X Jornadas de Filosofía "Hannah Arendt, el pensar y la política"

viernes, 11 de julio de 2008



X Jornadas de Filosofía

"Hannah Arendt, el pensar y la política"


22, 23 y 24 de octubre


Extensión máxima de las ponencias: 2500 palabras

Enviar título y resumen: de 300 palabras

Plazo para el envío: 25 de agosto

Coorganizan:

Área de Filosofía del Instituo de Ciencias y del Instituto de Desarrollo Humano. UNGS.

Escuela de Filosofía. Facultad de Filosofía y Humanidades. UNC.

Centro Franco Aregntino de Altos Estudios. UBA.

Campus de la Universidad, J. M. Gutiérrez 1150 (entre José León Suárez y Verdi), Los Polvorines, Provincia de Buenos Aires.

España: Defensa de la Filosofía y la Educación Pública

domingo, 6 de julio de 2008

Manifiesto de la Plataforma en Defensa de la Filosofía y la Educación Pública



Para cualquier sistema educativo democrático, como viene señalando la UNESCO desde 1953, resulta básico dedicar un espacio suficiente a la reflexión sobre los contenidos aprendidos en el conjunto de las asignaturas, de modo que los futuros ciudadanos dispongan de la posibilidad de articular racionalmente esa peculiar cultura que les demandará su vida intelectual y laboral (política). Resulta por tanto necesario para un programa de universalización y conocimiento, que defienda la mejora y la calidad de la Educación, la existencia imprescindible de asignaturas en donde los estudiantes adquieran herramientas teóricas y contenidos específicamente filosóficos, asegurando así su adecuado desarrollo intelectual mediante la configuración, articulación y aplicación de los saberes científicos. Distintos sectores de la Sociedad quisiéramos transmitir nuestra preocupación ante la posibilidad de que uno de los pilares de nuestra tradición cultural se vea mermado por las distintas reformas educativas.

La aplicación de la LOE va a afectar, en general, a la posibilidad de una enseñanza integral y de calidad al devaluarse los contenidos más teóricos de la educación, como son los científicos y los filosóficos. Esto es debido a una orientación hacia la proliferación nada armoniosa de asignaturas optativas en el currículo. Arrastrada por esta inercia, esta reforma afectará a las asignaturas propiamente Filosóficas, alterando tanto los contenidos como la asignación de horas para su desarrollo. Frente a las actuales 2 horas semanales de las que dispone la asignatura de Ética, su sustituta, la Educación Ético–Cívica, sólo dispondrá en la Comunidad de Madrid de 1 hora. A la Filosofía y Ciudadanía, que vendrá a reemplazar a la Filosofía de 1º de Bachillerato, sólo le corresponden (a falta de la publicación del Decreto autonómico que establezca el currículo de Bachillerato en la Comunidad de Madrid) 2 horas semanales. Y la Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato se encuentra en la misma situación.

Esto significa que las asignaturas obligatorias vinculadas a la Filosofía podrían ver reducida su carga horaria en una proporción importante, además de ver recortado su contenido más propiamente filosófico.
No obstante, a la espera de que la Comunidad de Madrid cumpla con su compromiso educativo, en el momento de la determinación del 35 % del currículo que le compete, requerimos que apueste por una enseñanza de calidad, de manera tal que mantenga las horas necesarias para el desarrollo de los contenidos específicamente filosóficos.

Expuesto lo anterior, solicitamos de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid (a la que corresponde el establecimiento definitivo del currículo del Bachillerato en esta comunidad autónoma) lo siguiente:

a) Que la asignatura de Ética de 4º E.S.O. vuelva a contar con sus dos horas semanales de clase. La situación de la Educación Ético–Cívica, con sólo una hora semanal de clase, hará casi imposible un tratamiento de los problemas que no consista en un adoctrinamiento ideológico. Esto, con independencia de cualquier posible característica interna de la asignatura, se debe sencillamente al poco tiempo del que dispondrá: con una hora a la semana será materialmente imposible intentar articular reflexivamente en clase las distintas Teorías Éticas y su fundamentación filosófica.

b) Que la asignatura de Filosofía y Ciudadanía conserve las tres horas semanales de que dispone la Filosofía actual: Los contenidos mínimos establecidos en el currículo de Bachillerato requieren un tiempo suficiente para dotar a los alumnos de las herramientas conceptuales mínimas para articular la reflexión teórica exigida. La permanencia en el currículo de un bloque destinado a la introducción general a la filosofía, junto a los bloques específicos de filosofía política, hace que sea indispensable contar con esta tercera hora en 1º de Bachillerato.

c) Que la asignatura de Historia de la Filosofía cuente con cuatro horas semanales de clase: De entre todas las asignaturas de las que los alumnos tienen que examinarse en la P.A.U., Historia de la Filosofía se encuentra en una situación desfavorable, pues dispone únicamente de 3 horas semanales para su desarrollo frente a las 4 horas de las que dispone el resto. Frente a este clamoroso agravio comparativo se hace necesario disponer de 4 horas semanales para su desarrollo.

Solicitamos, en definitiva, el apoyo de todos: de los profesores, que saben de la importancia de un exigente nivel de contenidos, de alumnos, madres y padres, de las Administraciones Públicas y de todo ciudadano conocedor de los requerimientos de una cultura democrática. Pues no reclamamos sino los medios y la organización necesarios para la formación científica y teórica de los ciudadanos cultos que nuestra sociedad reclama.



o pulse aquí.

Richard Rorty: anticlericalismo y ateísmo

viernes, 4 de julio de 2008

"Ahora bien; el pragmatismo, aunque dedicado a los hechos,
carece de una base tan materialista como el empirismo común.
Además, nada tiene que objetar a la realización de las abstracciones,
en tanto nos desenvolvamos con su ayuda entre hechos particulares y
nos conduzcan a alguna parte. Interesado exclusivamente
en aquellas conclusiones en que laboran conjuntamente
nuestros espíritus y nuestras experiencias, no tiene
prejuicios a priori contra la teología. Si las ideas teológicas prueban
poseer valor para la vida, serán verdaderas para el pragmatismo
en la medida en que lo consigan. Su verdad dependerá enteramente
de sus relaciones con las otras verdades que también han de ser conocidas."

William James, Pragmatismo: un nuevo nombre para algunos antiguos modos de pensar


ANTICLERICALISMO Y ATEÍSMO

Richard Rorty



(El futuro de la religión, pp. 47-63, Paidós, Barcelona, 2006)

***



Algún día los historiadores de las ideas podrán decir que el siglo XX fue un siglo durante el cual los profesores de filosofía empezaron a dejar de formularse preguntas como «¿Qué existe verdaderamente?», «¿Cuáles son los objetivos y límites de conocimiento humano?» o «¿Cómo se conectan el lenguaje y la realidad?». Estas preguntas presuponen que puede hacerse filosofía de forma ahistórica. Presuponen la idea errónea de que el examen de nuestras prácticas actuales puede darnos una comprensión de la «estructura» de todas las posibles prácticas humanas.

«Estructura» es solamente otra palabra para decir «esencia». Los movimientos más importantes de la filosofía del siglo XX han sido antiesencialistas. Se han mofado de las pretensiones de los movimientos que le han precedido: el positivismo y la fenomenología, así como de hacer lo que Platón y Aristóteles pensaban poder hacer: separar las apariencias cambiantes a la realidad perdurable, lo meramente contingente de lo verdaderamente necesario. Ejemplos recientes de esta mofa son Márgenes de la filosofía, de Jacques Derrida, y The Empirical Stance, de Bas van Fraseen. Estos libros hacen pie en Ser y tiempo, de Heidegger, La reconstrucción de la filosofía, de Dewey, y las Investigaciones filosóficas de Wigenstein. Todos estos libros antiesencialistas nos urgen a liberarnos de las antiguas distinciones griegas entre lo aparente y lo real y entre lo necesario y lo contingente.

Un efecto del ascenso del antiesencialismo y el historicismo es la despreocupación por lo que Lecky, como bien es sabido, llamó «la guerra entre ciencia y teología». Una creciente tendencia a aceptar lo que Terry Pinkard llama «la doctrina hegeliana de la sociabilidad de la razón» y a abandonar lo que Habermas llama «la razón centrada en el sujeto» a favor de lo que denomina «razón comunicativa» ha debilitado la idea de que las creencias científicas se forman racionalmente, mientras que no lo hacen así las creencias religiosas. El tenor antipositivista de la filosofía de la ciencia poskunhiana se ha combinado con el trabajo de los teólogos posheideggerianos para acercar a los intelectuales al postulado de William James según el cual ni la ciencia natural ni la religión necesitan competir la una con la otra.

Esta evolución ha restado popularidad a la palabra «ateo». Los filósofos que no van a la iglesia tienen hoy menos tendencia a describirse a sí mismos como participantes de la creencia de que no hay Dios. Son más propensos a usar expresiones como aquella de Max Weber: «religiosamente no musical». Uno puede tener mal oído para la religión como puede ser indiferente a la fascinación de la música. Los que son indiferentes a la cuestión de la existencia de Dios no tienen derecho a despreciar a los que creen apasionadamente en su existencia o a los que la niegan con igual pasión. Del mismo modo, ni los creyentes ni los no creyentes tienen derecho a despreciar a aquellos que sostienen que ésta es una disputa sin sentido.

En este aspecto, la filosofía se asemeja a la música y a la religión. Muchos estudiantes –los que salen del examen final del curso más elemental de filosofía decididos a no perder nunca más el tiempo en otro curso de filosofía e incapaces de comprender cómo pueden algunas personas tomarse este tipo de cosas en serio- son filosóficamente no musicales. Algunos filósofos todavía creen que esta actitud hacia la disciplina a la que han dedicado sus vidas es síntoma de un defecto intelectual o incluso moral. Pero hoy en día los más se contentan, a la hora de evaluar el intelecto o el carácter de una persona, con descartar la incapacidad de tomar en serio el hecho filosófico como algo menos importante que la incapacidad de leer una novela, comprender las relaciones matemáticas o aprender una lengua extranjera.

Esta mayor tolerancia hacia el que ignora cuestiones que una vez fueron consideradas las más importantes se describe a veces como la adopción de una actitud «estetizante». Caracterización que resulta de particular aceptación entre quienes encuentran esta tolerancia deplorable y diagnostican su difusión como el síntoma de una peligrosa enfermedad espiritual («escepticismo», «relativismo» o algo igualmente aterrador). Pero el término «estético», en tales condiciones, da por supuesta la estandarizada distinción kantiana entre lo cognitivo, lo moral y lo estético, distinción que es en sí misma uno de los objetivos principales del filosofar historicista, antiesencialista.

Los kantianos creen que en cuanto se desestima la expectativa de alcanzar un consenso universal sobre un punto cualquiera, éste ha de ser definido como un «asunto de mero gusto». Pero esta descripción resulta tan equivocada a los filósofos antiesencialistas como la idea kantiana según la cual ser racional es una cuestión de seguir las reglas. Los filósofos que no creen en la existencia de tales reglas rechazan las categorías kantiana y optan por cuestiones sobre el contexto en que ciertas creencias, ciertas prácticas o ciertos libros pueden situarse mejor que en otro, y en función de qué propósitos. Una vez abandonada la tricotomía kantiana, el trabajo de teólogos como Bultmann y Tillich no se puede seguir considerando como una reducción de las pretensiones «cognitivas» de la religión a «meras» pretensiones estéticas.

En este nuevo clima de opinión filosófica, no se pide a los profesores de filosofía que den respuesta a las cuestiones que ocuparon a Kant y Hegel: ¿cómo pueden la visión del mundo propia de la ciencia natural adaptarse al conjunto de las ideas religiosas y morales que han sido centrales para la civilización europea? Sabemos qué significa integrar la física con la química, o la química con la biología, pero este tipo de integración resulta inapropiado para el interfaz entre arte y moralidad, o entre política y derecho, o entre religión y ciencia natural. Todas estas esferas de la cultura se penetran e interactúan continuamente. No hay necesidad alguna de un organigrama que especifique de una vez para siempre cuándo estas esferas tienen autorización para interconectarse. Tampoco hay necesidad de intentar alcanzar una supravisión ahistórica, propia de Dios, sobre la relación entre las prácticas humanas. Podemos atenernos a una tarea más limitada, esa a la que Hegel se refería como «tener nuestro tiempo en el pensamiento».

Dados todos estos cambios no resulta sorprendente que sólo dos clases de filósofos estén todavía tentados de usar la palabra «ateo» para autodenominarse. La primera clase es la de los que aún piensan que la creencia en lo divino es una hipótesis empírica y que la ciencia moderna ha ofrecido una mejor explicación de los fenómenos que la que el concepto de Dios solía ofrecer en un pasado. Los filósofos de este tipo están encantados cada vez que un científico natural ingenuo pretende que algún descubrimiento científico aporta nuevas pruebas de la verdad del teísmo, pues les resultaba bien fácil desacreditar tal pretensión. Les basta sencillamente con recurrir a los mismos tipos de argumentos esgrimidos por Hume y Kant contra los teólogos naturalistas del siglo XVIII sobre la irrelevancia de cualquier estado empírico particular de las cosas respecto de la existencia de un ser atemporal y no espacial.

Coincido con Hume y Kant en que el concepto de «prueba empírica» es irrelevante a la hora de hablar de Dios,
[1] pero este punto sirve por igual contra el ateísmo y el teísmo. El presidente Bush ha aportado un buen argumento cuando dijo, en un discurso destinado a complacer a los fundamentalistas cristianos, que «el ateísmo es una fe», pues «no puede confirmarse ni refutarse mediante argumentos o pruebas». Pero lo mismo puede aplicarse, desde luego, al teísmo. Ni los que afirman ni los que niegan la existencia de Dios pueden reclamar, de forma plausible, tener pruebas de su parte. Ser religioso en el Occidente moderno no tiene mucho que ver con la explicación de fenómenos específicamente observables.

No obstante hay un segundo tipo de filósofos que se autodescribe como ateo. Éstos utilizan «ateísmo» como mero sinónimo de «anticlericalismo». Ahora desearía haber utilizado este término en las ocasiones en que utilicé el primero para caracterizar mi punto de vista. El anticlericalismo es una visión política, no epistemológica o metafísica. Es la idea de que las instituciones eclesiásticas, a pesar del todo el bien que hacen –a pesar del consuelo que ofrecen a los que están en situación de necesidad o hasta de desesperación-, son peligrosas para la salud de las sociedades democráticas.
[2] Mientras que los filósofos que defienden que el ateísmo, a diferencia del teísmo, se apoya en pruebas dirían que la creencia religiosa es irracional, los seglares contemporáneos, como yo mismo, se contentan con decir que es políticamente peligrosa. Según nuestro punto de vista, la religión resulta inobjetable en la medida en que se privatice, en la medida en que las instituciones eclesiásticas no pretendan convocar a los fieles en pos de propuestas políticas y en la medida en que tanto creyentes como no creyentes estén de acuerdo en seguir una política de vivir y dejar vivir.

Algunos de los que sostienen esta actitud, como yo mismo, no han recibido educación religiosa ni han desarrollado ningún vínculo con una tradición religiosa. Somos los que nos denominamos «carentes de oído musical para la religión». Pero otros, como el distinguido filósofo Gianni Vattimo, han usado su preparación y competencia filosóficas para sostener la razonabilidad de un retorno a la religiosidad de su juventud. Este argumento lo ha expuesto Vattimo en un libro suyo sumamente emotivo y original: Credere di credere.
[3] Su respuesta a la pregunta «¿Cree de nuevo en Dios?» equivale a decir: «Como me voy volviendo cada vez religioso, he llegado a tener lo que muchos llamarían una creencia en Dios, pero no estoy seguro de que el término “creencia” sea la descripción exacta de lo que tengo».

El objetivo de tal reformulación sería tomar en consideración nuestra convicción de que si una creencia es verdadera, todos deberían compartirla. Pero Vattimo no cree que todos los seres humanos deban ser teístas y menos aún católicos. Vattimo sigue a William James al disociar la cuestión «¿Tengo derecho a ser religioso?» de la cuestión «¿Debería todo el mundo creer en la existencia de Dios?». Mientras se acepte la conocida crítica de Hume/Kant de la teología natural sin aceptar la pretensión positivista de que los éxitos explicativos de la ciencia moderna han vuelto irracional la creencia en Dios, será posible decir que la religiosidad no está felizmente descrita con el término «creencia». De aquí que sea bienvenida la tentativa de Vattimo de sacar la religión del campo epistémico, un campo en que está sujeta al reto de la ciencia natural.

Tal tentativa no es nueva, desde luego. La propuesta kantiana según la cual vemos a Dios como un postulado de la razón pura práctica más que como una explicación de los fenómenos empíricos ha abierto camino a pensadores como Schleiermacher para desarrollar lo que Nancy Frankenberry ha denominado «una teología de las formas simbólicas». Ha animado también a pensadores como Kierkegaard, Barth y Lévinas a construir un Dios totalmente diferente, fuera del alcance no sólo de la argumentación y la evidencia, sino también del pensamiento discursivo.

La importancia de Vattimo reside en su rechazo de estas dos tristes iniciativas poskantianas. Le basta con excluir la tentativa de conectar religión y verdad para no necesitar nociones como verdad «simbólica», «emotiva», «metafórica» o «moral». De igual forma, no utiliza lo que llama (de una forma un tanto equívoca, en mi opinión) «teología existencialista»: la tentativa de convertir la religiosidad en una cuestión de ser rescatado del pecado por la inexplicable gracia de una deidad absolutamente otra con respecto al hombre. Su teología está específicamente diseñada para aquellos que él llama «medio creyentes», esas gentes que san Pablo definía como «tibios en la fe», el tipo de persona que sólo va a la iglesia para las bodas, los bautizos y los funerales (Creer que se cree, pág. 84).

Vattimo desestima el pasaje de la Epístola a los romanos que Karl Barth prefería y centra el mensaje cristiano en un pasaje paulino preferido por muchos otros: Corintios, 1, 13. Su estrategia es tratar la Encarnación como el sacrificio de Dios de todo su poder y autoridad, así como de su alteridad. La Encarnación fue un acto de kenosis, el acto en que Dios lo cede todo a los seres humanos. Esto permite a Vattimo hacer su afirmación más sorprendente e importante: que «la secularización [es el] rasgo constitutivo de una auténtica experiencia religiosa» (Creer que se cree, pág. 11).

También según la visión de Hegel la historia de la humanidad constituye la Encarnación del Espíritu, y su mesa de sacrificio es la cruz. Pero Hegel no estaba dispuesto a dejar de lado la verdad a favor del amor. Así, Hegel convierte la historia de la humanidad en una narración dramática que alcanza su clímax en un estado epistémico: el conocimiento absoluto. Para Vattimo, por el contrario, no hay dinámica interna, no hay teología inherente a la historia de la humanidad, no hay ningún drama que resolver: sólo la esperanza y el amor pueden prevalecer. Vattimo piensa que si consideramos la historia de la humanidad tan seriamente como lo hizo Hegel, sustrayéndola a un contexto epistemológico o metafísico, podemos detener el péndulo que avanza y retrocede entre un ateísmo militantemente positivista y una defensa simbolista o existencialista del teísmo. Como él dice, «[sólo] porque se han disuelto las metanarraciones metafísicas, la filosofía ha descubierto la plausibilidad de la religión y puede, consiguientemente, contemplar la necesidad religiosa de la conciencia común fuera del esquema de la crítica ilustrada».
[4] Vattimo quiere disolver el problema de la coexistencia de la ciencia natural con el legado del cristianismo no identificando a Cristo ni con la verdad ni con el poder, sino sólo con el amor.

El argumento de Vattimo es un ejemplo de cómo las líneas del pensamiento derivadas de Nietzsche y Heidegger pueden entrelazarse con las derivadas de James y Dewey. En efecto, estas dos tradiciones intelectuales tienen en común la creencia ñeque la búsqueda de la verdad y el conocimiento no es más ni menos que la búsqueda de un acuerdo intersubjetivo. Pero siendo la arena epistémica un espacio público, es un espacio del cual la religión puede y debe retirarse.
[5] Admitir que debería retirarse de esa esfera no es un reconocimiento de la verdadera esencia de la religión, sino sencillamente una de las moralejas que se pueden extraer de la historia de Europa y de América.

Vattimo dice que «hoy que la razón cartesiana, y también la hegeliana, han realizado su parábola, ya no tiene sentido contraponer netamente fe y razón» (Creer que se cree). Por pensamiento cartesiano y hegeliano Vattimo quiere decir más o menos lo mismo que quería decir Heidegger con el término «ontoteología». El término cubre no sólo la teología tradicional y la metafísica, sino además el positivismo y (como tentativa de poner a la filosofía en el camino seguro de la ciencia) la fenomenología. Coincide con Heidegger en que «la metafísica de la objetividad concluye en un pensamiento que identifica la verdad del ser con la calculabilidad, mensurabilidad y, en definitiva, con lo manipulable del objeto de la ciencia-técnica» (Creer que se cree, págs. 25-26). Pues si se identifica la racionalidad con el esfuerzo por lograr un consenso universal intersubjetivo y la verdad con el desenlace de tal esfuerzo, y si, además, se pretende que nada se anteponga a tal propósito, entonces la religión no sólo debe retirarse de la vida pública, sino también de la vida intelectual, y ello por haber convertido la ciencia natural en el paradigma de racionalidad y verdad. La religión deberá pensarse o como un competidor derrotado en la investigación empírica o «meramente» como un vehículo de satisfacción emocional.

Para sustraer la religión de la ontoteología es necesario considerar el deseo de consenso universal intersubjetivo como una necesidad humana entre otras, que no se superpone automáticamente a todas las demás. Ésta es una doctrina que Nietzsche y Heidegger compartían con James y Dewey. Estos cuatro anticartesianos han objetado por principio el uso peyorativo de «meramente» en expresiones como «meramente privado», «meramente literario», «meramente estético» o «meramente emocional». Todos aportan razones para sustituir la distinción kantiana entre lo cognitivo y lo no cognitivo por la distinción entre la satisfacción de las necesidades públicas y la de las necesidades privadas, y para insistir en que no hay ningún «meramente» en la satisfacción de estas últimas. Los cuatro están –para decirlo con las palabras utilizadas por Vattimo para describir a Heidegger- intentando ayudarnos a «salir de un horizonte de pensamiento que, finalmente, se muestra enemigo de la libertad y de la historicidad del existir» (Creer que se cree, pág. 26).

Si se permanece en este horizonte de pensamiento y se sigue pensando en la epistemología y la metafísica como filosofía primera, se llegará a la convicción de que todas las afirmaciones han de tener un contenido cognitivo. Una afirmación tiene un contenido de esa índole en la medida en que se incluye en lo que el filósofo estadounidense contemporáneo Robert Brandom llama «el juego de dar y pedir razones». Pero decir que la religión debería ser privatizada es como decir que las personas religiosas tienen, a ciertos efectos, derecho a retirarse de este juego. Que están autorizadas a desconectar sus afirmaciones de la red de inferencias socialmente aceptables: las que dan justificación para hacer tales afirmaciones y extraer las consecuencias prácticas de haberlas hecho.

Parece que Vattimo tiende a esta religión privatizada cuando describe la secularización de la cultura europea como el cumplimiento de la promesa de la Encarnación considerada como la kenosis, en que Dios cede todo a los hombres. Cuanto más secular, menos jerárquico se vuelva occidente, mejor hará realidad la promesa evangélica de que Dios ya no nos verá como a siervos, sino como a amigos. «La esencia de la revelación [cristiana] –dice Vattimo- [está] reducida a la caridad, y todo lo demás dejado a la no definitividad de las diversas experiencias históricas» (Creer que se cree, pág. 96).

Una visión tal de la esencia del cristianismo –en la que Dios y el hombre piensan lo mismo: el amor como única ley, siendo las dos caras de una misma moneda- permite a Vattimo contemplar a todos los grandes desenmascaradores de occidente, desde Copérnico y Newton hasta Darwin, Nietzsche y Freud, como operarios de la tarea del amor. Estos hombre se esforzaban –dice Vattimo- por «leer lo signos de los tiempos, sin más reserva que el mandamiento del amor» (Creer que se cree, pág. 79). Eran seguidores de Cristo, en el sentido de que «el desenmascarador es el mismo Cristo, y [...] el desenmascaramiento que inaugura es el significado mismo de la historia de la salvación» (Creer que se cree, pág. 78-79).

Preguntar si es ésta una versión del cristianismo «legítima» o «válida» del catolicismo o del cristianismo sería hacerse exactamente la pregunta equivocada. La noción de «legitimidad» no puede aplicarse a lo que Vattimo, o cualquiera de nosotros, haga en su soledad. Intentar aplicarla es como admitir que no tenemos derecho a ir a la iglesia para asistir a las bodas, los bautizos o los funerales de nuestros amigos y parientes, a menos que admitamos la autoridad de las instituciones eclesiásticas para decidir quién cuenta como cristiano y quién no, o no tengamos derecho a denominarnos judíos si practicamos un determinado rito y no otro.

Puedo resumir la línea de pensamiento que seguimos Vattimo y yo de la forma siguiente: la batalla entre religión y ciencia que tuvo lugar en los siglos XVIII y XIX fue una confrontación entre instituciones que pretendían la supremacía cultural. Fue bueno para ambas, religión y ciencia, que fuese la ciencia quien ganase la batalla. Porque verdad y conocimiento son un asunto de cooperación social, la ciencia nos da medios que nos permiten llevar a cabo mejores proyectos de cooperación social que antes. Si la cooperación social es lo que se quiere, la conjunción de ciencia y el sentido común de nuestros días es todo lo que se necesita. Pero si se quiere algo más, entonces una religión que se ha sacado de la arena epistémica, una religión que encuentra la cuestión del teísmo contra el ateísmo carente de interés, puede ser la que se ajuste a la soledad de la persona.

Puede ser y puede no ser. Existe todavía una gran diferencia entre la gente como yo y la gente como Vattimo. Esto no sorprende si tenemos en cuenta que él creció educado en el catolicismo y que yo fui educado en la ausencia total de religión. Sólo si se piensa que las ansias religiosas son de alguna manera preculturales y constituyen «la base de la naturaleza humana» se será reticente a dejar el asunto en estos términos, es decir, se será reticente a privatizar la religión completamente, dejándola libre de la pretensión de universalidad.

Pero si se abandona la idea de que en todos los seres humanos está radicada fuertemente ya sea la búsqueda de la verdad ya la búsqueda de Dios, o si se admite que ambas son una cuestión de formación cultural, parecerá natural y lógica tal privatización. La gente como Vattimo dejará de pensar que mi falta de sentimientos religiosos es un síntoma de vulgaridad, y la gente como yo dejará de pensar que tener tales sentimientos es un síntoma de dependencia. Claro que siempre podremos citar los dos a Corintios 1, 13, en apoyo de nuestro rechazo a enzarzarnos en tan irritantes definiciones.

Mis diferencias con Vattimo se reducen a su capacidad de entender un hecho pasado como sagrado y a mi idea de que lo sacro reside sólo en un futuro ideal. Vattimo cree que la decisión de Dios de transformarse de nuestro patrón en nuestro amigo es el hecho decisivo del que dependen nuestros esfuerzos actuales. Su sentido de lo sagrado está ligado a la memoria de ese hecho y de la persona que lo encarnó. Mi sentido de lo sagrado, en la medida en que lo tenga, está relacionado con la esperanza de que algún día, en algún milenio indeterminado, mis descendientes remotos podrán vivir en una civilización globalizada en la que el amor será, con mucho, la única ley. En tal sociedad la comunicación estará libre de cualquier dominación, las clases y castas serán desconocidas, la jerarquía será un asunto de conveniencia pragmática temporal y el poder estará enteramente a disposición del libre acuerdo de un electorado culto y bien informado.
No tengo ni idea de cómo podrá surgir una sociedad de tales características. Podría decirse que se trata de un misterio. Este misterio, igual que el de la Encarnación, concierne al surgimiento de un amor que sea compasivo, paciente y capaz de soportar cualquier cosa. Corintios 1, 13 es un texto útil tanto para las personas religiosas, como Vattimo, cuyo sentido de lo que trasciende nuestra condición presente está relacionado con un sentimiento de dependencia, como para las no religiosas, como yo, para las que este sentido consiste sencillamente en la esperanza de un futuro mejor para la humanidad. La diferencia entre estos dos tipos de personas es la existente entre la gratitud injustificable y la esperanza injustificable. No es una cuestión de convicciones en conflicto sobre lo que realmente existe y lo que no.




[1] He desarrollado este punto con detalle en un ensayo sobre «La voluntad de creer» de William James: «Religious Faith, Intellectual Responsibility, and Romance», incluido en mi Philosophy and Social Hope, Nueva York, Penguin, 199. Véase también mi «Pragmatism as Romantic Polytheism», en Morris Dickstein (comp..), The Revival of Pragmatism, Durham, Carolina del Norte, Duke University Press, 1998, págs. 21-36.
[2] Desde luego, nosotros, los anticlericalistas que somos también políticamente de izquierdas, tenemos una razón más para esperar que la religión institucionalizada desaparezca algún día. Pensamos que la fe en el otro mundo es peligrosa porque, como dijo John Dewey: «El hombre no ha usado nunca plenamente los poderes que posee para acrecentar el bien en el mundo, porque siempre ha esperado que algún poder externo a él y a la naturaleza hiciese aquel trabajo que es su propia responsabilidad» («A common faith» [trad. Cast.: Una fe común, Buenos Aires, Losada, 1974], en Later Works of John Dewey, vol. 9, Carbondale and Edwardsville, Southern Illinois University Press, 1986, pág. 31).
[3] G. Vattimo, Credere di credere. È possibile essere cristiani nonostante la Chiesa?, op. cit. (trad. cit.).
[4] Véase «The Trace of the Trace», en Jacques Derrida y Gianni Vattimo (comps.), Religion: Cultural Memory in the Present, Stanford, Calif., Stanford University Press, 1998, pág. 84.
[5] La cuestión de si esta retirada es deseable es bastante diferente de la cuestión, de estilo kantiano, «¿El conocimiento religioso es cognitivo o no cognitivo?». La distinción que hago entre el campo epistémico y lo que queda fuera de él no está diseñada sobre la base de una distinción entre las facultades humanas, ni tampoco sobre una teoría acerca del modo en que la mente humana se relaciona con la realidad. Es una distinción entre tópicos sobre los que tenemos derecho a pedir un acuerdo universal y otros tópicos. Cuáles son los que deben estar en el campo epistémico y cuáles no es un asunto de política cultural. Antes de lo que Jonathan Israel llamó «la ilustración radical», se supuso que la religión era un tópico de la primera clase. Gracias a trescientos cincuenta años de actividad político-cultural, éste ya no es el caso. Para una ampliación sobre la relación entre teología y cultura política, véase mi ensayo «Cultural Politics and the Question of the Existence of God», en Nancy K. Frankenberry (comp.), Radical Interpretation in Religión, op cit., págs. 53-77.
Es también una cuestión distinta de si las voces religiosas deben ser oídas en el terreno público en el que los ciudadanos discuten los asuntos políticos. La última cuestión ha sido intensamente debatida por Stephen Carter, Robert Audi, Nocholas Wolterstorff y otros muchos. Comenté este debate en mi «Religión in the Public Square: A Reconsideration», Journal of Religious Ethics, vol. 31, nº 1 (primavera de 2003), págs. 141-149.

Disponibles en nuestra biblioteca virtual:

Entrevista: Hans-Georg Gadamer

domingo, 29 de junio de 2008

por Graciela Fernández (Heidelberg 1992)




¿En qué aspectos considera en su evolución haberse apartado de Heidegger? Sobre todo: ¿cuál es su posición con respecto a la crítica que él hizo a la metafísica y al humanismo?

Mi relación inicial con Heidegger me hace, naturalmente, difícil responder a esta pregunta, pues para mí fue decisivo el giro desde el neokantismo hasta la fenomenología en el sentido heideggeriano. Heidegger siempre se consideró como un fenomenológo, y esto quería decir, para él, la convicción de que los fenómenos, tal como se muestran, son lo que realmente interesa. Contraponía así a una actitud configurada por la historia analítica de la ciencia y del pensar. Esto se decidió en dos puntos. Por un lado, Heidegger mismo veía que no se puede superar, a partir de una cura del ser ahí (Daseinssorge) profundizada y concretamente viviente el subjetivismo de la filosofía de la conciencia. Por tal motivo, Heidegger procuró, más tarde, dejar atrás también el indumento trascendental de Ser y Tiempo. En eso pude y quise seguirlo.

Pero el camino por el que él echó a andar al admitir la fuerza del decir en la poesía de Hölderling y en Nietzsche lo condujo constantemente, como el mismo lo dice, a una recaída en el pensar metafísico. La crítica de la metafísica era por cierto ineludible, ya que con el pensamiento de la metafísica se piensa un espíritu infinito. Nuestra finitud y nuestra historicidad siguen siendo la herencia de la crítica de la metafísica iniciada con Kant. De tal manera, la superación de la filosofía trascendendental por medio de la Kehre no fue otra cosa que un intento siempre fracasado que Heidegger arriesgó en una serie de importantes y discutidos trabajos. Lo que más me convenció fue el libro sobre Nietzsche. Allí el pensó otra vez unido aquello que a los ojos de sus contemporáneos ya no era posible unir. Por lo mismo vale para los propios intentos de Heidegger de hallar el camino al ser o de renovar la pregunta por el ser. Ahí me pareció que el camino heideggeriano para procurarse lenguaje con la poesía no era, en definitiva, suficientemente transitable. Me pareció que su crítica al concepto metafísico del ser y al olvido del ser, propio de la ciencia moderna, no había consolidado realmente el verdadero piso sobre el que se asienta el carácter lingüístico de nuestra experiencia del mundo. La fenomenología hermenéutica, con la que él había intentado dicha consolidación no resultaba liberadora. Pero posiblemente –como me pareció entonces y me sigue pareciendo ahora— ella habría podido proporcionar la nueva base del carácter lingüístico, como se advierte si se mira el lenguaje desde la perspectiva del diálogo (Gespräch). Por lo tanto, si se toma en serio la experiencia hermenéutica según la cual toda palabra (Wort) es ya una respuesta (Antwort), se advierte que toda palabra en general solo puede ser entendida como respuesta a una pregunta. La dialéctica de pregunta y respuesta se convirtió así, para mí, en la actualidad de la filosofía práctica, es decir, creo que el concepto de "verdad" se consolida más allá de la conciencia de uno y de otro, del yo y del tu, en la formación del comprender común y del común ponerse de acuerdo.

¿Cuáles límites reconoce a su propia crítica a la filosofía de orientación kantiana, frente a la situación actual de la crítica posmoderna extendida "a la mode", de acento heideggeriano-nietzscheano?

La indisoluble unidad de ética y frónesis (prudentia) de la expresión aristotélica que convierte aquí a la filosofía práctica en una filosofía auténtica. De ahí hay que partir para responder a esta pregunta. "Superación de la filosofía trascendental" quiere decir superación de la doctrina del ego trascendental, del sujeto trascendental. En esto, efectivamente, ha sido para mí orientadora la crítica que hace Heidegger al concepto de conciencia. Fueron justamente mis experiencias con el neokantismo y su gradual disolución las que me convencieron de que el concepto de fundamentación última no corresponde a la esencia del riesgo del pensar. Ahora bien, es posible y necesario admitir que Nietzsche, cuya presencia en nuestro mundo se hace notar cada vez más, no puede ser ubicado entre los pensadores sistemáticos del idealismo alemán y sus seguidores. La manera heideggeriana de pensar unitivamente los motivos principales de Nietzsche, pese a que me permitió ver el "eterno retorno de lo igual" y la "voluntad de poder", como dos aspectos de lo mismo, y pese a que fue un gran hallazgo de Heidegger, tampoco significa que él sólo quisiera construir una filosofía de Nietzsche contra la cual, por su lado, pretendiera Nietzsche erigir una doctrina del ser filosóficamente sostenible. Con esto se aclara cuánta discrepancia me parece ver también con respecto a la así llamada posmodernidad, sobre todo con respecto a Derrida y Lyotard. Ellos pretenden defender al verdadero Nietzsche contra su unificación forzada en una metafísica y, por tanto, contra Heidegger. Por cierto, creo que ni Nietzsche, ni Heidegger necesitan una defensa semejante. Pero no se puede simplemente negar la tarea del pensar cuando Derridá se mantiene en la diseminación, es decir, en la carencia de posibilidades sistemáticas de construcción del pensar. Y si de esta manera, también él recurre a Nietzsche, entonces desconoce que Nietzsche mismo intentó constantemente, en innumerables propuestas, hacer confluir sus propios pensamientos, elaborando programas de algo así como una nueva filosofía. Y así le ocurre a Derridá mismo; me parece que si él desarrolla una teoría de la diseminación no puede dejar de admitir que esa teoría, a su vez, no sea otra cosa que diseminación. Eso busca aprobación y acuerdo; sobre eso se escriben libros. Y si el –como lo he experimentado con él en forma amistosa- intenta discutir, ya me ha dado la razón acerca de que se tiene que procurar comprender al otro y de que eso quizás entonces sea recíproco del otro lado. Frente a ambos, es decir, tanto frente a Heidegger como frente a los posmodernos, me atengo al diálogo platónico y, en general, al pensamiento de Platón. Es cierto que éste sabe que no se puede establecer de una vez por todas un sistema de proposiciones verdaderas; pero se puede, en el diálogo viviente, tender al acuerdo y, con él, alcanzar un auténtico criterio para el conocimiento de lo verdadero.

¿Cómo ve el futuro del humanismo y el las facultades de filosofía, cuando ambos parecen decaer en el mundo entero?

El humanismo, hoy, ya no es evidentemente el mismo, ni puede volver a ser aquello que lo caracteriza como el destino particular del mundo cultural de Occidente: la herencia del pensar y del obrar científicos y políticos greco-romanos, incluyendo su expansión a través del cristianismo. Éstas son ciertamente formas de humanismo que no pueden ser las mismas. Frente a tal circunstancia, creo que hoy sería lícito aún, y de nuevo, hablar de humanismo en el sentido de que uno no se propone otra tarea que la de la Humanitas, el respeto al otro y el admitir la validez del otro y de sus otros caminos. En este sentido, el mundo industrial moderno y la revolución industrial me parecen los verdaderos vencedores en la historia universal de nuestro siglo, eso que Heidegger apostrofa como "extremo olvido del ser" pero que fortalece también nuestra facultad de juzgar (Urteilskraft) , justamente en la admisión de la validez y el colocarse en las perspectivas del otro y de las otras culturas. Cómo se presentará la cultura universal del futuro, es algo que nadie sabe: pero creo que si ella no es de nuevo una autodestrucción, tendrá que ser el trabajar sobre la base de que unos admitan la validez de los otros y de que unos compartan con los otros tareas comunes. Lo que el humanismo fue para Europa tendrá que serlo, entonces, para el mundo. Los ideales del siglo XVII adquieren medidas planetarias. Los derechos humanos han devenido un objeto real de la política internacional y esto quiere decir, también, que la realización de un ideal semejante tiene que ser la diferenciación pluralista y el tolerante reconocimiento recíproco.

Seminario Internacional de Filosofía Política: República, Liberalismo y Democracia

jueves, 26 de junio de 2008


REPÚBLICA,

LIBERALISMO Y

DEMOCRACIA



AULA MAGNA. FACULTAD DE DERECHO UNIVERSIDAD DE CHILE.
PIO NONO 1 - PROVIDENCIA

El Seminario Internacional de Filosofía Política: República, Liberalismo y Democracia es un encuentro organizado por la Facultad de Filosofía y Humanidades, la Facultad de Derecho y la Embajada de Francia. En el Seminario participarán profesores e investigadores especialistas en la materia, provenientes de Universidades y Centros de Investigación argentinos, chilenos, españoles y franceses. En representación de la Facultad, participarán Pablo Ruiz-Tagle, Sofía Correa Sutil, Alfredo Jocelyn-Holt y Miguel Orellana Benado. El encuentro se desarrollará en el Aula Magna de la Facultad de Derecho durante los días 5 y 6 de julio.



Click acá para ver el programa

Para mayor información coloquiopolitica@uchile.cl

Entrevista a Giorgio Agamben

jueves, 19 de junio de 2008

Giorgio Agamben (Roma, 1942), catedrático de Filosofía en la Universidad de Roma y editor y traductor de Walter Benjamin en italiano, ha pasado por Barcelona para participar en el encuentro del CCCB Arxipèlag d´excepcions. Sobiranies de l´extraterritorialitat. Figura intelectual de primer rango en el campo de la filosofía política, aborda en la siguiente entrevista temas de calado.


En el núcleo de sus reflexiones acerca de la política se halla la “biopolítica”. ¿Qué es la biopolítica?

Es un concepto de Foucault. La biopolítica se inaugura cuando la vida natural de los ciudadanos y de los hombres se convierte en uno de los asuntos fundamentales del Estado. Creo que no es sólo un hecho moderno, sino que la política griega ya se fundó sobre la distinción clara entre la vida biológica centrada en la casa, en el oikos, y la vida política, dándose así un proceso de inclusión y exclusión simultáneas de la vida natural.

Si se concibe el fenómeno de la nuda vida como la base de la biopolítica de los Estados modernos, ¿qué sucede con el ser humano entendido como sujeto libre y consciente dotado de derechos inalienables?

En primer lugar hay que destacar que la primera declaración de 1789 afirmaba los derechos del hombre y del ciudadano. Pienso que es necesario reflexionar sobre esta y, ya que con ella se consolidan los presupuestos de la biopolítica. Los derechos representan el tránsito del modelo de la soberanía fundado sobre el derecho divino a una fundada en el hombre como ser que ha nacido. Y no hay que olvidar aquí que nación no significa otra cosa que nacimiento. Recordemos las palabras iniciales de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano: "Los hombres nacen libres..." La ciudadanía es, así pues, el momento en que el ser vital se inscribe en el orden político. El umbral entre el hombre y el ciudadano es el lugar en el que se escenifican gran parte de los problemas de la política actual.

Pero ¿no constituyen los derechos humanos una instancia desde la que proteger a los individuos?

Los derechos son el lugar en que los hombres se inscriben en el mecanismo del poder, pero son también, efectivamente, el lugar a partir del cual pueden enfrentarse a éste. Hay que pensar en la biopolítica como una máquina con dos componentes: la vida política y la nuda vida.

¿En qué consistiría esta puesta en cuestión?

Individuos que son sólo hombres, seres sin papeles, refugiados. Tal vez puedan conseguir papeles, entonces se inscribirán en la máquina biopolítica. En lugar de que el problema sea dar papeles a los sin papeles, los ciudadanos mismos deberían renunciar a sus papeles, poner de manifiesto las contradicciones del concepto mismo de derechos del hombre y del ciudadano.

¿Se puede esto considerar una alternativa no utópica a nuestros actuales regímenes políticos?

Sólo hay que echar una ojeada al mundo para darse cuenta de que los derechos del hombre no funcionan. Un individuo sin ciudadanía apenas logrará nada apoyándose en los derechos del hombre, no saldrá de su precariedad. La clave para entender esto se halla en la zona de indiferencia situada entre la nuda vida y la ciudadanía: ahí se halla el estado de excepción, el momento en que se suspenden las leyes.

¿En qué medida es éste un fenómeno relevante para entender nuestra normalidad política?

Para definir verdaderamente un fenómeno hay que tomarlo en sus casos extremos, en este sentido se puede decir que la excepción define la regla. El estado de excepción se hace regla en el siglo XX, vivimos en un estado de excepción permanente. Benjamin, que vivió en el régimen nazi, pudo observar cómo se aplicó legalmente este estado de excepción para llevar a cabo los crímenes nazis aprovechando el artículo 48 de la Constitución de Weimar. Los juristas nazis podrían haber hecho algo, pero el problema está en este artículo 48. El paradigma actual de la seguridad, la insistencia en el terrorismo, conducen a una justificación de las medidas excepcionales. El estado de derecho se basa en una posibilidad oculta, a saber, que la excepción es lo que permite la normalidad. El derecho sólo se puede aplicar porque hay una zona caótica en la que de momento no se aplica.

¿Qué piensa de los movimientos de la sociedad civil contra este estado de cosas?

Es bueno que la sociedad civil luche por tener un estado de derecho y por evitar el estado policial en que vivimos. La policía es un elemento central de los estados de derecho: policía y política son, no sólo etimológicamente, lo mismo. Para la bipolítica la policía es el medio con el que el estado cuida de toda la vida de los ciudadanos. El derecho mismo presupone la necesidad de la policía. Incluso la guerra de Irak es una guerra policial en la que se buscaba arrestar a un criminal.

¿De qué modo se puede renovar el pensamiento político?

Hay conceptos jurídicos en la historia del derecho y de la política, de la Edad Media, por ejemplo, que podrían ser útiles. El caso de Jerusalén me parece paradigmático. Mientras se siga pensando que la única solución es la creación de dos Estados, uno israelí y otro palestino, no hay posibilidades de éxito. El concepto de ciudadanía no es operativo y, tal vez, habría que recurrir al de refugiado. Pienso en una ciudad con un derecho distinto al actual en la que los ciudadanos hayan sabido reconocer al refugiado que ellos mismos son. En el derecho civil encontramos fórmulas mucho más ricas para articular estas situaciones que en el lenguaje de la política o en el derecho privado. Lo mismo se puede decir de la Unión Europea. Su creación y su Constitución han sido una oportunidad perdida de recuperar categorías novedosas, aunque presentes también en nuestra tradición. Creo que a los juristas les ha faltado imaginación para proponer un nuevo modelo de soberanía no basado en los presupuestos del Estado-nación.

Daniel Gamper, lavanguardia/Culturas, 23-XI-05

Teoría del Conflicto: clases sociales en Dahrendorf y Giddens

viernes, 13 de junio de 2008

Procedencia: Argentina.
Apellido y nombre del autor: Bey, Facundo.
Institución a la que pertence: Facultad de Ciencias Sociales - UBA.
Carrera: Ciencia Política.
Contexto de la producción del trabajo: Extracto de T.P. (Teoría Sociológica)

Clases sociales en Dahrendorf y Giddens

Cambio social y clase social

A lo largo del desarrollo del pensamiento sociológico, el estudio del cambio social ha desplegado esquemas y teorías basadas en el rol preeminente que desempeña el conflicto social en su dinámica. Según coinciden concurrentemente Dahrendorf y Giddens, el origen del enfoque teórico conflicitvista aparece históricamente en las fases iniciales de la industrialización y teóricamente expresado en el pensamiento sociológico marxiano[1]. Con objetivos exclusivamente relacionados con este trabajo, podemos reducir esta perspectiva cual la que comprende a la historia como producto de la lucha de clases, dada la desigualdad fundamental en la propiedad de los medios de producción, y donde la propiedad de los mismos define la pertenencia a alguna de las dos clases antagónicas existentes en la sociedad capitalista: proletariado y burguesía.

Ambos citados autores, coinciden en que el esquema marxiano puede llegar a ser mayormente satisfactorio en cuanto se aplique heurísticamente a sociedades de la industrialización temprana. Pero en las sociedades industrializadas neo-capitalistas, aparecen nuevos elementos sociales que hacen necesaria la reformulación del concepto de clase social desde las situaciones sociales vigentes. Aunque el neocapitalismo es heredero del capitalismo, constituye una realidad distinta del segundo. En principio, se trata de un orden económico diferente con estructuras sociales más complejizadas. En la segunda mitad del S. XX, es difícilmente posible, entonces, que al pensar la sociedad, se haga más o menos evidente concebirla como el lugar donde se enfrentan la burguesía y el proletariado; la realidad social se ha complejizado muy a pesar de las precisiones teóricas de las primeras apreciaciones respecto al conflicto social: este es el punto de partida de Giddens y Dahrendorf.

Dahrendorf: el enfoque conflictivista de la sociología

Ralph Dahrendorf, comienza Las clases sociales y su conflicto en la sociedad industrial, partiendo de un análisis de la obra de Marx, evaluando sus contribuciones a la teoría del conflicto social y de las clases, y señalando las críticas que le merecen las consideraciones marxianas. “El propósito de arrojar simplemente por la borda la “teoría de Marx” o de aceptarla íntegramente ha dominado durante demasiado tiempo toda discusión en ciencia social”[2]. Dahrendorf se sumará a esa empresa exclusivamente para disolverla: entiende bien que ignorar a Marx sería cómodo, frívolo, e ingenuo, teniendo en cuenta que su aporte es la primera formulación en torno a una teoría de las clases sociales y el conflicto social, del mismo modo que resultaría funesto aceptar a Marx toto coelo, encadenando a la ciencia social al dogmatismo y censurando su carácter ecléctico y pragmático[3].

En el análisis de Marx, los conflictos sociales, permanentes e inherentes al funcionamiento de la sociedad, oponen a dos grupos únicos con intereses totalmente opuestos: proletariado y burguesía.

Ahora bien, cuando Dahrendorf expresa que Marx redujo todos los conflictos sociales a conflictos de clase y que esto representa una simplificación extrema, no hace más que seguir su propia premisa inicial: “Cuando (…) la vinculación exclusiva del concepto de clases a situaciones económicas (…) se manifieste como una “traba”, como un principio teorético infructuoso, será eliminado (...)[4], para poder llegar a su posterior reformulación del concepto de clase: “Nos interesa la teoría de clases como instrumento sociológico, para lo que, en principio, la teoría marxista de las clases es indiferente y sólo interesante como fondo histórico (…)[5].

En Dahrendorf, serán clases, las fuerzas actuantes en los conflictos sociales, “organismos sociales” empíricamente obtenibles y diferenciables[6]. Como dijimos antes, Marx concibe la propiedad de los medios de producción como el origen de las clases sociales y de los conflictos de clase[7]. Pero Dahrendorf reconoce que la propiedad de los medios de producción y la pertenencia a una clase social, pueden ir disociados en las sociedades del capitalismo contemporáneo[8]. De hecho, el control de los medios económicos de producción constituye un caso particular de las relaciones generales de dominio. Según este esquema, un empresario y un asalariado miembros del mismo club deportivo, en el que poseen el mismo grado de autoridad, pertenecerían a la misma clase social situacionalmente. En última instancia, lo que determina el conflicto no es la propiedad legal, sino el control real[9] de los medios de producción -particularmente- en mano de burócratas sin propiedad alguna. De esta manera, Dahrendorf va a desplazar el análisis de la realidad económica de la propiedad a la realidad vinculada al sistema de poder[10].

Así es como Dahrendorf sugiere que el quid estructural del conflicto social es la desigual distribución de la autoridad entre personas y grupos de la sociedad. El autor piensa que la distribución de la autoridad es, además de radicalmente desigual, dicotómica, existiendo incluso el estado de privación absoluta de ella[11]. El conflicto social se explicaría, entonces, a partir de la dualidad extrema de sus oponentes; las estructuras de autoridad constituyen la causa determinante de la constitución de clase y de los conflictos de clase[12].

En adelante, conflicto social y clase social irán de la mano pero –como venimos desarrollando- de un modo diferente al que encontramos en la teoría marxista de clases[13]. Para poder indagar acerca del conflicto social y orientar una relación significativa con la existencia de clases sociales, Dahrendorf acentuará la presencia de grupos de interés en la sociedad. Los caracteriza a éstos como agrupaciones que poseen una organización, un programa de acción e intereses definidos, es decir, con iguales directrices conscientes de conducta (intereses manifiestos). Por otro lado, se presentarán los cuasi-grupos. Claramente distintos de los primeros, serán subgrupos que comparten intereses –latentes- derivados de una situación común de sus constituyentes elementales, sin que estos tengan necesariamente conciencia de ello (vecinos, colectividades, clubes sociales, centros culturales, estudiantes, etc.)[14]. Todos los conflictos serán, pues, conflictos de autoridad: choques entre grupos de intereses, uno de los cuales defiende cada uno de los elementos de lo existente o su combinación -status quo-, mientras que el otro exige su modificación[15]. Sindicatos, partidos políticos, movimientos sociales, serán ejemplos de los grupos de interés, quienes desencadenarán el conflicto al concretar las razones de las contradicciones y radicalizar la acción de los subgrupos[16].

Los conflictos que sucedan, permanecerán regulados –porque jamás podrán desaparecer- por medio de instituciones sociales de contención cuando a) los grupos de interés tengan la posibilidad de organizarse, b) los conflictos existentes permanezcan disociados y c) cuando la posibilidad de movilidad social en la estructura de clases exista de forma efectiva. Bajo estas condiciones, la conflictividad, su intensidad y violencia, será canalizada impidiendo que sea destructiva para la sociedad misma[17]. La distribución diferencial de los puestos de autoridad estará determinando cambios en las estructuras sociales[18], pero cuanto mayor sea el ámbito de los intereses en pugna, para cuyo conflicto haya previsto la sociedad medidas rígidas con fuerza coactiva efectiva, tanto más suaves serán las formas en que se manifieste el conflicto entre clases[19].

La importancia metodológica del concepto de clase social que propone Dahrendorf basado en la autoridad, en cuanto instrumento sociológico, radica en la aplicación práctica de la teoría de clases en ámbitos empíricos concretos, permitiéndonos reconocer una pluralidad indeterminada de clases, de modo que podamos identificar dominantes y dominados en cualquier asociación (situación estructural) que posea una mínima distribución de la autoridad[20].

Giddens: clases sociales y sociedades avanzadas

Por su parte, Anthony Giddens también tomará partido por los problemas teoréticos de la estratificación y las clases sociales, reconociendo la vigencia de tales temas para una sociología a la que considera en estado crítico, históricamente convulsionada y teóricamente insolvente[21]. Partiendo de esto, en La estructura de clases de las sociedades avanzadas realizará un análisis de la estructura social y efectuará constantes referencias a las formas teóricas dominantes, clásicas y contemporáneas, para rever las consecuencias de los fundamentos ideológicos de la sociología en el desarrollo teórico actual sobre el problema de la estructura de clases y explicar la necesidad de replantearse el concepto de clase social al interior de las llamadas sociedades avanzadas.

En primer lugar, ejecutará un ejercicio conocido: revisará la postura de los clásicos frente a estos problemas teoréticos y evaluará su fecundidad. Para no caer en repeticiones innecesarias en lo que al pensamiento marxiano respecta, diremos que Giddens, de camino a su propia conceptualización, enfrentará la visión de la sociedad como el escenario de la lucha entre clases que detentan intereses antagónicos, con el concepto de clase weberiano tributario de un sistema de clases pluralista. En ambas concepciones hallará limitaciones notables.

En Marx encontrará una debilidad teórica fundamental para reconocer la existencia de clases medias a través de la interpretación dicotómica de la realidad social. Cabe aclarar que para Giddens el abandono del modelo dicotómico no equivale a renunciar al conflicto de clases, que como tal es endémico en la sociedad capitalista contemporánea. Recordemos que para este autor, todos los que participan en el proceso de intercambio se encuentran en conflicto de intereses entre sí para acceder a los escasos beneficios[22].

La alternativa weberiana tampoco logrará ser satisfactoria in toto; en pocas palabras, según Weber, la clase social está formada por un conjunto de individuos que se encuentran ubicados dentro de una situación de clase. La clase social es concebida como un conjunto de posibilidades y capacidades que tienen los individuos frente al mercado y frente a su prestigio personal: esto dos últimos factores son los que definen la situación de clase de los mismos[23]. Giddens apuntará que la noción weberiana presenta elementos irresueltos respecto de las relaciones entre la formulación general de la situación de clase, las tipologías de clases propietarias (Besitzklassen) y clases adquisitivas o lucrativas (Erwerbklassen), y las clases sociales. Del mismo modo, el carácter situacional de las “posiciones de clase” va a dar como resultado un número de clases irreducible e inmanejable “como para explicar los componentes principales de la estructura social y del proceso de cambio social”[24].

Tras evaluar la exposición teórica de Marx y Weber, Giddens hará una breve referencia a las críticas realizadas a ambos por Aron, Dahrendorf y Ossowski, considerando finalmente a estas como insuficientes y parciales ya que mantienen -a su juicio- la misma incapacidad explicativa de la realidad social que las primitivas[25].

El autor realizará un replanteamiento conceptual -siguiendo tanto a Marx como a Weber para ello- en torno al mercado capitalista y a la capacidad de mercado de los individuos[26], que posteriormente empleará a lo largo de su trabajo[27], y siguiendo esos mismos conceptos desarrollados, desembocará en su conclusión[28] y punto de partida para la confección de una nueva teoría de la estructuración de las relaciones de clases: “El problema (...) no estriba en reconocer la diversidad de las relaciones y conflictos creados por el mercado capitalista como tal, sino en llevar a cabo la transición teórica de dichas relaciones y conflictos a la identificación de las clases como formas estructurales”[29]. Es necesario “llamar la atención sobre los modos en que las relaciones económicas se transforman en estructuras sociales no económicas”[30]. Es imprescindible abandonar la identificación del concepto de clase con las divisiones e intereses que genera el mercado. Así, “aun cuando pueda existir una multiplicidad indefinida de intereses intersectoriales engendrados por las diferentes capacidades del mercado, sólo existe, en una sociedad dada, un número limitado de clases”[31]. Lo que sin duda -para Giddens-, significa la posibilidad de dar cuenta de los componentes de la estructura social y del proceso de cambio social, superando los problemas teóricos anteriores.

Se hace ineludible, entonces, desambiguar el concepto de clase de su dimensión económica. En principio, una clase para Giddens es un “agregado en gran escala de individuos compuesto por relaciones definidas impersonalmente y nominalmente abierto en su forma”[32]. Para complementar esta definición, Giddens se servirá, en adelante, de la noción weberiana de clase social: un conjunto de situaciones de clase vinculadas entre sí por el hecho de que encierran posibilidades comunes de movilidad bien dentro de la profesión de los individuos o a través de las generaciones[33]. A partir de aquí, estructuración de clases, conflicto social, y movilidad social, serán una tríada inseparable en la teoría de clases de Giddens.

El autor, distingue dos tipos de estructuración de clases: la estructuración mediata y la estructuración inmediata.[34]

La estructuración mediata se refiere a los factores que intervienen entre la existencia de unas cualidades de mercado dadas y la formación de clases como grupos sociales identificables, operando las últimas como formas de relación “total” entre el mercado y los sistemas estructurados de relación de clase. La estructuración mediata pone en relación directa las capacidades de mercado[35], con las posibilidades de movilidad social. Mientras más cerradas sean las clases, mayores las posibilidades de estructuración. Por eso Giddens afirma que, la estructuración de clases se ve facilitada “en la medida en que el cierre de la movilidad existe en relación a cualquier forma específica de capacidad de mercado”[36].

En la estructuración inmediata, por su parte, existen tres fuentes de estructuración relacionadas: la división del trabajo, el sistema de autoridad y la influencia de grupos de consumo. La división del trabajo facilita la formación clases al crear grupos homogéneos. Al mismo tiempo, la influencia de la técnica industrial crea una separación decisiva entre trabajadores manuales y no-manuales.

Este efecto, se superpone con la influencia de la estructuración mediata a través de la distribución desigual de las posibilidades de movilidad y es, a su vez, reforzado en la medida en que el sistema de autoridad típico de la empresa, a través de las normas de autoridad, separa a los trabajadores de cuello blanco de los trabajadores manuales. En el ámbito jerárquico, los factores de control y propiedad -que había introducido Dahrendorf- son útiles para visualizar una diferenciación en las cúpulas entre clase alta y media.

Por último, aparece la influencia de los denominados grupos distributivos, entendidos como aquellos que se producen a partir de relaciones que entrañan formas comunes de consumo de determinados bienes o servicios. Estos grupos, son importantes en la medida que se relacionan con los factores antes citados, de forma tal que refuercen las separaciones típicas entre las formas de capacidad de mercado. “Los grupos distributivos más significativos son, (...) aquellos formados a través de la tendencia a la segregación por comunidades o barrios”[37].

En síntesis, el primer proceso de estructuración especifica la forma en que se estructuran las definiciones y localizaciones de clase. Mientras que el segundo, define e impone un límite a dichas localizaciones. La combinación de ambos tipos de estructuración da lugar al sistema de estratificación triple en la sociedad capitalista.[38]

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[1] Dahrendorf, R., El concepto de clase y la teoría de las clases como instrumentos de análisis sociológico en Las clases sociales y su conflicto en la sociedad industrial (1979); Giddens A., La estructura de clases en las sociedades avanzadas, Introducción (1983).
[2] Dahrendorf R., op. cit., p. 160.
[3] Cfr. Ibíd., pp. 160-161.
[4] Ibíd., op. cit., p. 162.
[5] Ibíd., op. cit., p. 161.
[6] Ibíd., op. cit., p. 201.
[7] Ibíd., op. cit., pp. 179-180.
[8] “(...) esta vinculación del concepto de clase a la tenencia o carencia de propiedad privada movilizada, hace que esta teoría de las clases sea sólo aplicable a un período, relativamente corto, de la historia social europea.” Ibíd., op. cit., p. 180.
[9] Ibíd., op. cit., p. 180.
[10] “Una de las tesis centrales del presente trabajo la constituye la posibilidad de tal superación, al sustituirse la posesión o carencia de propiedad privada por la participación o exclusión de puestos de dominación como criterio determinante de la constitución de clases.”, Ibíd., op. cit., p. 180.
[11] Ibíd., op. cit., p. 261 (2A).
[12] Cfr., Ibíd., op. cit., p. 180.
[13] Ibíd., op. cit., p. 179.
[14] Ibíd., op. cit., p. 260-261.
[15] Ibíd., op. cit., p. 254 (1).
[16] Ibíd., op. cit., p. 254.
[17] Ibíd., op. cit., p. 255.
[18] Ibíd., op. cit., p. 256.
[19] Ibíd., op. cit., pp. 255-256.
[20] A. Giddens -crítico de Dahrendorf- dirá: “(...) el empleo por Dahrendorf de la posesión o exclusión de la autoridad, aunque intrínsicamente constituye un modelo simple, produce un número potencialmente casi infinito de clases cuando se aplica a cualquier sociedad existente”. Giddens, A., op. cit., p. 114.
[21] Ibíd., op. cit., pp. 12-13.
[22] Ibíd., op. cit., pp. 114 y 117.
[23] Cfr. Azuara Pérez, L., Sociología, pp. 87-88, Editorial Porrúa, México, 1991.
[24] Giddens, A., op. cit., pp. 114-115 y 118.
[25] Ibíd., op. cit., pp. 114-119.
[26] En pocas palabras, entiende Giddens por mercado: un sistema de relaciones económicas que se basa en la fuerza de negociación de relativa de los diferentes grupos de individuos y por capacidad de mercado: todas las formas de atributos relevantes que los individuos pueden aportar a la negociación.
[27] Ibíd., op. cit., pp. 115-118.
[28] “Los principales problemas de la teoría de las clases (...) no se refieren tanto a la naturaleza y aplicación del propio concepto de clase, como (...) [a la] estructuración de las relaciones de clase”. Ibíd., op. cit., p. 119.
[29] Ibíd., op. cit., p. 118.
[30] Ibíd., op. cit., p. 119.
[31] Ibíd., op. cit., pp. 119-120.
[32] Ibíd., op. cit., p. 113.
[33] “La noción de clase social es importante porque introduce un tema unificador dentro de la diversidad de las relaciones de clase que pueden derivarse de la identificación que hace Weber de la “situación de clase” con la “posición en el mercado”. Si la última se aplica estrictamente, es posible distinguir una multiplicidad casi infinita de situaciones de clase. Pero una, “clase social” existe sólo cuando estas situaciones de clase se unifican de forma tal que crean un nexo común de intercambio social entre los individuos.” Ibíd., op. cit., Cap. 2.
[34] Ibíd., op. cit., pp. 121-124.
[35] Las tres clases de capacidad de mercado son: a) la posesión de propiedad sobre los medios de producción; b) la posesión de calificación educativa o técnicas; y c) la posesión de fuerza de trabajo manual. En la medida que en las sociedades capitalistas cada una de esas capacidades de mercado se vincula a la existencia de un grupo social particular, la estructura de clases en éstas tiende hacia la consolidación de un sistema genérico compuesto de tres clases: alta, media y baja u obrera. Ibíd., op. cit., pp. 121-122.
[36] Ibíd., op. cit., p. 121.
[37] Ibíd., op. cit., p. 124.
[38] Ibíd., op. cit., p. 124.

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