral frente a los más pobres de este mundo, y por esto, usted aboga por el desarrollo del instrumentario político y jurídico que permita implementar y realizar los derechos humanos. ¿Podría ampliar aquí un poco más esa idea?

Puedo hacerlo sólo con gran dificultad. En realidad, no profundicé en este campo temático concreto aunque me parece de extrema relevancia. Quizá el campo temático social es el campo moral en el que se producen más ilusiones, entre las cuales se cuentan suposiciones fundamentales ficticias porque las condiciones de poder y dominio están tan profundamente cementadas que tiene algo de extraño que se pueda debatir sobre cuestiones de la justicia internacional desde un View from Nowhere. Mi idea de entonces y de hoy en día -que se asemeja, creo, a la de Habermas- es que el único camino para imponer la justicia internacional es la expansión paulatina de los derechos humanos por medio de una Organización de Naciones Unidas (ONU) reforzada, equipada con medios de sanción y coerción más fuertes que en la actualidad; y que esta expansión de los derechos humanos obligue a la comunidad internacional a provocar una redistribución. En tanto que determinadas pretensiones de los miembros de las sociedades subdesarrolladas sean institucionalizadas realmente como derechos, como derechos individuales, y no solo como una idea vacía de los derechos humanos; y que, por ende, exista una pretensión jurídica, éste podrá ser el medio con el cual se obligue a los países capitalistas a llevar a cabo una redistribución mucho mayor que en la actualidad.

En otras palabras, el único camino que, en mi opinión, parece estar abierto no es, por supuesto, las apelaciones al Banco Mundial o a gobiernos singulares -probablemente solo con restricciones a través de una política nacional de desarrollo-; el único camino es un fortalecimiento de las Naciones Unidas, y no solo de sus tareas políticas sino de las económicas. Ésta es la única opción en el futuro. Y aquí las concepciones de una justicia internacional no ayudarán tanto porque cada una dirige su atención hacia donde, a primera vista, se halla la injusticia. Finalmente, no se tratará de determinados principios de una justicia universal, pues una vez se tenga la noción de que cada miembro en nuestro globo terrestre tiene determinados derechos elementales, quedará claro qué tenemos que hacer. En realidad, ya sabemos lo que tenemos que hacer. Más bien, y lo digo solo como una nota marginal, me parece que la inundación de nuestras teorías de justicia actuales con discusiones por los principios equivale, a menudo, a un desplazamiento de las obvias exigencias prácticas y políticas.

¿Usted también piensa, como los liberales globalistas -por ejemplo Charles Beitz y Henry Shue-, que la implementación de los derechos humanos solamente puede realizarse mediante el recurso a un Estado global; o más bien comparte la idea de Rawls y Habermas, según la cual el primer contexto de la justicia es el de cada Estado singular?

En este aspecto, no sé en qué detalles coincido con Rawls y Habermas, quienes tienen nociones muy distintas en relación con la justicia global y el orden mundial internacional. No conozco, por supuesto, todos los pormenores porque las diferencias son muy complejas. De lo que estoy convencido es de que, a largo plazo, el contexto primario para las preguntas acerca de la justicia social será el contexto nacional -no sé si se puede expresar de este modo-, porque las fronteras nacionales se están disolviendo en el camino de la globalización. Mientras tanto, decimos que el contexto primario es la gran comunidad de referencia política que en el momento se está construyendo en la transformación del orden mundial. Es decir, en cuanto a cuestiones de la justicia social debemos entender que los colegas de interlocución son los Estados singulares que representan a los miembros que conviven en el contexto internacional. No somos responsables frente a los temas de justicia internacional directamente como sujetos, sino que nosotros, como sujetos en el marco de nuestra comunidad política, debemos procurar que nuestro Estado tome en serio las cuestiones de la justicia social. En principio, comparto esta idea.

Para utilizar una pregunta que Giovanna Borradori le planteó a Habermas, ¿considera usted que lo que ahora se denomina el "11 de septiembre" constituye un suceso sin precedentes, un acontecimiento que transformó nuestra autocomprensión histórica de manera radical?

Quizás aún es muy temprano para responder esta pregunta realmente. Si los acontecimientos sin precedencia son los que transforman nuestra autocomprensión histórica y nuestro mundo de vida de modo sostenible, irrecuperable e irreversible, entonces sí los ha habido en la historia, con seguridad. El más famoso del siglo XX es, sin duda, Auschwitz, como suceso sin precedencia después del cual se puede decir que cambiaron muchas o incluso todas las intuiciones sobre el mundo de vida humano, y cambiaron irreversiblemente. Desde entonces tenemos una idea distinta del mal, o de lo que una persona está dispuesta a hacer. No me atrevo a responder la pregunta de si el "11 de septiembre" es un suceso sin precedencia en este sentido. Con seguridad, es un acontecimiento sin precedencia dentro de determinada época histórica porque molestó e irritó considerablemente nuestra sensibilidad para preguntas político-morales. Creo que el mapa moral con el cual operábamos en relación con los hechos internacionales como ciudadanos de nuestras sociedades hasta el 11 de septiembre incluía de algún modo una dinámica Norte-Sur, lo cual ha cambiado esencialmente desde esa fecha y hoy en día pensamos mucho más en categorías de Este-Occidente o en categorías nuevamente orientadas a comunidades religiosas y a la adhesión religiosa. Es, con seguridad, algo nuevo que probablemente apenas se reveló en masa por medio de este suceso y obligó a realizar una nueva orientación masiva. No me atrevo a responder si esta nueva orientación será tan relevante para nuestra autocomprensión civil en general como, por ejemplo, Auschwitz. Más bien lo dudo.

Habermas criticó en su artículo "El proyecto kantiano y el occidente escindido" la política dirigida por el presidente George Bush. Allí escribe que la nueva política de Estados Unidos, marcada por el terrorismo y la guerra, por desarrollos económicos radicalmente desiguales en la economía mundial, significa evidentemente el fin del proyecto de moralización y constitucionalización del orden mundial bajo el marco del derecho de los pueblos. Esto quiere decir el fin del proyecto kantiano. Usted también se ha referido en sus más recientes artículos a Kant y a los problemas actuales del orden mundial. Al respecto, formulo dos preguntas: ¿piensa que el proyecto kantiano tiene aún un futuro? Y ¿cómo puede verse el nuevo orden mundial bajo el proyecto de una nueva paz americana?

Estoy, por supuesto, completamente convencido de que este proyecto kantiano sigue teniendo un gran futuro. No creo que un proyecto de tal magnitud como la moralización del orden mundial o la imposición de principios de justicia en todo el globo terrestre, pueda ser estremecido en su totalidad por un gobierno estadounidense que opera de una forma imperial o poco acertada. En los últimos doscientos años surgieron retos más serios; basado en esto, creo que el proyecto sobrevivirá también a este reto actual. La pregunta es con qué medios se puede asegurar su capacidad de sobrevivir. En este punto comparto algunas nociones con Habermas: que se junten la mayor cantidad de países posibles, no solo en el núcleo de Europa, sino todos los países que confiesan determinados principios liberaldemocráticos y critican decididamente la política estadounidense actual, y que apliquen primero los medios rigurosos de la ONU para hacer realidad su crítica y asegurar su imposición. Una clave importante es que los países del núcleo de Europa procuren alcanzar un mayor respaldo para su proyecto en otras partes del mundo; es decir, los países decisivos europeos -en este aspecto- deben fortalecer sus contactos. Además, que los países que realmente están observando el gobierno estadounidense con el escepticismo adecuado, o sea, con el mayor escepticismo, se unan con naciones que comparten una perspectiva afín y tienen, en principio, institucionalizados, por supuesto, los fundamentos liberaldemocráticos.


Como citar este documento: Cortés Rodas, Francisco; Mackeldey M.A., Anja Maria, Trad.. Reconocimiento y justicia. Entrevista con Axel Honneth. En publicacion: Estudios Políticos, No. 27. Instituto de Estudios Políticos: Colombia. Julio - Diciembre. 2005 01215167.

V Jornadas de Filosofía Política

viernes, 8 de agosto de 2008

V JORNADAS DE FILOSOFÍA POLÍTICA

Ciudadanía, Derecho y Emancipación
17-20 de noviembre de 2008

Seminario de Filosofía Política Universidad de Barcelona


Facultad de Filosofía - Montalegre, 6 08001 Barcelona

Email: mailto:jornadasfp@gmail.com

Web: www.ub.edu/demoment/jornadasfp2008

Departamento de Filosofía Teorética y Práctica



Gianfranco Pasquino en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires

jueves, 31 de julio de 2008



El martes 12 de agosto de 2008 a las 14:30 hs., llevará adelante una conferencia el politólogo italiano Gianfanco Pasquino en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (Sede Parque Centenario; Franklin 54, Ciudad Autónoma de Buenos Aires), con el nombre de "La Ciencia Política Hoy".

Invitación: "¿Qué queda para la política tras el conflicto entre el campo y el gobierno?"

viernes, 25 de julio de 2008



Desde Ciudadanía y Democracia los invitamos a participar el día 29 de julio de 2008, en la Biblioteca Nacional (Agüero 2502, Ciudad Autónoma de Buenos Aires), del encuentro "¿Qué queda para la política tras el conflicto entre el campo y el gobierno?", en el marco del Ciclo Diálogos con la Democracia del Presente.


Exponen:

-Senador Samuel Cabanchik
-Diputado Martín Hourest
-Diputado Carlos Raimundi

Los esperamos

La útima entrevista a Richard Rorty

lunes, 14 de julio de 2008

Rorty: la última entrevista

por Danny Postel


Uno de los más influyentes filósofos de nuestro tiempo, Richard Rorty, falleció el pasado 8 de junio después de una penosa lucha contra el cáncer. Lo que sigue es el acto de apertura de lo que debió ser una larga y amplia entrevista entre nosotros y que, tristemente, tuvo que abandonarse en medio de la corriente.

Con su amplia visión intelectual y su ágil y vigoroso estilo prosaico –único entre los filósofos académicos–, Rorty zarandeó las cosas como pocos de sus contemporáneos.

Rorty fue de los primeros en cruzar el puente (ahora mejor transitado) entre las escuelas filosóficas “analítica” y “continental”. Insufló nueva vida a la tradición de pensamiento pragmatista, abogando por las ideas de los personajes fundadores como William James y –sobre todo– John Dewey. Fue él, Dewey, tanto su héroe filosófico como su modelo de demócrata intelectual, activamente comprometido con la conversación cultural del día.

Rorty siguió los pasos de su héroe. Aunque nunca realizó cruzadas activistas como Dewey, sí fue abierto y directo en debates de una amplia gama temática. Constantemente hacía reseñas críticas de libros y escribía ensayos para revistas y periódicos, con los que se dirigía a los lectores en general y no únicamente a los enterados.

El historiador Casey Blake recientemente observó: “Rorty se ha revelado como uno de nuestros intelectuales más elocuentes y vehementes... un modelo de lo que Michael Walzer ha dado en llamar ‘un crítico relacionado’, un intelectual que implora a sus conciudadanos que vivan de acuerdo con los valores morales que tanto aprecian.”

Los muchos libros de Rorty incluyen La filosofía y el espejo de la naturaleza; Consecuencias del pragmatismo; Contingencia, ironía y solidaridad; Achieving Our Country: Leftist Thought in Twentieth Century America (1998); Philosophy and Social Hope (1999) y –con Gianni Vattimo– El futuro de la religión (2005).

El año pasado, el filósofo Eduardo Mendieta armó una espléndida colección de entrevistas con Rorty titulada: Cuidemos la libertad y la verdad se cuidará sola (en la cual tuve el placer de que se incluyera una mía de 1989). Y apenas hace un mes vio la luz Philosophy as Cultural Politics, que corresponde al último volumen de los Philosophical Papers de Rorty.

Al conferírsele a Rorty la Medalla Thomas Jefferson en abril pasado, la Sociedad Estadounidense de Filosofía hizo notar su “decisiva influencia y distinguida contribución a la filosofía y, más ampliamente, a los estudios humanísticos”. Su labor –continuaba la mención– redefinió la filosofía “como interminable, democráticamente disciplinada, cuestionadora de las actividades socioculturales y de reflexión e intercambio...”

Elogiando al filósofo alemán Hans-Georg Gadamer en 2002, Rorty escribía que éste “personificaba vigorosamente lo más valioso de la tradición humanística europea”. Rorty hizo lo mismo por la tradición humanística estadounidense.

He sido siempre afecto a citar sus descripciones sobre el humanismo como la noción de que “si podemos trabajar juntos, podemos hacer de nosotros mismos cualquier cosa que nuestro ingenio y voluntad nos lleven a imaginar qué podríamos ser”.

Se le echará muchísimo de menos.

(Junio de 2007)


¿Cómo te sientes acerca de tu interesante compromiso de trabajo en Irán? Fuiste invitado a dictar clase en Teherán en 2004 y encontraste un gran interés por lo que tenías que decir. Más recientemente, el disidente iraní Akbar Ganji te buscó en California y ambos tuvieron una larga conversación. En marzo estuve en una librería en Teherán y vi varios de tus libros así como una colección de ensayos sobre ti en inglés y persa. Me pregunto: ¿qué te parece todo esto?

Cuando visité Teherán me sorprendí al escuchar que algunos de mis escritos se habían traducido al persa y además con una considerable cantidad de lectores. Me intrigó el hecho de que ciertos debates un tanto cuanto cargados –y que se suscitan entre filósofos europeos y estadounidenses, y en los que tomo parte– fueran de algún interés para los estudiantes iraníes. Pero en la respuesta a mi plática sobre “Democracia y filosofía” quedó claro que verdaderamente había gran interés sobre los temas ahí expuestos.

Cuando se me dijo que otra personalidad muy discutida en Teherán era Habermas, concluí que la mejor explicación por el interés sobre mi trabajo era la circunstancia de que comparto la visión de Habermas sobre la utopía socialdemócrata. En esta utopía, muchas de las funciones del presente, atendidas por miembros de las comunidades religiosas, habrían de ser tomadas por lo que Habermas llama “patriotismo constitucional”. Alguna forma de patriotismo –la solidaridad con los conciudadanos y las esperanzas compartidas por el futuro del país– es necesaria si uno ha de tomarse la política seriamente. En un país teocrático, una oposición política de izquierda debe estar preparada para contrarrestar los reclamos del clero, en el sentido de que la identidad nacional se defina por la tradición religiosa. Así pues, la izquierda requiere, específicamente, de una forma secularizada de celo moral tal que centre el respeto del ciudadano en sus semejantes, en vez de la relación de la nación con Dios.

Mis puntos de vista sobre estos temas derivan de los de Habermas y John Dewey. En las primeras décadas del siglo xx, Dewey ayudó a que surgiera una cultura en la cual fuera posible, para los estadounidenses, sustituir la religiosidad cristiana con una fuerte y decidida adhesión a las instituciones democráticas (junto con una gran esperanza por el mejoramiento de esas instituciones). En décadas recientes, Habermas ha venido recomendando a los europeos esa cultura. En oposición a líderes religiosos como Benedicto xvi y los ayatolas, Habermas argumenta que la opción ante la fe religiosa no es el “relativismo” ni la “expulsión”, sino nuevas formas de solidaridad basadas en la Ilustración.

El Papa dijo recientemente: “En Europa se ha desarrollado una cultura que es la más radical contradicción, no sólo para la cristiandad, sino para todas las tradiciones religiosas y morales de la humanidad.” Dewey y Habermas habrían replicado que la cultura que surgió de la Ilustración ha respetado todo lo cristiano que ha valido la pena respetar. Occidente ha improvisado, en el curso de los últimos doscientos años, una tradición moral específicamente secularista –la que considera el libre consenso de los ciudadanos de una sociedad democrática, en vez de la voluntad divina, como fuente de imperativo moral. Este cambio de punto de vista es, creo yo, el más importante avance logrado hasta hoy en Occidente. Me gustaría pensar que los estudiantes a quienes me dirigí en Teherán, impresionados por los escritos de Habermas, e inspirados por el valor de pensadores como Ganji y Ramin Jahanbegloo, algún día harán de Irán el núcleo de la Ilustración islámica.

Tú mencionaste la gran conexión hacia las instituciones democráticas que Dewey ayudó a fomentar e igualmente “la gran esperanza en el mejoramiento de las instituciones”. Según tu opinión, ¿qué tanta necesidad de mejoramiento requieren actualmente nuestras instituciones democráticas? Hace tres años te hiciste la pregunta de si nos dirigíamos hacia algo que podría llamarse “postdemocracia”.

Antes del once de septiembre, yo habría dicho que la principal área en la cual las instituciones democráticas tenían que mejorar es la ya de sobra conocida: necesitamos poner esas instituciones a trabajar para equilibrar las expectativas de vida de los niños pobres y ricos. Se miraba como si, con el fin de la Guerra Fría, regresáramos a la tradicional agenda socialdemócrata.

Después del once de septiembre, sin embargo, se vio claro que la derecha política trataría de sustituir con la “guerra al terrorismo global” su anticomunismo, so pretexto no sólo de mantener el Estado de seguridad nacional intacto, sino de socavar las instituciones políticas de las viejas democracias. El artículo que los editores de la London Review of Books retitularon “Postdemocracia” fue originalmente titulado “Antiterrorismo y el Estado de seguridad nacional”.

Por el tiempo en que el artículo se publicó (abril de 2004), estaba yo aterrado de que la administración Bush arrastrara a la opinión pública consigo y que lograra con esto barrer las libertades ciudadanas. Temí que el once de septiembre volviera posible lo que, en tiempos del presidente Eisenhower, él llamó “el complejo militar industrial”, a efectos de extender su poder sobre el gobierno de Estados Unidos de manera sin precedente. Predije que, si los terroristas exploraban la posibilidad de un arma nuclear que cupiera en una maleta de mano y en una ciudad occidental, las instituciones democráticas podrían no sobrevivir. A las agencias de seguridad de las democracias occidentales se les otorgarían –o simplemente éstas se tomarían– atribuciones y poderes fácticos comparables a los de la Gestapo y la KGB.

La administración Bush es ahora objeto del repudio de la opinión pública de Estados Unidos, y el desastre de Iraq hará que los futuros gobiernos europeos duden en seguir el liderazgo estadounidense. Pero sigo pensando que el fin de la democracia probablemente sería consecuencia de un terrorismo nuclear, y simplemente no sé cómo guardarnos de este peligro. Tarde o temprano, algunos grupos terroristas repetirán el once de septiembre y en mayor escala. Dudo que las instituciones democráticas tengan suficiente capacidad de recuperarse como para soportar tal tensión.


¿Sería acertado decir que te has hecho un poco hacia la izquierda en estos últimos años?

No estoy conciente de haberme hecho hacia la izquierda, y siento curiosidad sobre por qué podría parecer así. Cuando escuché las noticias sobre lo ocurrido a las Torres Gemelas, mi primer pensamiento fue: “Dios mío, Bush actuará igual que Hitler cuando se incendió el Reichstag.” Desde la elección de Reagan, nunca he pensado en los miembros del Partido Republicano sino como ávidos sinvergüenzas y gente sin escrúpulos. Y en relación con “la guerra al terror”, he descrito la misma trayectoria que muchos otros –izquierdistas–: a favor de la guerra en contra de los talibanes en Afganistán y en contra de la invasión a Iraq. Y con respecto a la política doméstica, sigo a favor de poner en remojo a los ricos y redistribuir el dinero entre los trabajadores (sin nacionalizar los medios de producción). En materia “cultural”, hubo un tiempo en que tuve ideas chapadas a la antigua, y dudas acerca de los matrimonios entre los del mismo sexo, pero ya no. Aunque esto no es cambiar mucho...


Poco tiempo después de enviarle a Richard Rorty un cuestionario para proseguir la entrevista, recibí un recado de su esposa en el que me avisaba sobre el brusco viraje, para mal, de su salud. Murió dos semanas después.

Traducción de Germán Toyos

Entrevista a Karl-Otto Appel

sábado, 12 de julio de 2008

Entrevista a Karl-Otto Appel

por Javier Recás Bayón


PREGUNTA: Usted llevó a cabo en los años sesenta una síntesis histórica entre los tres grandes paradigmas de la filosofía contemporánea: el analítico, el hermenéutico y el dialéctico. Una síntesis, entiendo yo, que vertebra toda su obra por su convicción de que sólo así será posible lograr un concepto de racionalidad que responda tanto a los desafíos del reduccionismo cientificista como a las tendencias desmembradoras y debilitadoras del pensamiento postmoderno. Sin embargo, también aquí, a juicio de algunos, reside el peligro de diluirse en un mero eclecticismo, salvador de algunos fragmentos del naufragio de los modelos modernos de racionalidad.


RESPUESTA: Habla usted correctamente respecto a los cambios en el paradigma filosófico en los años sesenta. Aunque esto es especialmente adecuado referido a la primera etapa de mi filosofía, donde intenté aunar filosofía analítica y hermenéutica que en aquel momento estaban completamente separadas. En el mundo anglosajón dominaba la filosofía analítica mientras que en el continente, por el contrario, era la hermenéutica la que prevalecía. Yo intente, junto con Habermas, llevar a cabo una síntesis de ambas incorporando también la dimensión dialéctica que suponía el psicoanálisis y la crítica de las ideologías. Ahora, sin embargo, no haría esta división. Actualmente cuando hablo de paradigmas prefiero hacer la siguiente división: el paradigma de la filosofía primera en el sentido de la metafísica ontológica anterior a Kant, el de la filosofía de la conciencia o del sujeto en el sentido de Descartes, Kant o Husserl, y finalmente, el de la semiótica trascendental o pragmática trascendental o hermenéutica trascendental. Este tercer gran paradigma es el surgido después del giro lingüístico. Ésta es la forma en la que hoy hablo sobre paradigmas en filosofía, aunque esto no quiere decir que carezca de sentido la distinción antes mencionada.


Todavía hay otra cuestión que quiero comentar respecto a su pregunta. Me gustaría aclarar que no espero estar inmerso en el eclecticismo puro. Por el contrario, espero que se considere que mi filosofía expresa una perspectiva muy unitaria. El eclecticismo es contrario a mi fundamentación pragmática. En los últimos años, para resaltar mi oposición al eclecticismo he enfatizado mi defensa de una fundamentación última de la pragmática trascendental. Aunque no en el sentido, pasado de moda, del término «trascendental». Cierta fundamentación trascendental es posible pero no en el sentido clásico. Todo se transforma, incluso este concepto.


Actualmente cuando hablo de paradigmas prefiero hacer la siguiente división: el paradigma de la filosofía primera en el sentido de la metafísica ontológica anterior a Kant, el de la filosofía de la conciencia o del sujeto en el sentido de Descartes, Kant o Husserl, y finalmente, el de la semiótica trascendental o pragmática trascendental o hermenéutica trascendental.


P.: En los años sesenta tanto usted como Habermas, Wellmer y Bubner, entre otros, dejaron constancia de sus discrepancias con Gadamer respecto al significado y alcance del concepto de «hermenéutica», que, a su juicio, debía mediarse con la crítica de las ideologías y complementarse con el paradigma analítico. Sin embargo, a pesar de ello no sé si usted aceptaría ser calificado de hermeneuta crítico o ve este concepto demasiado laxo. ¿Cómo entiende usted la hermenéutica en la actualidad?


R.: Yo llamaría a mi paradigma filosófico «pragmática trascendental», «pragmática trascendental del lenguaje» o también «semiótica trascendental».
Pienso que a una pragmática de este tipo pertenece una especie de hermenéutica crítica trascendental, por lo que también podría utilizar el término «hermenéutica trascendental». Pero es importante subrayar que «hermenéutica» debe ir acompañada de «trascendental», porque este término es el que me distancia de los filósofos puramente pragmáticos.


El primer título que utilicé para mi filosofía fue el de «hermenéutica trascendental» en 1963, para mi habilitación. En aquel momento, aunque no había leído todavía Verdad y método, estaba muy cercano a Gadamer, sobre todo en lo referente al lenguaje y a la relevancia de la tradición humanística. En mi opinión, Gadamer no quiso ser un revolucionario, pero lo fue en realidad. Vattimo, Rorty, y otros muchos, dependieron de él. Verdad y método fue un libro que no deseé seguir porque en él se dejaba de lado la filosofía trascendental y el normativismo. No había ningún rastro de la dimensión normativa en él; al contrario, su rechazo fue el punto de partida. Gadamer estaba muy preocupado por exponer que no se podía comprender un texto mejor de lo que se había entendido antes, o a un autor mejor de lo que él mismo se comprendió. Pero yo no pienso así, sino justo lo contrario. Éste es un viejo tópico que también se da en Kant, en Schleiermacher y en otros. Nosotros podemos entender a alguien mejor de lo que él mismo se entendió a sí mismo porque nosotros sabemos más acerca del significado de los hechos que le rodearon o somos más conscientes de algunas cosas de lo que él era. Me parece completamente inaceptable que sólo comprendamos de manera diferente y que esto dependa del contexto y del curso de la historia. Debemos mantener que comprender mejor es posible. No estoy diciendo en ningún momento que nosotros tengamos certeza absoluta sobre esto o aquello, pero debemos practicar en la comprensión la idea regulativa, como dice Kant, de que somos capaces de mejorar nuestra comprensión y comprender, por tanto, mejor de lo que se había hecho anteriormente.


Se está preparando un volumen conmemorativo de la concesión a Gadamer, ahora, antes de que muera, del premio Schiller (en filosofía no consigues el premio Nobel sino el Schiller; es el más prestigioso), para el que he escrito un artículo sobre este mismo tema. Rechazo que se comprenda sólo de manera diferente y que ese entendimiento dependa sólo de nuestro lugar en la historia, en vez de reconocer que el logos está originado en el tiempo. Esto es a lo que nos conducen Heidegger y Gadamer: el tiempo, la historia, son más importantes que el logos; prevalecen sobre él. Pero esto sería verdad si la razón del logos sólo fuera un producto del tiempo, de la historia. Si esto fuera verdad no podríamos decirlo, pero si podemos decirlo de hecho, como yo hago, es porque presupongo determinadas condiciones de validez. Puedo hacer estas afirmaciones porque presupongo las condiciones de validez de todo discurso que pretenda verdad. Esta idea implica la existencia de elementos trascendentales en el logos. Significa la supremacía del logos sobre la historia. Justo lo contrario de lo que Heidegger y Gadamer pretenden, y, junto a ellos, muchos otros, especialmente Derrida. Para Derrida el hecho de la difference es el hecho más importante en el mundo, es más poderoso que el logos. El logos tiene que ser criticado, por supuesto, pero no podemos hacerlo sin presuponerlo. Como usted puede ver, parece que soy el último que piensa así, nadie hoy en día resulta impresionado por esto. Porque, ¿qué es el logos?, ¿qué es la razón? La historia, el tiempo, eso es lo importante. Heidegger en su última etapa decía que el logos nació con los griegos y ahora nosotros dependemos de aquel suceso. El nacimiento del logos fue un suceso y ahora todos creemos en el logos porque procede de los griegos, porque está en la historia del ser y esta es la más poderosa. Pero eso no puede ser, si nosotros afirmamos eso con pretensión de verdad tendría que ser al revés, la intención de hablar de toda la historia depende de las pretensiones de validez. Las pretensiones de validez del logos deberían ser más poderosas. Ésta es la distinción más radical entre mi posición y las de Vattimo, Derrida, Gadamer, Rorty, y mi amigo Habermas está en medio, aunque (perdón, esto es un poco malicioso) él intenta no ser demasiado tajante.


No estoy en contra de la historia, no deben malentenderme. Provengo de la hermenéutica, pero quiero contar con lo trascendental y otorgar al logos prioridad sobre el tiempo. Ésa es la cuestión.


Debemos mantener que comprender mejor es posible. No estoy diciendo en ningún momento que nosotros tengamos certeza absoluta sobre esto o aquello, pero debemos practicar en la comprensión la idea regulativa, como dice Kant, de que somos capaces de mejorar nuestra comprensión y comprender, por tanto, mejor de lo que se había hecho anteriormente.


P.: Uno de los ejes centrales en su filosofía es, a mi juicio, la reconstrucción del trascendentalismo kantiano. Respecto a esta tarea me gustaría hacerle dos preguntas. La primera se refiere a las posibilidades de complementar el carácter invariante de las estructuras a priori con el reconocimiento del anclaje histórico de la conciencia. Esta aporía entre universalidad y contingencia histórica, que Foucault, por ejemplo, ha criticado por mantener un doble discurso a un tiempo positivista y escatológico, ¿no nos lleva, al final, a renunciar al apriorismo en sentido estricto, si queremos salvaguardar la dualidad?


R.: Yo contestaría de la siguiente forma: si nosotros abandonásemos el apriorismo definitivamente, en vez de restringirlo, entonces cancelaríamos toda filosofía trascendental. Y, en mi opinión, esto supondría abandonar la filosofía misma porque habríamos rechazado las bases de las pretensiones de validez. En lo que acabo de decir antes, si nosotros pensamos que en filosofía todo es temporalidad, todo historicidad, todo dependiente del contexto, entonces estaríamos de nuevo abandonando las bases para las afirmaciones que hacemos como filósofos, las pretensiones de validez que debemos tener. Así que nosotros no podemos destruir completamente el apriorismo, debe mantenerse en alguna medida. En mi filosofía, el apriorismo está drásticamente mitigado. Por ejemplo, yo solía hablar de la transformación del estilo kantiano del trascendentalismo, y lo más importante para mí era su posibilidad de transformarlo en sentido semiótico. Sin embargo, ya no pienso que sea tan convertible. No pienso como Descartes, Kant y Husserl que argumentamos en la soledad de la conciencia. Yo argumento, y esto quiere decir que soy miembro de una comunidad y me estoy comunicando cuando estoy pensando en soledad, sólo que de una forma interna, dialogando conmigo mismo. El pensamiento tiene la misma estructura que un diálogo público, es la estructura del lenguaje, la estructura del diálogo, y la intersubjetividad está siempre en juego. Y ésta es mi transformación del kantismo.


Entonces mi ejemplo hace referencia a lo siguiente: en Kant tenemos lo que se conoce como principios en la critica del purismo, principios a priori (causalidad, sustancialidad, etc.), categorías que corresponden a 12 principios. Soy un peirceano en este respecto, soy un peirceano en cualquier caso. No del pragmatismo americano en su conjunto sino de Peirce, que es el más importante, y él ya habló del a priori en los procesos de inferencia. Esto es lo importante, no los principios. Éstos se pueden considerar sedimentaciones del pensamiento en el proceso de evolución de nuestro conocimiento. Nosotros no necesitamos tener principios a priori en el sentido kantiano. Para nosotros, por ejemplo, hoy en día todos los principios newtonianos son sedimentaciones de la física clásica en la evolución humana del conocimiento, sólo válidos para el mesocosmos, pero no para el macrocosmos o el microcosmos. Ni la teoría de la relatividad ni la microfísica cuántica hacen uso ya de esos principios. Estos principios adoptados por Kant, son como digo, sólo válidos para el mesocosmos, para el entorno de nuestra medida. Aquí es donde los seres humanos han evolucionado, así que éstas son sedimentaciones. No son en absoluto válidos a priori. Esto es lo que yo enfatizo, lo que abandono, pero conservo algo, los procesos de inferencia sintéticos de abducción, inducción y deducción como algo válido a priori. Nuestras inferencias in the long run deben ser verdaderas, debemos presuponer que el progreso es posible. Entonces, in the long run, debemos alcanzar un consenso último pero no en el sentido en que muchos dicen que el consenso debe ser un hecho. No debe ser un hecho, no debe ser la verdad sino una idea regulativa de todo lo que es correcto, una idea que oriente nuestras inferencias cada vez más cerca de la idea final del proceso, hacia esa opinión que debe ser verdadera, pero que nunca se ha de considerar como un hecho sino como una idea regulativa, como un concepto.


Yo mantengo entonces esto en el sentido kantiano de la idea regulativa, pero no mantengo los principios kantianos. Esto es un ejemplo de lo que yo transformo de la filosofía trascendental, de cómo reduzco el apriorismo kantiano. Pero todavía queda, desde luego, un residuo de apriorismo. En concreto, he argumentado antes, con Habermas y contra Habermas, respecto a las cuatro pretensiones de validez. Habermas y yo estamos de acuerdo en la existencia de dichas pretensiones implícitas en toda argumentación. No podemos argumentar sin asumirlas. Con respecto, por ejemplo, a la pretensión de actuar correctamente en la argumentación, el resto de los seres humanos está fundamentalmente implicado. Pero esto es para mí, frente a Habermas, absolutamente a priori. Por ello hablo de que estos presupuestos suponen la fundamentación última de nuestra argumentación. Pero, a pesar de todo, no lo llamaría fundamentalismo. El término fundamentalismo es terrible. Yo lo reservo para gente como Jomeini, que tiene una fundamentación dogmática última para todas las cosas. Yo distinguiría dos términos: «fundamentalismo» y «fundamentacionismo». Este último término encaja mejor con el significado que le he dado. Es un tipo de fundamentación que no tiene nada que ver con el fundamentalismo metafísico-dogmático. Yo sé que no le he dado muchas referencias sobre lo que para mí es la fundamentación última, la mayoría de la gente se pregunta cómo puedo hablar de ello sin explicarlo. Esto es para mí más excitante.

Yo sé que no le he dado muchas referencias sobre lo que para mí es la fundamentación última, la mayoría de la gente se pregunta cómo puedo hablar de ello sin explicarlo. Esto es para mí más excitante.


P.: Otra de las cuestiones principales que se suscitan sobre el neotrascendentalismo es la relativa a su proyecto de fundamentación. Como es sabido, existen importantes discrepancias entre el modelo de fundamentación última que usted defiende frente al modelo de fundamentación hipotético-reconstructiva por el que cada vez más se inclina Habermas, a pesar de sus primeras posiciones. Si a ello sumamos las críticas de Albert, Rorty, Vattimo, Foucault, etc., me va a permitir que le pregunte si no piensa que cada vez más la filosofía contemporánea está más lejos de toda fundamentación y, especialmente, de la que usted propone.


R.: Ya he contestado a esta pregunta, aunque querría hacer alguna observación más. Todos estamos de acuerdo en la actualidad en que no es posible un fundamentalismo en el sentido literal al que antes he aludido. Sin embargo, yo estoy en contra de quienes como Albert, Habermas, Rorty, Vattimo, Gadamer o Foucault, rechazan la necesidad de cualquier tipo de fundamentación. Esto está bastante claro en Rorty cuando habla de «des-trascendentalización». En su opinión, por ejemplo, después de la discusión sobre el libro de Strawson Los límites del sentido —libro que impulsó una gran discusión sobre los argumentos trascendentales—-, ha quedado claro que ningún argumento trascendental es posible. Para Rorty la des-trascendentalización es una cuestión de hecho, y nadie puede refutar esto por más tiempo. Yo, no obstante, no estoy de acuerdo. He escrito un libro en Frankfurt en el que explico que cierto tipo de argumentos trascendentales son correctos. Es acertado des-trascendentalizar con respecto a los principios kantianos del conocimiento del mundo exterior, de la naturaleza. En ello estoy de acuerdo con Peirce. En este sentido concreto, estoy de acuerdo con la des-trascendentalización, pero no con las tesis siguientes: que alguna vez estemos en una posición en la que no tengamos que presuponer necesariamente los presupuestos de validez. Yo me refiero a estos presupuestos como elementos trascendentales de la argumentación, de cualquier teoría de la argumentación. Y en este punto estoy en contra de cualquier des-trascendentalización. Todos los filósofos mencionados son pragmatistas al decir que el trascendentalismo está muerto, pero yo no lo creo.


He escrito un libro titulado Hermenéutica y filosofía trascendental en el que quiero llegar a un mejor entendimiento del significado de una hermenéutica crítico-normativa, de una crítica que contemple todavía la crítica de la ideología. Aunque este tema esté ahora abandonado, porque el marxismo está muerto y nadie habla en nuestros días de crítica de las ideologías. Yo siempre he criticado a Marx y sigo haciéndolo hoy. No creo en el capital ni nada de esto. Sin embargo, es interesante comprobar en qué estaba Marx equivocado y en qué tenía razón. Todavía me apego al programa de la crítica de la ideología y no en el estrecho sentido marxiano sino en un sentido más amplio. En esta dirección he propuesto siempre la unión entre la crítica de la ideología y la hermenéutica. Ésta es mi conexión con la Escuela de Frankfurt.


Todavía me apego al programa de la crítica de la ideología y no en el estrecho sentido marxiano sino en un sentido más amplio. En esta dirección he propuesto siempre la unión entre la crítica de la ideología y la hermenéutica. Ésta es mi conexión con la Escuela de Frankfurt.


P.: Usted ha reclamado frente a la hermenéutica de Heidegger y Gadamer su relevancia normativo-metodológica. Pero la réplica de éste último no está exenta de interés: ¿de dónde surge el fundamento normativo de la propia crítica?, ¿no se estará dando por bueno subrepticiamente un determinado concepto de progreso?


R.: Si prefiero el término fundamentación trascendental de la hermenéutica crítica no lo es en el sentido de la fundamentación hermenéutica en la filosofía especulativa de la historia. Yo volvería a las cuatro pretensiones de validez de la argumentación. La argumentación es para mí lo último; nadie puede dejarla detrás, es lo irrebasable, como lo era para Descartes el ego cogito. Ahora es lo mismo en cierto sentido, sólo que Descartes se olvidó del lenguaje. Él, sin embargo, no se dio cuenta de que ya estaba en el nivel de la intersubjetividad cuando dijo ego cogito. Pensaba que estaba solo y tenía que probar la existencia de otras mentes. Gadamer dijo, en una carta a Heidegger, que esta forma de probar la existencia del mundo exterior no tiene sentido. Si yo reflexiono sobre el hecho de que pienso y de que al dudar estoy argumentando, entonces veo que uso el lenguaje, es decir, estoy argumentando públicamente, luego no estoy solo, sino que hay una comunidad. La comunidad de argumentación.


Esto es una transformación del ego cogito en el sentido de la pragmática trascendental del lenguaje. Por el hecho de argumentar, todo el mundo es miembro de una comunidad. Una comunidad ilimitada. Y se debe presuponer una comunidad ideal de comunicación, porque existen los presupuestos de validez. Por ejemplo, utilizando la pretensión de verdad hay que decir que las cosas son de esta forma porque presupongo que cada miembro de una comunidad ilimitada o ideal de comunicación tiene que estar de acuerdo conmigo. No podría ser que no fuese verdad y no hubiese intersubjetividad entre todos los miembros de la comunidad ilimitada de argumentación. Ésta es para mí la base de la hermenéutica.


No puedo mostrarle una fundamentación completa de la hermenéutica trascendental, pero creo que es posible dar una fundamentación trascendental de la hermenéutica crítico-normativa. Lo que no se puede hacer es lo que Heidegger y Gadamer hacen al considerar la historia del ser como una fundamentación, como una base. La historia no pertenece al ser, sino el ser a la historia. La historia, dice Gadamer, no nos pertenece sino que somos nosotros los que pertenecemos a la historia. Pero yo no puedo aceptar esta fundamentación desde el tiempo y la historia como si fueran los elementos más poderosos. Para mí el logos sigue siendo el elemento más poderoso. Y la contradicción más grande en la obra de Gadamer es que, por una parte, es heideggeriano, y deja libertad a la historia del ser y del tiempo, y , por otra parte, quiere ser un filósofo platónico, lo que no es posible. Esto es justo el tipo de filosofía que yo rechazo. Estoy de acuerdo con Heidegger al quererse distanciar de la filosofía occidental mientras que Gadamer quiere mantenerse unido a Heidegger y a la vez a Platón. Por el hecho de argumentar, todo el mundo es miembro de una comunidad. Una comunidad ilimitada. (...) No podría ser que no fuese verdad y no hubiese intersubjetividad entre todos los miembros de la comunidad ilimitada de argumentación. Ésta es para mí la base de la hermenéutica.

[1] Agradezco a Apel su amabilidad y disposición a utilizar parte de su escaso tiempo en Madrid en esta entrevista y a Áurea González por su inestimable ayuda filológica para la trascripción de la grabación.

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